La dialéctica entre realidad y deseo en la obra de Luis Cernuda y Federico García Lorca
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El conflicto entre realidad y deseo en la obra de Cernuda
La realidad y el deseo, título elegido por Luis Cernuda para el conjunto de su obra, constituye el sustrato fundamental de su mundo poético desde sus primeras composiciones. Esta confrontación ofrece progresivamente diferentes matices y sentidos, cargándose de hondas reflexiones existenciales.
Por un lado, la oposición realidad-deseo representa el enfrentamiento entre la sociedad y el poeta. Frente a los valores y creencias establecidos, el autor levanta la fuerza del deseo y de la pasión amorosa homosexual, mediante una abierta exaltación del erotismo, lo que radicaliza la lucha.
Aunque la homosexualidad se encuentra en la raíz del desarraigo y la enajenación del poeta, la imposibilidad de conciliar realidad y deseo revela otro dramático conflicto interior: el deseo, al moverse entre seres y mundos ideales, está condenado a la insatisfacción. Dado que la realidad es efímera, cambiante, precaria e imperfecta, la posesión amorosa que se anhela —permanente y absoluta, tanto de cuerpos como de conciencias— conduce inevitablemente a la frustración.
Autoridad frente a libertad: El universo de Bernarda Alba
En el caso de la obra de Lorca, la acción transcurre en un espacio cerrado y hermético, enmarcado por la primera y la última palabra que Bernarda pronuncia: silencio. Del primero al último silencio impuesto por su voluntad, se desarrolla el conflicto entre dos fuerzas mayores:
- El principio de autoridad: Encarnado en la figura de Bernarda.
- El principio de libertad: Representado por sus hijas.
El principio de autoridad responde, aparentemente, a una visión clasista del mundo donde cristaliza una moral social fundada en preceptos negativos, limitaciones y constricciones. Esta moral está condicionada por el «qué dirán» y por la necesidad de defenderse mediante el aislamiento frente a una vigilancia social alienante. Bernarda impone en el universo cerrado de su casa un orden identificado como «el orden» único, necesario y verdadero, contra el cual no se admite protesta ni desviación alguna.
El instinto de poder
A lo largo del drama, aparece como raíz del principio de autoridad —instaurador de un orden indiscutido— otra fuerza más oscura y primitiva, anterior a lo social: el instinto de poder. Es un poder que se pretende absoluto y que es llevado hasta la negación no solo de toda libertad personal (la propia y la de los demás), de todo sentimiento, volición o aspiración, sino hasta la misma negación de la realidad.