Desafíos de la Democracia Moderna: Participación Ciudadana y Desigualdad Económica
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La falta de participación ciudadana: un riesgo para la democracia
Si la democracia se reduce a un simple mecanismo de elecciones periódicas para renovar los gobiernos, si los ciudadanos se desentienden de los asuntos públicos y reducen su actividad política a votar cuando hay elecciones, entonces la democracia se corrompe y el término se convierte en una palabra sin contenido alguno.
La democracia es algo más importante y decisivo en la vida de los ciudadanos. Es una forma y un estilo de vida que exige un compromiso de participación activa. La idea de la democracia como participación comprometida y como control de los gobernantes mediante asociaciones, sindicatos, ONG u otros tipos de organizaciones sociales, es esencial para la profundización y revitalización de las democracias.
Si los ciudadanos se abstienen de participar y controlar a sus gobernantes, o si son muy pocos los que se interesan por los asuntos políticos, el riesgo de corrupción y de abuso de poder puede ir socavando los fundamentos de una verdadera democracia de una verdadera democracia.
La toma de decisiones de los políticos a través del gobierno y en el Parlamento debe tener en cuenta las opiniones de los ciudadanos expresadas mediante cauces legítimos de representación.
La desigualdad económica: un desafío estructural para la democracia
De todas formas, el peligro más grave para las democracias actuales proviene de su dificultad para proporcionar unas condiciones de vida dignas a todos sus ciudadanos. Si la democracia es un sistema de libertades y de derechos para todos los ciudadanos, tendría que conseguir un reparto de bienes y de recursos que fuera suficiente para todos; tendría que proporcionar una igualdad económica.
En la práctica totalidad de los países democráticos, se está muy lejos de esta situación y más lejos aún si se mira el asunto desde el punto de vista internacional. Los sistemas democráticos no garantizan la igualdad económica de sus ciudadanos, lo que lleva a que, sobre todo, los más desfavorecidos en el reparto no tengan en gran estima estas formas de gobierno.
Los sistemas democráticos no han sido capaces, de momento, de encontrar alguna forma de organización de la economía capaz de garantizar la igualdad económica. Simplificando mucho, podemos decir que en los últimos siglos se han dado dos formas de organizar las relaciones económicas completamente diferentes: el socialismo y el capitalismo.
El Socialismo: igualdad en la pobreza
El socialismo, basado sobre todo en la propiedad por parte del Estado de los medios de producción (de todo aquello que es necesario para producir), ha sido el modelo en el que se han inspirado los países socialistas y se ha abandonado en la mayoría de ellos por su dificultad para generar riqueza. En los países socialistas ha existido una mayor igualdad económica entre las personas, pero la dificultad para crear riqueza ha llevado, en la mayoría de las ocasiones, a que esa igualdad fuera una igualdad en la pobreza.
El Capitalismo: riqueza sin igualdad
El capitalismo, que en la actualidad es el modo de organizar la economía en prácticamente todos los países del mundo, está basado en la libertad del empresario para producir y vender mercancías. El Estado debe intervenir en la actividad económica lo menos posible y solo en nombre de los intereses generales del país. El capitalismo se ha mostrado capaz de producir riqueza, pero no igualdad: el aumento de riqueza en una sociedad no conlleva la igualdad económica de sus componentes.
La igualdad política y la igualdad jurídica no garantizan la justicia en las relaciones económicas nacionales e internacionales.