Explorando la Metafísica: Origen, Conceptos y Críticas

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La Necesidad de Orientación y la Búsqueda Metafísica

Las personas necesitamos orientación en muchos momentos de nuestra vida para saber a qué atenernos en una determinada circunstancia, para tomar una decisión o ante una situación comprometida. La metafísica representa el esfuerzo más universal y radical que han realizado los seres humanos por buscar las raíces más profundas que les permitan disponer de esa orientación. La metafísica reflexiona sobre las cuestiones últimas (o primeras), los fundamentos de la existencia, intentando desentrañar el sentido último del mundo y de nosotros en él. En este tema vamos a tratar algunas de esas cuestiones que forman parte del núcleo mismo de toda filosofía.

Etimología de la Palabra "Metafísica" y Andrónico de Rodas

La palabra «metafísica» procede del latín metaphysica y, más remotamente, del griego. Aunque, como veremos, se trata de un término muy antiguo y de un significado muy importante para la filosofía, su origen es un tanto azaroso. Andrónico de Rodas (Grecia, siglo I a.C.) dirigió la escuela aristotélica (el Liceo) entre los años 78 y 47 a.C. y dedicó gran parte de su labor intelectual al estudio y comentario de la obra de Aristóteles (Grecia, 384-322 a.C.). A él le debemos la organización de los escritos aristotélicos que, según la tradición, rescató de un sótano donde estaban abandonados. Entre las obras de Aristóteles, Andrónico encontró un conjunto de textos que carecían de título, pero que colocó a continuación de los tratados sobre la naturaleza (phýsis, y de ahí, «física»). Así pues, originariamente, «metafísica» solo se refería a aquellos escritos aristotélicos que Andrónico colocó a continuación o «detrás de los de física» (metá tá physiká).

Cuestiones Fundamentales de la Metafísica

En efecto, los libros de física tratan de la naturaleza, mientras que estos escritos se refieren a una investigación de otro tipo: se pretende descubrir qué hay detrás, más allá, de las realidades naturales que se ofrecen a nuestros sentidos. Se trata de investigar cuáles son los fundamentos últimos constitutivos de todo cuanto hay.

Naturalmente, esta pretensión está en el origen de la filosofía misma, aunque fue Aristóteles el primero que realizó una reflexión metafísica con carácter sistemático y estructurado.

El Problema del Ser

Esta es la cuestión metafísica (ontológica) fundamental. Todo lo existente coincide en que es, en que forma parte de lo que hay. El hecho de ser es la característica más general y radical que tienen todas las cosas. Por eso, se denominan «entes», término procedente del participio de presente del verbo latino esse («ser, estar, existir») que se puede traducir como «que es», «que existe». En este sentido, todas las cosas son entes, ya sean reales, imaginarias, absurdas, perceptibles, racionales, etc.

Pero es muy diferente decir, por ejemplo, «Esta piedra es un ente» que afirmar «Ana es un ente». Por eso se ha dicho que el concepto de ser no es unívoco, sino análogo: solo de un modo aproximado y abstracto podemos afirmar que el ser pertenece por igual a la piedra y a Ana.

Este es el sentido de la «diferencia ontológica» de la que habla Heidegger. Según él, los filósofos se han preocupado más de los entes que del ser mismo. Han investigado los entes, pero se han olvidado del ser, que es el verdadero problema radical de la metafísica en general y de la ontología en particular.

La Cuestión del Alma

Debido a sus raíces religiosas, el problema del alma es anterior a la filosofía. Pero adquiere rango filosófico cuando los seres humanos se cuestionan el hecho de que son libres y que tienen dignidad, que tienen pretensión de inmortalidad (que les hace postular cierta supervivencia tras la desaparición del cuerpo) y que disponen de una serie de calidades racionales, estéticas, éticas, políticas, lingüísticas, etc., que requieren algún tipo de explicación.

En la actualidad se tiende a hablar de mente, más que de alma. Y la cuestión central que se presenta es si existe tal entidad llamada mente y cuál es la relación que mantiene con el cerebro (cuerpo). Históricamente, las respuestas han sido muy variadas, desde los que reducen el alma a la actividad cerebral (monismo reduccionista), hasta los que afirman que se trata de una realidad completamente distinta del cuerpo e independiente de él (dualismo), pasando por los que defienden que, siendo alma y cuerpo diferentes, se influyen mutuamente (interaccionismo).

La cuestión del alma tiene una estrecha vinculación con el sentido de la existencia: siendo consciente de lo que soy en este momento, ¿qué puedo esperar en el futuro, tras la muerte? Las respuestas posibles a esta pregunta nos las proporcionan las diferentes religiones que, en general, hacen propuestas de sentido de la existencia humana en función de una vida futura más allá de la muerte. El sentido de la existencia consiste en una cierta forma de vivir aquí y ahora que nos aproxime a la otra vida.

Mundo, Substancia y Causa

El mundo se ha entendido tradicionalmente como un kósmos, es decir, un todo ordenado formado por substancias (entes concretos de muy diversos tipos), y regido por una ley que dirige los cambios que en él se producen: la relación causa-efecto. Los examinaremos por separado.

El término «substancia» procede del verbo latino sub stare, que se puede traducir como «estar debajo». Los filósofos lo han usado para referirse a la verdadera realidad de las cosas, lo que verdaderamente son. Han pensado que, bajo las calidades de una cosa (que podemos conocer mediante los sentidos), se encuentra la verdadera realidad de la cosa. Así, la verdadera realidad de una silla no es ni su color, ni el número de patas, ni el material de que está hecha. Esas son calidades accidentales, porque podemos acortar la altura de la silla, pintarla de otro color, colocarle un respaldo más blando, etc. Pero con todos esos cambios no alteraríamos su realidad: seguimos teniendo la misma substancia.

El concepto de causa ha sido considerado como un principio metafísico universal y necesario: nada ocurre sin una causa. Esta parece ser la ley suprema que regula todos los sucesos que ocurren en el mundo.

Algunos autores han dado por muerto el proyecto de un saber metafísico. No obstante, a pesar de las críticas que hemos estudiado y de la transformación propuesta por Kant, no parece posible desprenderse de la metafísica. Una de las razones nos la proporciona el propio Kant: cualquier ser humano necesita formularse cuestiones metafísicas y darles algún tipo de solución, aunque sea provisional y tenga que ser revisada más adelante.

Las personas necesitamos organizar nuestras experiencias, estructurarlas, ordenarlas para saber a qué atenernos en las distintas circunstancias que nos depara la existencia. Pero, además, los seres humanos obramos, actuamos, nos vemos permanentemente en la situación de tener que tomar decisiones, habitualmente pequeñas, de gran importancia en ciertas ocasiones. También para decidir, para hacer nuestra vida, para hacernos a nosotros mismos, necesitamos reflexionar sobre los cimientos y las consecuencias de nuestros actos.

Las críticas a la metafísica tienen que presuponerla también al mismo tiempo. Criticar la metafísica es ya una manera de hacer metafísica. No podemos repetir el pasado, pero tenemos que apoyarnos en nuestros predecesores para construir nuestro pensamiento y nuestra acción de manera coherente.

Dios

  • Argumentación cosmológica: Se basa en el principio de causalidad para llegar a concluir que tiene que haber una causa primera, incausada y perfecta, que se identifica con Dios. Aristóteles ya había usado este tipo de argumentación, y posteriormente Tomás de Aquino (Italia, 1225-1274), René Descartes (Francia, 1596-1650) y Gottfried Leibniz (Alemania, 1646-1716) la repitieron con ciertas modificaciones.
  • Argumentación ontológica. Se basa en el ser o la esencia de Dios. El primer argumento de este tipo se lo debemos a Anselmo de Canterbury (Italia, 1033-1109), aunque también lo usaron Descartes y Hegel. Toma como punto de partida que Dios es un ser perfectísimo, tanto que no le puede faltar ninguna cualidad que lo haga más perfecto. Por eso, tiene que existir, pues en caso contrario le faltaría la cualidad de la existencia y no sería, por eso, absolutamente perfecto.

Otro de los problemas relacionados con Dios ha sido el de la existencia del mal. ¿Cómo es posible que, siendo Dios bondad infinita, exista mal en el mundo? Para responder a esta pregunta, Leibniz negó la objetividad del mal. Lo que percibimos como malo se debe solo a una valoración deficiente por nuestra parte. Todo mal es subjetivo, es decir, es malo para quien lo percibe, pero necesario para la obtención de un bien mayor. Por eso Leibniz defendía que vivimos en el mejor de los mundos posibles, esto es, aquel en que existe menor cantidad de mal y mayor cantidad de bien. Entre los infinitos mundos que podría crear, este en que vivimos es el que, comparativamente, incluye menos cantidad de mal. La metafísica de Leibniz ha sido calificada por eso, y no sin razón, de «optimista».

Críticas a la Metafísica

Crítica Empirista

El empirismo clásico se desarrolló en las islas británicas durante el siglo XVIII y su principal representante fue David Hume (Reino Unido, 1711-1776). Este filósofo solo considera legítimos aquellos conocimientos con un origen que esté en la experiencia sensible (de aquí viene el nombre de «empirismo», del griego empeiría, «experiencia»). Como las realidades de que se ocupa la metafísica (Dios, el alma, la substancia que supuestamente subyace a los accidentes, etc.) no son sensibles, no pueden ser conocidas por la experiencia, Hume rechazó el saber metafísico, calificándolo de «sofistería e ilusión». Por ejemplo, en el caso de Dios, Hume piensa que es un concepto elaborado por la imaginación, como ocurre con la idea de una montaña de oro: podemos imaginar tal montaña y que hay un ser todopoderoso, pero eso no garantiza que lo imaginado exista realmente. Esto no implica que Hume niegue la existencia de Dios, pero sí que niega que su existencia haya sido demostrada por el saber metafísico.

Crítica Marxista

La principal crítica de Marx y Friedrich Engels (Alemania, 1820-1895) a la metafísica consistió en considerarla ideología, entendiendo esta palabra como conjunto de ideas engañosas con las que se manipula a la gente. La metafísica tradicional es una interpretación de la realidad, un intento de producir una imagen del mundo y del ser humano. Pero Marx mantiene que tal imagen del mundo se ha elaborado, en cada momento histórico, de acuerdo con los intereses de la clase dominante, es decir, de los grupos que poseían el poder social hegemónico. Así, la metafísica tradicional no sería más que un producto ideológico, que sirve para legitimar y mantener los privilegios de las minorías más poderosas. La pretensión marxista es eliminar las falsas interpretaciones del mundo y poner el énfasis en transformarlo, mediante la revolución proletaria, en un lugar más igualitario y reconciliado, donde ya no existirá el enfrentamiento entre las clases sociales. Si se analiza a fondo, se puede afirmar que Marx está suponiendo que hay una auténtica metafísica (su propio sistema filosófico llamado «materialismo histórico») que él opone a la metafísica tradicional, pero se niega a llamar «metafísica» (un término cada vez más desprestigiado en la Edad Moderna) a su filosofía, y prefiere considerar que sus interpretaciones de la realidad son pura ciencia: la nueva ciencia de la economía política.

Crítica Genealógica

Bajo este título nos vamos a referir a dos autores que se remiten a la génesis de la metafísica para criticarla. Nietzsche denuncia que la metafísica es contraria a la vida. Para él, la vida es cambio, transformación, devenir incesante, superación y autoafirmación de nuevas formas que desbancan a las anteriores. Ante la imposibilidad de captar con nuestras capacidades racionales ese permanente cambio que es la vida, los seres humanos nos refugiamos en los conceptos metafísicos (como el concepto de ser, verdad, substancia, causa, Dios, etc.), que son estables, permanentes, inmutables y eternos. Esta es la génesis de la metafísica: inventamos otro mundo con la pretensión de que es el verdadero. Ahora bien, se trata de un mundo ficticio, falso, que no sirve para orientar a las personas en las circunstancias en que tienen que vivir.

Por su parte, Michel Foucault (Francia, 1926-1984) afirma que, desde sus orígenes, la metafísica ha impuesto cierto orden en el mundo. Pero al introducir orden en el mundo se introducen también límites: el orden se considera normal, mientras que la transgresión de ese orden, por el contrario, se considera una anomalía. De la imposición del orden que ha efectuado la metafísica tradicional, se deriva todo un sistema de control de las personas para intentar reconducir al diferente, al transgresor del orden, hacia la «normalidad». Las sociedades contemporáneas han desarrollado una serie de instituciones para «normalizar» a los individuos que las forman: la clínica, la cárcel y la escuela son las tres más significativas para él.

Crítica desde el Análisis Lingüístico

En el siglo XX y, sobre todo, a partir de Ludwig Wittgenstein (Austria, 1889-1951) se desarrolla una nueva forma de hacer filosofía que toma el lenguaje como punto de partida. Se suelen diferenciar dos etapas en el pensamiento de Wittgenstein que marcan las dos tendencias que han seguido la tradición del análisis lingüístico. En una primera fase de su pensamiento, Wittgenstein afirma que las cuestiones metafísicas son el resultado de un mal uso del lenguaje, porque, si analizamos ese lenguaje con la ayuda de la lógica, se muestra que los enunciados de la metafísica no tienen significado, sino que son meros agregados de palabras que no se refieren a hechos que suceden en el mundo. Los problemas acerca del ser, del alma, del mundo como totalidad o de Dios quedan así eliminados, puesto que estos nombres, en realidad, carecen de significado.

La segunda etapa del pensamiento de Wittgenstein marca otra tendencia diferente, pues se entiende ahora que el lenguaje puede usarse de diversas maneras, llamadas «juegos lingüísticos». Cada juego del lenguaje responde a una forma de entender el mundo, a una forma de vivir.

La Revolución Kantiana

Comenzaremos por mencionar la distinción que realizó Immanuel Kant (Alemania, 1724-1804) entre dos modos de entender la metafísica. Tal distinción es importante para entender la propuesta que hace Kant al respecto:

  • La metafísica como disposición natural, es decir, como la tendencia de los seres humanos a querer resolver las cuestiones radicales a las que se refiere el saber metafísico. Desde esta perspectiva, la metafísica es tan antigua como la misma humanidad. También es universal: cualquier ser humano, de cualquier época histórica y perteneciente a cualquier cultura, experimenta la necesidad de saber algo sobre los objetos de la metafísica, ya sea para afirmarlos o para negarlos o para dudar sobre ellos.
  • La metafísica como disciplina académica. En este sentido, Kant entiende por metafísica la concepción tradicional que ya hemos estudiado, incluyendo la distinción entre metafísica general y metafísica especial. Esta es la metafísica que, desde la aparición de la ciencia moderna, está siendo duramente criticada y rechazada. Kant argumenta que esa metafísica tradicional ha fracasado como saber rigoroso, puesto que cae en inconsistencias y contradicciones.

Nos encontramos así ante una paradoja: como disposición natural la metafísica es una tarea necesaria, pero como ciencia rigorosa no parece posible, porque no se ha conseguido hasta ahora un acuerdo básico entre los expertos respecto al método que ha de seguir este tipo de saber.

¿Por qué la metafísica no logra establecerse como una ciencia más? La argumentación de Kant es que la ciencia estudia fenómenos (del griego phainoménon, «lo que se muestra»), es decir, realidades que pueden ser captadas por los sentidos de modo directo o indirecto. Por ejemplo, tenemos experiencia sensible del campo gravitacional terrestre cuando notamos el peso de los cuerpos, y por eso podemos considerar que tanto la gravedad como los cuerpos son fenómenos.

En cambio, la metafísica pretende estudiar objetos que no se muestran sensiblemente, esto es, objetos de los cuales no podemos tener experiencia sensible. El ser en general, el alma o mente, el mundo como totalidad y Dios no son fenómenos.

Cabe la posibilidad de que sean lo que Kant denomina «noúmenos» (del griego noúmenon, «lo que se entiende» o «lo que se capta con la inteligencia»), pero este tipo de objetos, aunque puede suponerse que existen, porque su existencia permite explicar mejor la existencia de los fenómenos, no pueden ser objeto de estudio de ninguna ciencia particular, puesto que las ciencias se dedican, exclusivamente, al estudio de los fenómenos. La metafísica trata de conocer objetos puramente inteligibles, que no tienen manifestación sensible ninguna, y por eso mismo, opina Kant, no puede llegar a constituirse como una ciencia.

Pero eso no quiere decir que la metafísica no sirva para nada y que pueda, o incluso, deba ser eliminada. Porque representa la necesidad de encontrar respuesta a las preguntas últimas y radicales que nos afectan en cuanto seres humanos. Kant propuso que el lugar propio de la metafísica no era entre las ciencias, sino en el terreno de la filosofía, y más concretamente en el terreno de la filosofía práctica (la ética). Nunca podremos conocer científicamente si nuestra mente sobrevive a la muerte, o si la libertad que creemos tener es real, ni tampoco podremos estar seguros de la existencia de Dios. Pero si mi alma no puede seguir perfeccionándose después de la muerte, ¿qué sentido tiene que me esfuerce por ser moralmente mejor?; si no soy libre cuando realizo una acción, ¿qué sentido tiene la existencia de normas morales?; si no existe Dios, ¿de qué modo se podría hacer justicia a las personas que han vivido rectamente pero no han logrado ser felices en este mundo?

Kant convierte en presupuestos de la ética los tres objetos tradicionales de la metafísica especial. En cierto modo, Kant está pensando que si tenemos sed (necesidad de saber metafísico) debe existir el agua que calma esa sed (algún tipo de saber metafísico). Dicho de otro modo: Kant está afirmando que la fe es razonable, que creer en Dios, creer en otra vida y en que somos libres no es algo irracional ni disparatado, pero definitivamente no es ciencia. La metafísica es un saber, pero no una ciencia al estilo de las matemáticas o la física.

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