La Doctrina de San Agustín: El Problema del Mal y la Dualidad de las Ciudades

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  1. Ética y el Problema del Mal

    Uno de los problemas centrales de su filosofía es el mal. Este problema lo plantea diciendo que el mundo ha sido creado por un ser omnipotente, omnisciente y sumamente bueno. En el mundo hay mal físico, que proviene de las causas naturales, y el mal moral, que proviene de las decisiones de las personas.

    El Dilema de la Existencia del Mal

    Plantea una cuestión: ¿Cómo puede existir el mal en un mundo que es a la vez creado por un ser con esas características? Este dilema obligaba a despojar a Dios de algunos atributos, es decir, a elegir entre ser bueno, u omnisciente y omnipotente.

    Después de pasarse al cristianismo, Agustín aceptó el planteamiento cristiano, intentó comprenderlo y elaboró una teoría.

    Tesis de San Agustín sobre el Mal

    Establece dos tesis para resolver el problema:

    • Que el único mal real es el que se refiere al alma.
    • Que el único ser que puede dañar al alma es ella misma, cuando toma decisiones equivocadas, como por ejemplo, acusar a Dios de ser la causa del mal del mundo.

    Lo anterior, para Agustín, es absurdo, pues en un mundo en el que no fuera posible el mal, tampoco lo podría ser el bien. Por lo tanto, nos ha dado el libre albedrío para hacer el bien, no el mal. Así, Dios no es responsable de nuestro mal, y tiene derecho a castigarnos si usamos el mal.

    La Gracia y la Acción Moral

    Para Agustín, el carácter defectuoso de la naturaleza humana no solo se refiere al conocimiento, sino también a la acción moral. Para corregir esto, necesitamos la ayuda de Dios, ayuda denominada Gracia, mediante la cual se consigue actuar de acuerdo con los principios morales y conocer los principios de la acción moral.

    Surge un problema: si para actuar moralmente es necesaria la Gracia, pero esta depende de Dios, ¿qué criterio sigue Dios para otorgarla? Según San Agustín, no podemos saberlo; solo confiar en la justicia.

5. Sociedad y Política: La Ciudad de Dios

Tras la invasión de Roma en el 410 por parte de Alanio (referencia histórica a Alarico), se creó la creencia de que la caída se había producido porque los antiguos habían abandonado a los dioses paganos, sustituyéndolos por el Dios cristiano.

Este hecho fue replicado por Agustín en su obra De civitate Dei (La Ciudad de Dios), en la que establece una división de las sociedades humanas, las cuales se componen de:

  1. Un grupo que busca cosas materiales (denominado la Ciudad Terrenal).
  2. Otro que busca cosas espirituales (denominado la Ciudad de Dios).

La Ciudad de Dios no se identifica con ningún estado en concreto, pues este se sucede en el tiempo, ni se identifica plenamente con la Iglesia, porque hay gente en ella que busca fines materiales y fuera de ella hay gente que busca fines espirituales. De esta división establece una conclusión: Dios solo garantiza el desarrollo de la Ciudad de Dios.

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