Compositores clave de la Contrarreforma: Palestrina, Victoria y Guerrero

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Compositores de la Contrarreforma

Giovanni Pierluigi da Palestrina (1525-1594)

Giovanni Pierluigi da Palestrina sirvió como niño cantor en Roma y llegó a ser maestro de coro en San Pedro, cantor de la Capilla Sixtina y maestro de coro en San Juan de Letrán (Roma). Al final de su vida supervisó la edición de los libros litúrgicos oficiales para que la Misa estuviera de acuerdo con los cambios producidos en el Concilio de Trento. En su inmensa mayoría, su obra es sacra: misas, motetes y madrigales sacros.

A Palestrina se le ha denominado "el príncipe de la música" y a sus obras se las clasifica como la perfección absoluta del estilo eclesiástico. Captó mejor que ningún otro compositor la esencia sobria y conservadora del estilo contrarreformista. Palestrina estudió las obras de los compositores franco‑flamencos y adquirió la maestría de sus logros técnicos. La mitad de sus misas se basan en modelos de compositores de generaciones anteriores.

Algunas de sus misas tempranas están escritas en el modo de cantus firmus, aunque prefería parafrasear el canto llano en todas las voces y no solo en el tenor. En otras misas introduce cánones en algunos de sus movimientos. Otro rasgo conservador de Palestrina fue concebir muchas de sus obras a cuatro voces, en las que las partes individuales describen un arco y el movimiento casi siempre es por grados conjuntos, con saltos breves e infrecuentes.

Una característica de Palestrina es que evita por completo el cromatismo, tanto en sus obras sacras como en sus madrigales profanos. Su música está escrita prácticamente en el compás alla breve. Se espera que las líneas independientes se encuentren en cada tiempo formando triadas completas. Este convencionalismo se ve roto por el retardo, en el que una voz es consonante con las otras en el tiempo débil, aunque, debido a que se prolonga en el tiempo fuerte, resulta en una disonancia.

El carácter diatónico dulce y el discreto manejo de la disonancia confieren a la música de Palestrina una serenidad y una transparencia sólidas. Otra cualidad de su contrapunto consiste en la combinación vertical de las voces: al variarse la disposición de las voces puede obtenerse un gran número de sonoridades diferentes a partir de un mismo acorde.

El ritmo de la música de Palestrina está compuesto por los ritmos de las voces individuales más otro ritmo colectivo que surge de los acordes que aparecen en cada tiempo. Este ritmo colectivo aporta regularidad en torno a los compases de 2/4 o 4/4, resultado de los cambios de armonía y de la colocación de los retardos en tiempos fuertes.

Palestrina unifica una composición por medios puramente musicales, mediante la sucesión de motivos y la elección de los grados en los que los presenta. Sin embargo, en la Misa del Papa Marcelo, Palestrina se esforzó en lograr mayor inteligibilidad del texto: hizo que las frases se pronunciaran de manera simultánea, dividió el coro en varios grupos menores y reservó las seis voces en tutti para palabras culminantes. Evita, además, la monotonía mediante el uso de recursos rítmicos, colocando los acentos en diferentes partes.

Audición

Tomás Luis de Victoria (1548-1611)

Toda la obra de Tomás Luis de Victoria es posterior al Concilio de Trento y satisface, con su concisión y sobriedad, lo establecido por el sínodo. Es el compositor más importante de la escuela romana después de Palestrina. Sus obras son exclusivamente sacras.

Victoria infunde a su música una expresiva profundidad y aprovecha las notas fuera de los modos diatónicos. Por otro lado, tendía a limitar las cadencias intermedias a la nota final del modo (tónica). La mayoría de sus misas se basan en motetes anteriores. Victoria se esforzó por conseguir en sus misas la sonoridad de las triadas completas, excepto al final del Kyrie, donde prefería el sonido puro de las consonancias perfectas.

Audición

Francisco Guerrero (1528-1599)

El estilo exuberante de las piezas de Francisco Guerrero anteriores al Concilio de Trento, con un rico contrapunto que puede llegar a reducir la inteligibilidad del texto, difiere del más austero de las obras postridentinas, en las que el texto se presenta de forma muy sencilla. No obstante, el abandono de la politextualidad no fue completo.

Guerrero supo adaptar su lenguaje polifónico a las exigencias litúrgicas y estéticas de su tiempo, combinando tradición contrapuntística con una mayor claridad textual propia del periodo contrarreformista.

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