El Destino Cruel de Edipo: Revelación, Furia y la Ceguera Autoimpuesta
Enviado por Chuletator online y clasificado en Griego
Escrito el en
español con un tamaño de 5,05 KB
El Descubrimiento de la Verdad y la Venganza de Edipo
Este fragmento dramático captura el momento culminante de la tragedia de Edipo, donde la verdad de su linaje es revelada, desatando una furia y un castigo autoimpuesto de proporciones míticas.
I. Diálogo de la Revelación
PH
Me lo prohíbe la fidelidad.
OE (Edipo)
¡Fuego! ¡Que alguien traiga fuego! Ya la llama romperá la fidelidad.
PH
¿A través de tan cruentos caminos buscan la verdad? Perdóname, te lo ruego.
OE (Edipo)
Si te parezco fiero e inmoderado, la venganza está preparada en tu mano. Di la verdad. ¿Quién es? ¿Fue engendrado por qué padre? ¿Nacido de qué madre?
PH
Nació de tu esposa.
OE (Edipo)
¡Ábrete, tierra! Y tú, poderoso de las tinieblas, arrastra a las profundidades del Tártaro, señor de las sombras, al que ha hecho volver atrás los cursos de las generaciones y las familias. Amontonad, ciudadanos, las piedras sobre la infame cabeza. Sacrificadme con flechas. Que los padres me ataquen con el hierro, que me ataquen los hijos, contra mí armen sus manos las esposas y los hermanos, y que el pueblo enfermo me arroje fuegos arrancados de las hogueras.
Propago el crimen de los siglos, el odio de los dioses, la ruina de las sagradas leyes. Con la luz que mi espíritu respiró por primera vez torpemente, ya era digno de la muerte. Vuelve ahora unos ánimos iguales, atrévete ahora a algo digno de tus crímenes. ¡Vamos, adelante! Dirige rápidamente tus pasos al palacio, felicita a tu madre por la aumentada familia con sus hijos.
II. La Furia de Edipo y el Castigo Autoimpuesto
NARRADOR
Después de que Edipo descubrió los hados predichos y su infame linaje y, convicto por su crimen, se condenó a sí mismo, dirigiéndose hostil hacia el palacio penetró con rápido paso en los odiosos techos. Era como el león de Libia que va enfurecido por los campos, sacudiendo en su frente amenazadora su rubia melena, el rostro torvo por la rabia y los ojos atroces. Se escuchan gemidos y un hondo rugido, y un sudor helado fluye por sus miembros; echa espuma y remueve sus amenazas, y se le desborda el inmenso dolor en lo más profundo.
Él, cruel consigo mismo, prepara no sé qué cosa grande y equiparable a sus hados. Reflexiona:
«¿Por qué retraso el castigo? Que alguien ataque este infame pecho con un hierro o que lo someta al ardiente fuego o a las piedras. ¿Qué tigre o qué ave cruel se lanzará a mis vísceras? Tú mismo, apto para los crímenes, sagrado Citerón, lanza desde tus bosques las fieras contra mí o envía tus rabiosos perros. Devuélveme ahora una Ágave. Alma, ¿por qué temes la muerte? Solo la muerte arranca a un inocente de la Fortuna.»
La Espada y la Reflexión sobre el Suplicio
Habiendo dicho esto, pone su impía mano sobre la empuñadura y desenvaina la espada:
«¿Así? ¿Vas a pagar tan grandes crímenes con un breve castigo y vas a expiarlo todo con un solo golpe? Mueres: esto es suficiente para tu padre. ¿Qué después para tu madre? ¿Qué para esos hijos nacidos bajo mala luz? ¿Qué entregarás a tu patria lastimosa que paga tu crimen con una gran catástrofe? No hay que destruir aquella naturaleza que con solo Edipo trastoca las leyes invariables, imaginando nuevos partos. Que innove ella en mis suplicios. Que se me permita vivir y morir una y otra vez, renacer siempre para que pagues todas las veces nuevos suplicios. Sírvete de tu ingenio, desdichado: lo que no puede hacerse a menudo, que se haga durante mucho tiempo. Que sea elegida una muerte larga. Que se busque el camino por el que andes errante, no mezclado con los sepultados y, sin embargo, marginado de los vivos. Muere, pero sin llegar hasta tu padre. ¿Vacilas, alma?»
La Ceguera Voluntaria
Una súbita y copiosa lluvia pesa en su rostro y riega sus mejillas con llanto:
«¿Y es suficiente llorar? ¿Solo hasta aquí mis ojos van a derramar un leve líquido? Que sigan a las lágrimas arrancados de sus órbitas. Estos ojos de marido que sean arrancados enseguida.»
Dijo, y se volvió loco de rabia. Arden amenazadoras sus mejillas con un fuego terrible y los ojos apenas se mantienen en sus órbitas. Su rostro era violento, audaz, airado, feroz, del que se los va a arrancar ya. Gimió y, bramando horriblemente, retorció sus manos contra su rostro. Pero, por el contrario, sus ojos se clavaron amenazadores y fijos; cada uno sigue a su mano por sí mismo, salen al encuentro de su herida. Tantea ansioso sus ojos con sus manos encorvadas, desde su honda raíz arranca al mismo tiempo los dos globos radicalmente.
Las manos se adhieren en los huecos y, clavadas, desgarran por completo con las uñas las hondas cavidades de los ojos y las órbitas vacías, y se ensaña en vano y enloquece más de lo que es suficiente. ¿Tan importante es el peligro de la luz? Levanta la cabeza y, recorriendo con sus órbitas vacías las zonas del cielo, experimenta la noche.