La Búsqueda de la Certeza en Descartes: Egología, Duda Metódica y el Conflicto con Ockham
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La Constitución Egológica de la Filosofía Cartesiana
La filosofía de Descartes se constituye egológicamente como consecuencia de la dirección que este toma para encontrar la certeza. Descartes busca la certeza como reacción al clima de incertidumbre generado por la crisis intelectual y religiosa de su tiempo. Él padeció en persona esta incertidumbre, como confiesa en el Discurso del método.
La Falta de Evidencia de la Existencia del Mundo
A. Discrepancia entre Descartes y Ockham en relación con la certeza
Para Ockham, la certeza es una propiedad esencial de la intuición. La intuición es una aprehensión inmediata que consiste en percibir lo existente como existente. Según Ockham, la existencia es evidente, lo que significa que se conoce directamente con una percepción cierta. Esta percepción cierta que la existencia lleva consigo es la intuición.
Según Ockham, tanto la percepción sensible, con la que conocemos las cosas externas, como la percepción interna, con la que conocemos nuestros propios actos mentales, son intuitivas y nos dan, por tanto, un conocimiento cierto de sus objetos.
B. La Duda Cartesiana sobre la Percepción Sensible
Descartes niega que la percepción sensible posea certeza, porque para él, un conocimiento solo tiene certeza si es imposible dudar de él. Y de los datos que nos suministra la percepción sensible podemos dudar perfectamente.
Descartes justifica la posibilidad de dudar de los datos de los sentidos basándose en el hecho comprobado de que estos, a veces, nos inducen a error. Además, hay que tener en cuenta que los descubrimientos físicos y astronómicos que se están produciendo en su época alimentan la desconfianza de los sentidos, porque demuestran de modo fehaciente que estos nos engañan; por ejemplo, cuando nos hacen suponer que la Tierra es plana, o que la misma está quieta mientras que los otros planetas y el Sol se mueven a su alrededor.
Como la percepción sensible no posee certeza, si solo nos basamos en el testimonio de los sentidos, no podemos afirmar con seguridad que las cosas externas sean tal como las percibimos. Ni siquiera podemos afirmar con seguridad que estas cosas existan realmente, ya que el mundo entero, con todo lo que él contiene, podría ser solo el escenario de una especie de sueño, en el que estamos inmersos sin ser conscientes de ello.
No es que Descartes esté dudando personalmente de la existencia del mundo; él solo quiere mostrar que, si nos ponemos a buscar un motivo para dudar de ella, lo podemos encontrar (aunque tengamos que fingir una hipótesis que parece disparatada). Y si podemos encontrar un motivo para dudar de la existencia del mundo, entonces es que esta existencia, en contra de lo que Ockham pensaba, no es evidente.
La Evidencia de la Existencia del Yo
Pero la existencia del yo sí es evidente. Supongamos que uno de nosotros está percibiendo una habitación. Expresamos: “Yo percibo una habitación”.
- La palabra “percibo” designa el acto mental.
- “Yo”, el sujeto de este acto.
- “Una habitación”, el objeto del mismo.
Si Ockham considerara el hecho, diría que se trata de un caso de conocimiento intuitivo; y que, dentro de él, el acto mental, el sujeto y el objeto son realidades cuya existencia es evidente. Pero Descartes no estaría de acuerdo y diría que la existencia del objeto percibido –la habitación– no es evidente, y que la percepción del mismo no tiene certeza, pero sí tiene realidad. Es un acto que percibo internamente.
Puedo expresar este hecho con esta frase: “Yo percibo que percibo una habitación”. En este caso, los objetos mencionados son dos:
- La habitación, que percibo externamente por medio de los sentidos.
- Mi percepción de la habitación, que percibo internamente sin mediación de la sensibilidad.
Pues bien: la existencia del primero no es evidente, porque yo puedo dudar de ella; pero la existencia del segundo sí lo es, porque resulta indubitable. Incluso aunque no existiera la habitación, mi percepción de ella seguiría siendo real, y yo –que soy el sujeto de la misma– también.
Podré dudar de que exista la habitación; pero no puedo dudar de que la estoy percibiendo, ni tampoco de que yo existo, ya que, si yo no existiera, entonces ¿cómo iba a percibir la habitación?
Descartes niega la certeza de la percepción sensible, pero afirma, en cambio, la certeza de la percepción interna. La existencia del mundo no es evidente porque el mundo se percibe con la percepción sensible y no con la interna; pero la del yo sí es evidente, porque el yo se percibe, por el contrario, con la percepción interna y no con la sensible.