Desarrollo Económico y Social en Chile: Artesanos, Mercaderes y la Lucha por la Industrialización en el Siglo XIX

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El Bajo Pueblo y sus Opciones Económicas en el Chile del Siglo XIX

El bajo pueblo en Chile durante el siglo XIX se enfrentaba a un abanico limitado de opciones económicas: trabajo asalariado, microempresas, bandolerismo rural y emigración. En este contexto, surge un asalariado pre-moderno, caracterizado por el trabajo peonal, sin contratos formales, con pagos en fichas y castigos físicos. Este sistema laboral presentaba rasgos de esclavitud, lo que fomentaba una identidad de resistencia y transgresión. Para contrarrestar esta situación, se promovió la llegada de artesanos y trabajadores europeos. Sin embargo, el asalariado industrial era escaso, representando solo el 9% en 1920. La masa laboral rechazaba la proletarización, buscando una mejor calidad de vida y una identidad social a través del trabajo familiar y microempresarial, especialmente en el ámbito artesanal. Esto sentó las bases para el surgimiento de una clase productiva, dando inicio a la industrialización un siglo antes de la creación de la CORFO.

La Industria del Bajo Pueblo: Una Definición Diferente

La definición de "industria" en el contexto del bajo pueblo difería de la actual. No se basaba en el número de trabajadores, el uso de energía o la presencia de equipo mecánico. Sin embargo, estas actividades productivas se caracterizaban por el ingenio tecnológico y la intención de impedir la importación de productos manufacturados. Los trabajadores se consideraban a sí mismos como una clase industrial o empresarial, aunque los mercaderes y las autoridades los trataban como simples artesanos o artistas. El término "obrero" proviene de "obra", y ejemplos de estas industrias incluyen fraguas, fábricas de almidón, abasteros y molineros.

Desafíos y Obstáculos para los Artesanos

Los artesanos debían luchar contra la política librecambista imperante. Los mercaderes establecían alianzas con productores extranjeros, y los artesanos extranjeros traían consigo máquinas, capital y profesionales. Para competir, los artesanos locales se veían obligados a importar herramientas y máquinas extranjeras, lo que limitaba su capacidad financiera y frenaba la creatividad y el trabajo colectivo. Además, la ley de patentes garantizaba el monopolio industrial foráneo, con exenciones arancelarias a la importación por 8 años, lo que permitía la importación de maquinaria y la transformación en grandes industrias modernas. La prensa de la época menospreciaba a los artesanos, tildándolos de mediocres. A pesar de esto, los artesanos constituían la segunda fuerza electoral de la república, solo por debajo de los terratenientes, y la mitad de la población de Santiago ejercía trabajos artesanales.

Conflictos Urbanos y la Resistencia del Bajo Pueblo

Los artesanos se instalaban en los barrios comerciales, lo que generaba descontento entre los residentes y mercaderes. Se les acusaba de generar suciedad, delincuencia y malos hábitos. Los mercaderes, además, veían en ellos una competencia indeseada y aspiraban a transformar Santiago en una ciudad similar a París, una visión que se remontaba a tiempos de la colonia. Algunos artesanos ocupaban puestos permanentes en los barrios comerciales, y se buscaba eliminarlos. A mediados del siglo XIX, la producción textil artesanal alcanzaba un valor de exportación equivalente a todo el sistema de haciendas. La resistencia del bajo pueblo se manifestaba en el consumo de sus propios productos, demostrando lealtad a la producción local.

El Estanco y la Deuda Externa

El negocio del estanco se inició para pagar la deuda contraída con Gran Bretaña por O'Higgins. Freire propuso la creación de una junta de crédito público, pero los privados sugirieron una administración privada. Aprovechando la ausencia de Freire, se presentaron dos posturas: la de Portales y la de Urriola. Aunque la propuesta de Urriola era más favorable, se le pusieron trabas para presentar su oferta, resultando en la victoria de Portales. Se entregaron 500 mil pesos, y Freire se convenció de que esta era la mejor opción para pagar el empréstito. Portales utilizó poderes dictatoriales, siendo su primera acción tomar el control de la industria tabaquera chilena. Sin embargo, no pudo controlar la evasión ni la subversión tabaquera, y el estanco comenzó a incumplir con el pago del empréstito. Portales contrajo préstamos a nombre del Estado para pagar la deuda, pero tampoco pudo cumplir con estos compromisos. Finalmente, el Estado quitó el estanco a Portales, lo que derivó en un juicio. El padre de Portales lo apoyó, pero no se logró una indemnización, aunque finalmente se terminó indemnizando. Barros Arana, hijo de un estanquero, blindó la figura de Portales en la historia oficial.

La Lucha contra las Fraguas y la Pequeña Industria

Los mercaderes atacaban a las fraguas y a la pequeña industria, argumentando problemas de mal olor, contaminación y uso de aguas. La elevación de chimeneas no resultó efectiva. Los cabildos y la municipalidad también amenazaban a los artesanos, con el objetivo de convertir a Santiago en un "París". La policía municipal perseguía a las fraguas, y se prohibió la presencia de artesanos en el centro urbano de Valparaíso. La municipalidad de Santiago estableció un monopolio sobre el matadero, afectando a los abasteros. Se evidenciaba un conflicto entre la "ciudad culta" y la "ciudad bárbara" a mediados del siglo XIX. Los mercaderes codiciaban los terrenos de Guangualí y San Bruno, y se propuso una comisión para erradicar los ranchos y construir nuevas villas, pero el proyecto era demasiado costoso. La migración campo-ciudad favorecía a los guangualíes. Los mercaderes se dividían entre demoler los ranchos o arrendarlos. Los ranchos eran un negocio redondo, pero contribuían al empantanamiento de Santiago. Se promulgó una ordenanza para los ranchos, que exigía la construcción de muros, patios grandes y fachadas, lo que eventualmente evolucionó hacia los conventillos. Algunos mercaderes con intereses creados defendían los ranchos. La "guerra de los ranchos" no arrojó vencedores claros. Los mercaderes poseían una gran riqueza inmobiliaria, susceptible a incendios, robos y devaluaciones, por lo que tenían mucho que perder. Se organizó la guardia cívica para proteger las mansiones, rutas marítimas, calles y mercados. Esta guardia estaba compuesta por los propios mercaderes, pero también participaban artesanos. Aunque nacieron para la guerra de Arauco, su misión original se desvirtuó. Las guerras civiles de 1829, 1851 y 1859 resultaron en el triunfo de los mercaderes sobre los artesanos.

Propuestas Liberales y la Evolución Política

Los liberales propusieron a Freire una lucha contestataria, pero la reacción conservadora reincorporó a las guardias cívicas. En 1866 se promulgó una nueva ley de patentes que obligaba a todos a pagar. La guerra de 1879 benefició a las grandes fábricas, no a la industria popular, que también perdió el apoyo de los obreros que adoptaban la usanza europea. El interés centrista de Santiago se enfrentaba a la resistencia de las regiones, que abogaban por una ley federal, como proponía José Miguel Infante. Pedro Félix Vicuña abogaba por una justa repartición del trabajo y la riqueza, la limitación del derecho de propiedad, la creación de un crédito público, el fin del arriendo mercantil y el usufructo de la tierra por parte de los terratenientes, y la abolición de la prisión por deudas. Proponía un modelo alternativo que incluyera a los pequeños productores. Sus ideas eran paralelas a las de Marx, sin conocerlo, pero en Chile no existían proletarios como en la Europa de las revoluciones de 1848. Abogaba por la confederación de países hispanoamericanos, combinando mercados y protección. Santiago Arcos proponía un gobierno revolucionario que redistribuyera la riqueza de los ricos a los pobres. Victorino Lastarria criticaba no solo la desigualdad, sino también la escasa oportunidad de ascenso social y material. Finalmente, se produjo la fusión de los partidos liberal, democrático y radical en una sola oligarquía. Se formaron mutuales, como la de Fermín Vivaceta, con el objetivo de proteger, regenerar la ética y fomentar la solidaridad.

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