La Generación del 98 y el 27: Poesía, Teatro y Novela
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3.1.2. Antonio Machado (1875-1939)
Nace en Sevilla en 1875. Se traslada de niño a Madrid y estudia hasta 1888 en la Institución Libre de Enseñanza. Viaja a París, centro cultural y literario del momento. Se instala en Soria como catedrático de Francés de Instituto (1907), donde toma contacto con el paisaje de Castilla y conoce a Leonor, la que será su mujer, con quien marcha a París. Su mujer enferma y vuelven a España, pero ella muere y Machado regresa unos años a Baeza, para después trasladarse a Segovia y a Madrid.
Allí conoce a Pilar Valderrama (Guiomar en sus versos), que le inspirará un profundo amor. Al estallar la guerra, al ser republicano, se instala en Valencia y, más tarde, en Barcelona hasta pasar la frontera en 1939. Fallece en Colliure (Francia) el 22 de Febrero de ese año, "desnudo, como los hijos de la mar".
Machado evoluciona desde un Modernismo intimista hasta posturas más afines al 98, aunque hay elementos que perviven a lo largo de toda su obra.
Machado concibe la poesía en dos imperativos: "esencialidad" y "temporalidad". La esencialidad supone un proceso de depuración poética, pero es el tiempo el gran tema de toda su poesía: Machado busca transmitir no la idea del tiempo, sino la emoción del tiempo. Para Machado, la poesía es "el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo".
3.1.3. Juan RAMÓN JIMÉNEZ (1881-1958)
Nace en Palos de Moguer en 1881. Estudia en El Puerto de Santa María y Sevilla, hasta que regresa a Moguer, enfermo. Viaja a Madria invitado por Rubén y conoce a los escritores del momento, pero vuelve a Moguer. La muerte repentina de su padre lo obsesiona de por vida con la idea de su propia muerte. Trasladado a un sanatorio cerca de Burdeos, lee a los simbolistas, parnasianos e italianos, y reanuda su obra. Se instala en un sanatorio en Madrid. Escribe y publica hasta su vuelta a Moguer, pese al aumento de sus crisis (allí escribe Platero y Yo).
Viaja de nuevo a Madrid, conoce a Zenobia Camprubí y contacta con la Residencia de estudiantes, a donde se traslada a vivir en 1913. En 1916 se casa con Zenobia en Nueva York y, casi aislado, se dedica por entero a su obra nueva y a revisar la anterior.
Sale de España en 1936. Vive en Puerto Rico, Cuba, Estados Unidos y de nuevo Puerto Rico, pero las crisis no cesan. Gana el Nobel (1956). Tres días después murió Zenobia, y él, solo dos años más
tarde (1958).
La vida de Juan Ramón se funde con su obra: dedica íntegramente su existencia a la creación poética.
El interés teatral de Lorca se manifiesta desde sus primeros años, pero su dedicación plena a este género surge en los últimos años de su vida. Su teatro, caracterizado por un marcado lirismo y el uso abundante del verso, puede ser definido como poético. Para Lorca, el teatro es la expresión viva de la poesía, un arte que se levanta del libro para hablar, gritar, llorar y desesperarse. Los temas que atraviesan sus obras teatrales son los mismos que impregnan su poesía: el deseo inalcanzable y la frustración, tanto en un plano metafísico, relacionado con el tiempo y la muerte, como en un ámbito social, marcado por los prejuicios y las convenciones.
Lorca bebe de diversas fuentes para nutrir su teatro, desde el teatro clásico hasta el Vanguardismo y el drama rural. Esta diversidad se refleja en la multiplicidad de géneros que abarca su producción: desde farsas y teatro de guiñol hasta tragedias y dramas urbanos o rurales. Su estilo teatral evoluciona a lo largo de su carrera, destacando el uso inicial del verso, que luego se ve complementado y, en ocasiones, sustituido por la prosa. Esta transición hacia la prosa permite una mayor intensidad en los diálogos, donde conviven la poesía y la realidad, lo popular y lo lírico.
El teatro lorquiano atraviesa tres momentos distintos: los tanteos de los años 20, la experimentación vanguardista de principios de los 30 y la etapa de plenitud de sus últimos años. Sus primeras obras, como “El maleficio de la mariposa” y “Títeres de cachiporra”, muestran sus primeros pasos en el teatro, mientras que éxitos como “Mariana Pineda” y “La zapatera prodigiosa” consolidan su reputación. La crisis vital y estética que experimenta tras el éxito del “Romancero gitano” lo lleva a explorar nuevas formas teatrales, como las comedias imposibles influenciadas por el Surrealismo, como “El público” y “Así que pasen cinco años”.
Sin embargo, es en la etapa de plenitud, durante su colaboración con la compañía La Barraca, cuando Lorca logra fusionar el rigor estético con la accesibilidad, llevando obras de teatro clásico a lugares donde apenas existía actividad cultural. Es en esta época cuando crea sus obras más célebres, como “Bodas de sangre”, “Yerma” y “La casa de Bernarda Alba”, que destacan por su tratamiento de temas universales como el amor, la libertad y la opresión, así como por su ambientación en la Andalucía rural y su fusión de prosa y verso, Realismo y poesía.
La trilogía rural , compuesta por estas tres obras, se erige como hitos inigualables en el teatro español, abordando de manera intensa y emotiva la índole sexual de los problemas, la mujer como protagonista, y la densidad dramática de la vida en el campo andaluz. Además, Lorca deja como legado un borrador de una Comedia sin título, completada posteriormente por el autor Alberto Conejero con el título de “El sueño de la vida”, anunciando un Lorca más revolucionario y adelantado a su tiempo.
4.2. EL TEATRO RENOVADOR Y MARGINADO
En la generación del 98, Unamuno utiliza el drama como el instrumento más adecuado para plasmar los problemas que le obsesionaban (Fedra, El otro). Azorín desarrolla su labor teatral sobre todo como crítico. En sus obras, muy estáticas, usa la técnica del montaje cinematográfico.
El teatro en torno a la generación del 27 depura el "teatro poético", incorpora las formas de vanguardia y busca acercar el teatro al pueblo. Pedro Salinas escribe casi todo su teatro en el exilio, Rafael Alberti estrena antes de la guerra El hombre deshabitado (1930), surrealista, y Fermín Galán (1931) sobre un héroe republicano fusilado, después realiza su obra más importante, Noche de guerra en el Museo del Prado (1956), y otras como El adefesio (1944). Miguel Hernández, tras un auto sacramental (Quién te ha visto y quién te ve, 1934) cultiva un teatro social en verso con ecos de Lope (El labrador de más aire, 1934) y obras "de combate", para representarse en el frente.
Alejandro Casona (1903-1965) es un dramaturgo puro. Combina humor y lirismo con obras como La sirena varada (premio Lope de Vega en 1934) o Nuestra Natacha (1936). Ya en el exilio, su obra más importante es La dama del alba (1944), en la que esa dama representa a la muerte que llega a una pequeña aldea a cobrar una presa. Max Aub (1903-1972) fue pionero en la frustrada revolución escénica. Su teatro está a la altura del de Valle o Lorca. En España escribe "comedias de vanguar-dia" con el tema de la incapacidad del hombre para comprenderse, entender la realidad y comunicarse como Narciso (1928), pero su gran obra es la del exilio: piezas breves, Los transterrados (1944), y grandes dramas sobre el nazismo, la Guerra Mundial y sus secuelas: San Juan (1943), Morir por cerrar los ojos (1944), No (1952), etc.
2.1. LA NOVELA DE LOS AÑOS 40
2.1.1. NOVELISTAS EN EL EXILIO
Como anotábamos en la unidad 2, muchos escritores continúan o comienzan su obra en el exilio.
Pese a la dificultad de agruparlos, podemos enumerar tres aspectos que aparecen en prácticamente todos:
- El recuerdo de España y de la Guerra Civil.
- La presencia de los nuevos lugares en los que tienen que vivir.
- La reflexión sobre temas que afectan a la naturaleza y existencia del hombre.
De la nómina de autores, destacamos a Ramón J. Sender, Rosa Chacel, Max Aub y Francisco Ayala.
Ramón J. Sender (1901-1982) se encuadra en la novela realista y social. La mayor parte de su obra la ocupa el tema de España y de la Guerra Civil. Entre su obra destaca la serie Crónica del alba (1942-
1946), la pequeña obra maestra Réquiem por un campesino español (1953) y La tesis de Nancy (1962).
Max Aub (1903-1972) escritor muy comprometido con los desfavorecidos desde sus inicios, aborda en sus libros el tema del hombre como ser social, político y moral. Sus obras se agrupan en El Laberinto mágico (1943-1968), seis novelas sobre la Guerra Civil.
Rosa Chacel (1898-1994) impregna sus novelas de rigor estético, influida por las ideas de Ortega, con quien colaboró en Revista de Occidente. De su obra, destacamos Memorias de Leticia Valle
(1945) y La sinrazón (1960).
Francisco Ayala (1906-2009) se sitúa entre la novela vanguardista de antes de la guerra y la realista en el exilio. En sus obras refleja su visión amarga y pesimista de la realidad, y critica con fuerza los regíMenes opresivos en novelas como Muertes de perro (1958), centrada en la figura de un dictador de una república ficticia, El fondo del vaso (1962) o la colección de relatos Los usurpadores