La Crisis y Transformación del Imperio Romano: Del Siglo III a su Caída

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La Crisis del Siglo III en el Imperio Romano

En el siglo III d. C., el Imperio romano entró en una profunda crisis. Se sucedieron guerras civiles, una grave crisis económica y constantes ataques de pueblos bárbaros. En este contexto, el poder del Senado disminuyó y el emperador concentró una mayor autoridad.

Tras la muerte de Cómodo, se inició un periodo de inestabilidad que terminó con la llegada de Septimio Severo, un emperador de origen africano que destacó por su talento militar. Sus hijos, Caracalla y Geta, reinaron juntos hasta que Caracalla asesinó a su hermano. Su obra más importante fue extender el derecho de ciudadanía romana a todos los habitantes libres del imperio. Además, combatió con éxito a los germanos y a los partos.

De la anarquía militar a la Tetrarquía

Caracalla fue asesinado y sustituido por Macrino, a quien sucedió Heliogábalo, un joven sacerdote que intentó instaurar en Roma el culto al dios sirio Elagábalo. Su primo, Alejandro Severo, representó el último intento de gobierno civil del imperio; a partir de su muerte, se impuso la dominación militar.

Diocleciano llegó al poder en el año 284 d. C. en un momento crítico. Ante la imposibilidad de controlar el imperio desde un único centro, estableció una tetrarquía, un sistema de reparto de tareas administrativas gestionado por dos emperadores (llamados augustos): Diocleciano y Maximiano, asistidos por dos césares para asegurar la continuidad del imperio.

La tetrarquía representó el triunfo del absolutismo oriental: el emperador adoptó el título de Dominus (señor), asociado a la eternidad y la majestad. Los edictos de Diocleciano hacían referencia constante a su divinidad, a su “majestad”, a sus “divinos” oráculos o a su “sagrado” palacio.

El ascenso de Constantino y el cristianismo

En el año 306, Constantino fue proclamado Augusto. Tras eliminar a sus rivales, en el año 312 se convirtió en el único Augusto de Occidente y, en el 324, fue proclamado emperador de un imperio nuevamente unificado. La política de Constantino siguió las líneas de Diocleciano, salvo en lo referente al cristianismo:

  • Edicto de Milán (313 d. C.): Programó la libertad de religión.
  • Nueva Capital: El reconocimiento del cristianismo dificultaba mantener el centro del imperio en Roma. Constantino trasladó la capital a Bizancio, que fue embellecida con nuevos monumentos y llamada Constantinopla (ciudad de Constantino), inaugurada en el año 330 d. C.

Sucesores y el fin de la unidad

Antes de morir, Constantino dividió el imperio entre sus tres hijos: Constancio, Constantino II y Constante. Estos lucharon por el poder hasta que Constancio se convirtió en el único emperador. Tras su muerte en el año 361 d. C., le sucedió su sobrino Juliano. Este abjuró del cristianismo, lo que le valió el sobrenombre de Apóstata, y adoptó medidas contra los cristianos.

Tras la muerte de Juliano, reinaron Joviano, Valentiniano (364 d. C.) y Valente. En el año 379 d. C., Graciano se repartió el imperio con Valentiniano II y con Teodosio, un general destacado en la lucha contra los bárbaros. Teodosio pactó con los godos y, tras una guerra civil, en el 394 se convirtió en emperador único.

El legado de Teodosio y la caída de Occidente

El gobierno de Teodosio estuvo marcado por el reconocimiento del cristianismo como religión del Estado y la supresión oficial del paganismo, prohibiendo asistir a templos paganos y la práctica de rituales no cristianos. Teodosio falleció en el año 395 d. C. y, antes de morir, dividió el imperio en dos:

  • Imperio de Occidente: Para Honorio.
  • Imperio de Oriente: Para Arcadio.

A pesar de ello, el imperio romano mostraba una debilidad creciente y los bárbaros atacaron repetidamente las fronteras. Rómulo Augústulo es considerado el último emperador del Imperio romano de Occidente. Tras ser depuesto por el caudillo bárbaro Odoacro, el Imperio romano de Occidente ya se había desmembrado en numerosos focos de poder regionales en manos de los bárbaros.

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