Evolución Histórica de la Península Ibérica: De la Protohistoria a los Reyes Católicos

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1.2: La Protohistoria Peninsular

La Protohistoria, iniciada en el primer milenio a.C., marca la transición de la Edad del Bronce al Hierro. Pueblos célticos e indoeuropeos se fusionaron con la población local en el noroeste y centro de la península, formando tribus como los galaicos, lusitanos y cántabros, gobernadas por una aristocracia guerrera. Estos pueblos vivían en castros y se dedicaban a la ganadería, agricultura y orfebrería. Los preceltas, como los vascones, mantuvieron su lengua.

Pueblos colonizadores, como fenicios y griegos, llegaron por el Mediterráneo para comerciar e influir culturalmente. Los fenicios fundaron colonias como Gadir y Malaka (fines del s. IX-VIII a.C.), introduciendo el alfabeto, nuevas técnicas agrícolas y la industria de la salazón. Los griegos, desde el s. VII a.C., fundaron colonias como Rhode y Emporion, influyendo en el arte y la cultura e introduciendo la moneda. Los cartagineses, desde el s. VI a.C., establecieron enclaves como Qart Hadasht (Cartagena), tras el declive fenicio.

En el Mediterráneo peninsular surgieron culturas autóctonas influidas por fenicios y griegos. Tartesos (s. IX-VI a.C.) prosperó en el valle del Guadalquivir, destacando por su minería de cobre, como se ve en el tesoro de Carambolo y Turuñuelo. La cultura íbera (s. VII-I a.C.) se desarrolló en la costa mediterránea, con tribus organizadas en monarquías o repúblicas, destacando por su arte, cerámica y esculturas como la Dama de Elche y la Dama de Baza.

1.3: La Hispania Romana

La conquista romana de la península ibérica se produjo entre los siglos III y I a.C. en tres etapas: la primera durante la 2ª Guerra Púnica (218-206 a.C.), con la conquista del sur y este; la segunda con las guerras celtíberas y lusitanas (153-133 a.C.), que aseguraron el centro y oeste; y la tercera, con las guerras contra galaicos, astures y cántabros (31-19 a.C.), completando el dominio romano.

Tras la conquista, se inició la romanización, integrando a los pueblos en la cultura y formas de vida romanas. Hispania se organizó primero en dos provincias (Ulterior y Citerior), y luego en tres con Augusto (Baetica, Lusitania y Tarraconensis), llegando a seis con Diocleciano en el siglo III d.C.

Las ciudades, como Córduba, Emérita Augusta y Tarraco, fueron centros económicos, sociales y culturales. Se construyeron numerosas obras públicas, como el puente de Alcántara, el acueducto de Segovia, teatros, anfiteatros y circos.

La economía romana en Hispania era colonial y esclavista, con una agricultura avanzada basada en cereales, vid y olivo. Industrias como la aceitera y la salazón de pescado prosperaron, impulsadas por la moneda única y una extensa red de calzadas. Socialmente, existían ciudadanos romanos, libres, libertos y esclavos, hasta que el edicto de Caracalla (212 d.C.) extendió la ciudadanía a todos los habitantes del Imperio.

Culturalmente, el latín fue la lengua oficial, se instauró el derecho romano y se difundió el arte clásico. Religiosamente, se pasó del politeísmo al cristianismo, que fue permitido por Constantino (313 d.C.) y oficializado por Teodosio (380 d.C.). Hispania también dio figuras destacadas como Séneca y los emperadores Adriano y Trajano.

1.4: El Reino Visigodo

La crisis del siglo III d.C. en el Imperio romano permitió que pueblos fronterizos, como suevos, vándalos y alanos, invadieran la Península Ibérica en el 409 d.C. Roma solicitó ayuda a los visigodos, un pueblo germánico romanizado, que acudió como federado del Imperio a cambio de un territorio en el sur de la Galia.

Tras la caída del Imperio romano de Occidente en el 476, los visigodos se independizaron y formaron el reino de Tolosa. Sin embargo, fueron derrotados por los francos en la batalla de Vouillé en 507, lo que los obligó a asentarse en Hispania, donde fundaron un nuevo reino con Toledo como capital, creando el primer Estado independiente y unificado de la Península.

La unidad territorial se consolidó con Leovigildo, quien conquistó el reino suevo en 585 y acuñó moneda con su efigie, fortaleciendo la monarquía. En 628, Suintila completó la unificación expulsando a los bizantinos de la zona de Levante. La unificación legal llegó en 654 con Recesvinto, que promulgó el Liber Iudiciorum, una recopilación de la legislación romana.

La monarquía visigoda era electiva y vitalicia, pero nunca logró convertirse en hereditaria, lo que generó periodos de inestabilidad. El rey gobernaba con el apoyo del Officium Palatinum, el Aula Regia y los Concilios de Toledo, asambleas eclesiásticas que fueron clave desde el III Concilio en 589, cuando Recaredo y los visigodos se convirtieron del arrianismo al catolicismo. La Iglesia ganó inmunidad fiscal, y la figura del rey adquirió un carácter sacralizado.

La administración se completaba con los duces en las provincias, los comités civitates en las ciudades y los gardingos, jefes militares. Con el tiempo, se desarrolló un sistema prefeudal, pero las luchas por el poder facilitaron la conquista árabe a partir del 711, tras la derrota del rey Rodrigo en la batalla de Guadalete.

2.1: Al-Ándalus

Al-Ándalus fue el estado musulmán que se estableció en la península Ibérica tras la victoria en Guadalete (711) sobre el último rey visigodo, Rodrigo. Sus fronteras quedaron definidas tras las derrotas musulmanas en Covadonga (722) frente a los astures y en Poitiers (732) frente a los francos.

Al principio, fue un emirato dependiente del califato omeya de Damasco, pero en 756 Abderramán I, tras escapar de la matanza de su familia en Oriente, proclamó un emirato independiente que consolidó el poder musulmán. En 929, Abderramán III se declaró califa, iniciando el Califato de Córdoba, que alcanzó su esplendor cultural y político bajo Al-Hakam II.

A su muerte, Almanzor tomó el poder de forma dictatorial, pero tras su fallecimiento en 1002 comenzó una etapa de inestabilidad que llevó a la desintegración del califato en 1031, dando lugar a los reinos de taifas.

Pese a su riqueza cultural, los taifas eran débiles militarmente, lo que permitió a Alfonso VI conquistar Toledo en 1085. Los taifas pidieron ayuda a los almorávides, que derrotaron a Alfonso VI en Sagrajas (1086) e incorporaron Al-Ándalus a su imperio. Sin embargo, los almorávides no consolidaron su poder y fueron reemplazados por los almohades en 1146, quienes unificaron nuevamente Al-Ándalus y lograron victorias como la de Alarcos (1195). No obstante, fueron derrotados en la batalla de las Navas de Tolosa (1212) por una coalición cristiana. Tras la caída del poder almohade, solo sobrevivió el reino Nazarí de Granada, que permaneció como vasallo de Castilla hasta su conquista final en 1492 por los Reyes Católicos.

2.3: 

Tras la derrota visigoda en Guadalete (711), solo las zonas montañosas del norte quedaron fuera del control musulmán, dando lugar a los primeros núcleos de resistencia cristianos. En la primera etapa (siglos VIII-X), la victoria de Pelayo en Covadonga (722) permitió la creación del reino de Asturias, que se expandió hasta el Duero bajo Alfonso III. Tras su muerte en 910, León asumió el liderazgo y el condado de Castilla fue ganando autonomía. En los Pirineos surgieron estados como Pamplona y los condados de Aragón, Sobrarbe, Ribagorza y Barcelona, que alcanzaron su independencia a finales del siglo X. En la segunda etapa (siglos XI-mediados del XII), la expansión cristiana hacia el Tajo y el Ebro fue favorecida por la caída del Califato de Córdoba (1031), aunque frenada temporalmente por almorávides (1086) y almohades (1146). La derrota almohade en las Navas de Tolosa (1212) aceleró el avance cristiano. Castilla, unida a León desde 1230, avanzó por el Guadalquivir y Murcia, mientras Aragón, unida a Cataluña desde 1137, conquistó Levante y Baleares. El reino nazarí de Granada fue conquistado por los Reyes Católicos en 1492. Políticamente, los reinos se organizaban en torno a la monarquía, las Cortes y los municipios. Desde el siglo XIII, la monarquía centralizó el poder apoyándose en leyes como "Las Partidas" y en teorías sobre el origen divino del poder. Las primeras Cortes de Europa se celebraron en León en 1188, incluyendo a burgueses junto a la nobleza y el clero, fomentando las instituciones municipales


2.5: 

En Castilla, unida a León desde 1230 con Fernando III, la autoridad real se fortaleció desde el siglo XIII, apoyada en teorías sobre el origen divino del poder y en leyes como "Las Partidas" de Alfonso X y el "Ordenamiento de Alcalá" de Alfonso XI (1348). Se centralizó la administración con instituciones como el Consejo Real, la Cancillería y la Audiencia (1371). Los municipios pasaron de concejos abiertos a ayuntamientos controlados por regidores y corregidores, representantes del poder real. Tras la peste de 1348 y la guerra civil (1366-69) que llevó a Enrique II de Trastámara al trono, la nobleza fue fortalecida, aunque sus sucesores continuaron reforzando la corona, lo que debilitó lentamente las Cortes. El siglo XV vio una recuperación económica y demográfica, aunque con conflictos, como la guerra civil de 1474-1479 que llevó a Isabel la Católica al trono. En Aragón, una confederación de territorios con leyes propias, el poder real estaba limitado por las Cortes, que tenían competencias legislativas en Cataluña, Valencia y Aragón. El virrey representaba al monarca en su ausencia, y la expansión mediterránea de Aragón (Sicilia, Cerdeña y Nápoles) obligó a los monarcas a hacer concesiones a las Cortes, como el Privilegio General (1283) de Pedro III y el Privilegio de la Unión (1287) de Alfonso III, consolidando el "Pactismo". La Generalitat catalana surgió en 1359 como institución permanente para asegurar el cumplimiento de los acuerdos de las Cortes. Los municipios eran gestionados por consellers y consejos municipales de burgueses. Navarra, situada entre grandes reinos, estuvo bajo influencia francesa en algunos momentos. Al igual que Castilla y Aragón, sufrió la peste y guerras civiles en el siglo XV. Adoptó instituciones como el Consejo Real y las Cortes, con fueros que el rey debía jurar, y una administración similar a la castellana.

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