Dualismo platónico, la expulsión de los poetas y la duda cartesiana
Enviado por Programa Chuletas y clasificado en Filosofía y ética
Escrito el en
español con un tamaño de 4,76 KB
4º. Conclusión
Platón: dualismo y desprecio por lo sensible
La solución de Platón para conciliar la disparidad de pensamientos de los filósofos anteriores va a ser el dualismo. En efecto, Platón escinde la realidad para poder explicarla: el mundo sensible (mundo visible) y el mundo de las ideas. Esta división conlleva el menosprecio del mundo sensible y el rechazo del conocimiento obtenido por los sentidos. Para ello, Platón da dos argumentos a favor del conocimiento racional (de las ideas) frente al conocimiento sensible:
Argumentos platónicos a favor de las ideas
- Existe la ciencia y ésta es estable y necesaria.
- Apreciamos los conceptos (p. ej.: sudor y justicia) por su mayor o menor perfección; desde ahí, deben existir realidades más perfectas que otras. Por tanto, el universo y el conocimiento son jerárquicos.
Los poetas trágicos son expulsados de la Polis ideal no por una cuestión meramente moral (aunque esto es discutible), ni solo por un desacuerdo estético ni por el rechazo decidido del arte como producción. De hecho, Platón había sido un poeta trágico en su juventud, hasta su encuentro con Sócrates. El fundamento de la expulsión es político: todos los razonamientos de Platón apuntaban a la política como organización humana esencial para el desarrollo individual de los seres racionales.
Escribe lúcidamente Gadamer al respecto en Platón y los poetas:
“la posición de Platón respecto de los poetas no es una consecuencia de su sistema, que no permitiese una apreciación más justa de la verdad poética, sino una expresión deliberada de la decisión que ha tomado, impresionado por Sócrates y por la filosofía, contra toda la cultura política y espiritual de su tiempo y su capacidad de salvar el Estado.” (Gadamer: 92)
Platón no quiere que los poetas, con su desmesura y con las espléndidas y aterradoras figuraciones de los dioses que son capaces de ejecutar, malogren su concepto de paideia, algo así como una educación encaminada a la armonía interna de los hombres a través de la dialéctica y de la filosofía. Política y verdad, entonces, nos debe sonar de algún lado.
Toda sociedad humana, para funcionar de modo organizado y estable, debe ceder el mando y las decisiones a un grupo de personas que pueden actuar con más fundamento y eficacia que la mayoría, en tanto conocen la verdad. Dicho de otro modo: una vez definido qué es la verdad, quien la definió debe velar por ella. De esta manera no resulta tan arduo comprender la crítica platónica a la poesía como actividad humana y como factor de comunicación social. La poesía atenta contra la verdad porque remite más a su ausencia que a su eficacia; drena allí donde los métodos racionales (cualquier método) sucumben sin remedio.
Descartes: la duda como método para hallar la verdad
Para Descartes, la tarea de la filosofía consiste, sobre todo, en descubrir la verdad. Y esa verdad consiste en algo: una proposición que sea indudable y absolutamente evidente. De este modo, hace de la duda su método, la duda metódica, mediante la cual irá despejando incertidumbres sobre el conocimiento hasta hallar aquello sobre lo que no sea posible dudar.
El propósito es dudar de todo aquello que no sea absolutamente evidente. Se trata de barrer todo lo que no sea seguro, hacer limpieza y poder reconstruir un nuevo edificio sobre los escombros del anterior, sobre bases más firmes y sólidas, dado que ha puesto a prueba su resistencia a la duda. Así, el punto de partida consiste en sospechar de la verdad de todo cuanto se presente como información sobre el mundo, para deshacerse de las creencias infundadas, pero también para ir más allá con la intención de no dejar nada en pie hasta alcanzar alguna idea clara y evidente por sí misma.
Como él mismo cuenta, estudia en los libros antiguos y clásicos, y busca, dentro de los que forman parte del amasijo cultural de su época, algún vestigio de evidencia, alguna verdad en la que apoyarse, pero no halla nada que pueda sustentarse por sí mismo. A pesar de entrar así en la corriente del escepticismo habitual en su época (Montaigne, La Mothe Le Vayer), no cabe decir de Descartes que pueda ser considerado un escéptico en toda regla, precisamente porque su escepticismo solo es una vía de acceso a la verdad, a la cual nunca renuncia.