César, Pompeyo y Craso: El Primer Triunvirato y el Fin de la República Romana

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I. La Formación del Primer Triunvirato (60 a. C.)

Ante esta situación, Pompeyo, que aún no había visto satisfechas sus peticiones, y Cayo Julio César, un joven popular de familia patricia no demasiado influyente y cargado de deudas que aspiraba al consulado, convencieron a Craso para unir sus fuerzas contra el gobierno dominado por los optimates, a fin de que cada uno pudiera alcanzar sus objetivos.

Así nace el Primer Triunvirato (60 a. C.), una alianza política privada, como muchas de las que se registraban en Roma ante las elecciones. En esta coalición, Pompeyo dirigía el poder político y Craso el económico. César, con una ambición desbordante y en clarísima inferioridad con respecto a los otros dos, conseguiría que el poder de sus aliados se inclinara finalmente a su favor.

II. El Consulado de César y la Expansión en la Galia

Gracias al apoyo de sus aliados, César se convierte en cónsul (59 a. C.) y, conforme al pacto, activa un programa que favorece a los triunviros:

  • Ratifica las decisiones orientales de Pompeyo y coloca a sus veteranos.
  • Lleva a cabo algunas medidas económicas para los publicanos (encargados de la recaudación de impuestos...), amigos de Craso.

Al año siguiente, César, a quien correspondía el gobierno de la Galia Cisalpina (Norte de Italia) y la Narbonense (Sur de la Galia), inicia la conquista de todos los pueblos galos, empresa que le ocuparía ocho años. Con estas conquistas incorpora al territorio de Roma toda Francia, Bélgica y Suiza. Y a título personal consigue:

  • Un ejército fiel, de extraordinaria profesionalidad.
  • Enormes riquezas.
  • Una gran popularidad.

III. La Ruptura de la Alianza y el Odio Senatorial

La oligarquía senatorial alimentó un violento odio hacia César desde su consulado del 59 a. C., cuando el triunviro impuso prácticamente por la fuerza la aprobación de sus iniciativas. El Senado buscaba convertirlo en reo de juicio una vez que expirase su mandato y volviera a su condición de ciudadano privado (mientras durase su cargo, gozaría de inmunidad).

3.1. El Acercamiento de Pompeyo a los Optimates

En el 57 a. C., Pompeyo se acerca a los optimates cuando consigue que su amigo Cicerón, exiliado por las maquinaciones del tribuno Clodio, regrese a Roma. En el 55 a. C., para compensar el poder militar de César, Pompeyo y Craso quisieron hacerse con el gobierno de Hispania y Siria, respectivamente.

3.2. La Muerte de Craso y el Fin del Pacto

Craso inició una guerra contra los partos, el otro gran imperio que limitaba al este con el de Roma, pero fue derrotado y murió en Carras (53 a. C.).

El año siguiente (52 a. C.), el asesinato de Clodio en uno de los enfrentamientos entre bandas armadas provocó tal desorden en la ciudad que el Senado, en un procedimiento sin precedentes, nombró a Pompeyo cónsul único.

IV. El Cruce del Rubicón y el Inicio de la Guerra Civil

A finales de los años cincuenta, todos los esfuerzos de Pompeyo y de algunos senadores más conservadores estaban concentrados en un único objetivo: que César abandonase su mandato o cargo, llevarlo a juicio por sus ilegalidades cometidas y ejecutarlo.

El mandato consular de César vencía el año 50 a. C. El Senado le instó a que depusiera su imperium, esto es, que licenciara su ejército y volviera a Roma si quería presentarse de nuevo a otro consulado, pues ya no le prorrogarían su cargo. Con el pretexto de defender su dignidad, el 10 de enero del 49 a. C. cruza el río Rubicón (Alea iacta est), frontera de su provincia con Italia, y marcha hacia Roma con sus legiones. Comienza así una nueva guerra civil.

V. La Victoria de César y la Consolidación del Poder

Al mando del ejército de la República estaba Pompeyo. La guerra se extendió por todo el Mediterráneo. Tantos años en el ejercicio del poder militar habían permitido a los triunviros crearse clientelas muy fuertes en las provincias y en los Estados aliados, que ahora combatían junto a sus respectivos patrones.

Tras la victoria decisiva en Farsalia (48 a. C.) y la muerte de Pompeyo en Egipto, César todavía tuvo que combatir contra los seguidores del rival que habían conseguido sobrevivir, y asegurarse la lealtad de las demás regiones del imperio. Para dominar Roma ya no era suficiente con dominar al Senado y contar con el apoyo de la plebe, sino que era imprescindible contar con las provincias.

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