Zambujal calcolítico

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10.2. EL REGISTRO FUNERARIO.(1)

Desde el punto de vista del registro y de la cultura material, el mundo funerario calcolítico es especialmente conocido y llamativo, tanto por los bienes de acompañamiento que aparecen junto a los restos humanos como por el hecho de que éstos aparecen, la mayor parte de las veces, conformando colectividades. A estos dos rasgos hemos de sumar un tercer elemento relacionado con el contenedor, con el espacio que alberga restos humanos y ajuares: los enterramientos calcolíticos aparecen bien en cavidades, bien en estructuras megalíticas, y en mucha menor proporción amortizando antiguas estructuras domésticas excavadas en el suelo (los llamados silos y fondos de cabaña).

En este marco general más o menos común a todo el ámbito peninsular hemos de destacar que, a diferencia de lo que ocurrirá en la Edad del Bronce, no estamos ante comportamientos funerarios normalizados, es decir, no existen normas rígidas o estables que determinen la relación que ha de existir entre la calidad del difunto (hombre o mujer, niño o niña, guerrero o no, artesano o no, campesino o no, ganadero o no, jerarca o no, élite o no, etc) y el modo en que se entierra o el ajuar de que se acompaña, siendo este de mayor o menor calidad o incluso pudiéndose considerar un objeto de prestigio por su alto valor (debido a su rareza, la dificultad de su obtención o la inversión de trabajo que comporte).

Diferenciaremos contenedor o continente, por una parte, y contenido, de otra.

Desde el punto de vista del contenedor hablamos de enterramientos la mayoría de las veces fuera del área de habitación. Este es un rasgo muy destacable del Calcolítico y que, junto con el carácter habitualmente múltiple de los enterramientos, señala la importancia que para estas comunidades debíó tener la pertenencia al grupo, pues ambas estrategias refuerzan esa idea: el difunto se entierra junto a sus congéneres (carácter múltiple) y lo hace en un lugar marcado para tal fin fuera del poblado, que se convierte en referente físico de los antepasados y que establece una relación espacial con el poblado que permite construir un paisaje que marca la pertenencia al grupo y un cierto tipo de posesión de lo que rodea a ambos lugares. Se establece así un interesante binomio hábitat-
enterramiento en el que el hecho de ser múltiple el enterramiento y efectuarse fuera del poblado o área de habitación diluye en cierta medida los rasgos individuales del fallecido para primar la pertenencia a un colectivo al que en cierta medida se debe o que supone realmente la razón de ser de esa individualidad, que no es otra que la pertenencia a un grupo. En la Edad del Bronce será muy diferente.

Estos contenedores pueden ser cuevas (la mayoría naturales) o estructuras artificiales, la mayor parte de estas últimas de tipo megalítico. Respecto a las primeras, suele tratarse de pequeñas cuevas que disponen de una pequeña entrada seguida de una cámara en cuyo interior encontramos los restos humanos y bienes de acompañamiento, y en menos ocasiones estamos ante aprovechamientos de grandes cuevas y abrigos.

En unos pocos casos se documentan cuevas artificiales o semiartificiales, tratándose en este caso de una pequeña cámara de planta circular y cubierta hemisférica, precedida de un pequeño corredor de acceso.

Una tercera modalidad son las estructuras megalíticas, debiendo diferenciarse aquí entre megalitos y tholoi. Hablamos de tholoi cuando se trata de grandes sepulcros estructurados en dos espacios fundamentales, corredor de acceso y cámara funeraria, a la que pueden adosarse a veces espacios laterales, estando todo cubierto por un gran túmulo de piedras y tierra en cuyo centro queda la cámara. Se trata en este caso de piedras de gran tamaño que configuran paredes y techo del corredor y las paredes de la cámara, mientras que la cubierta de ésta se resuelve mediante una cúpula por aproximación de hiladas de piedras de menor tamaño, aunque a veces también puedan ser grandes. El corredor puede, además, presentar en algunos casos compartimentaciones.

Hablamos de megalitos cuando se trata de estructuras de piedra de menores dimensiones, que a veces mantienen el esquema de cámara precedida de un corredor de acceso pero con un tamaño más modesto que los tholoi y con cubiertas variables, a veces quizás de madera que actualmente ha desaparecido, a veces con losas de tamaños similares a las empleadas en las paredes. Dentro de estos megalitos se incluyen también aquellas estructuras que sólo tienen cámara central, en cuyo caso hablamos de ründgraber, empleando el término que acuñó el matrimonio Leisner en los años 40’ cuando confeccionaron el conocido corpus de Die Megalithgraber der Iberischen

Halbinsel (El megalitismo de la Iberia antigua, 1943), que recogía tanto hallazgos propios como todos los hechos por otros investigadores hasta la fecha (Siret, Bonsor, etc). En uno y otro caso la cámara se sitúa en el centro de un túmulo delimitado por un círculo de piedras, a veces con un círculo intermedio de piedras menores entre el externo y la cámara, cubríéndose todo con un túmulo de piedras y tierra.

Unas y otras estructuras megalíticas las podemos encontrar aisladas o formando agrupaciones, pudiendo estar éstas, a su vez, asociadas a un poblado (en sus proximidades, en condiciones de intervisibilidad con el área de habitación) o aparecer jalonando rutas de comunicación, habitualmente vías ganaderas. Esta distribución hace pensar que estos enterramientos podrían estar vinculados a personajes relacionados con la ganadería, esto es, con el movimiento de ganado y de los bienes que a buen seguro circularían al albor de ese movimiento.

Como norma general diremos que los megalitos son más antiguos que los tholoi; y que dentro de los megalitos, los rundgräber son más antiguos, a éstos le siguen en antigüedad aquellos de cámara ortogonal a la que se añade un corredor, y luego aquellas estructuras que cuentan además con espacios añadidos, tanto a la propia cámara como, en menor medida, al corredor. Los tholoi serían más tardíos, del Calcolítico Medio, mientras que los otros tipos se remontan al Calcolítico Antiguo y, en el caso de los rundgräber, incluso al Neolítico Final y Medio.

Una última modalidad de enterramiento es aquella que tiene como contenedor

estrcuturas negativas domésticas, es decir, excavadas en el suelo, particularmente antiguos fondos de cabaña o posibles silos. En estos casos se plantea la duda de si se trata de espacios funerarios en el interior de áreas de habitación, como parece indicar que se trate de estructuras domésticas amortizadas, o de enterramientos en lugares que antes eran de habitación pero que podrían haber perdido su uso como tal. En cualquier caso se trata de enterramientos que se suelen ubicar en fases avanzadas del Calcolítico, muchas del Calcolítico Final, normalmente conteniendo un solo individuo, a veces hasta 3 y excepcionalmente 5.


Si atendemos al contenido hay que destacar el carácter múltiple de los enterramientos calcolíticos, siendo habitual que contengan restos de unos cinco individuos, o sobre unos 23-28, algunos llegan a sumar 50 y, excepcionalmente, cifras más altas: 150 o muy excepcionalmente más (San Juan Ante Portam latinam, en Álava, 330; o Camino del Molino, en Caravaca de la Cruz, 1.300).

Los restos humanos pueden aparecer en varias posiciones: primera inhumación y flexionados, normalmente apoyados sobre su costado izquierdo y con las piernas disimétricas, una más recogida que la otra, y los brazos encogidos de forma que las manos quedan frente a la cara. Pero también encontramos segundas inhumaciones, esto es, individuos que no están en posición anatómica sino que aparecen representados por una selección de huesos, normalmente los largos y/o el cráneo, formando un paquete funerario. En otros casos aparecen los huesos removidos como consecuencia de continuas reutilizaciones del lugar para colocar restos de otros individuos. Por último, en algunos yacimientos del Sureste peninsular se documentan casos de cremación, también llamada incineración parcial, consistente en que los huesos aparecen parcialmente quemados, dando la sensación de que en estos casos el fuego ha afectado directamente a los huesos, es decir, ya en ausencia de tejidos blandos. En cualquiera de los casos, y con la destacada excepción de Camino del Molino, los restos humanos están representando a una parte muy pequeña de la población total, sin que sepamos qué ha sido del resto de individuos.

Los restos humanos se acompañan además de una serie de elementos que de forma genérica conocemos como ajuar funerario, constituido habitualmente y, en orden descendente, por láminas y puntas de flecha en sílex, cerámica, objetos de hueso (varillas planas, punzones), hachas y cinceles en piedra pulimentada, y miles de cuentas de collar en piedra, hueso y concha, además de algunos colgantes. Además de estos objetos, habituales en los contextos funerarios calcolíticos, a veces aparecen otros objetos minoritarios pero igualmente carácterísticos y propios del Calcolítico, caso de los diferentes elementos que constituyen el llamado “horizonte campaniforme” (vaso decorado; brazal de arquero; botones de perforación en V; y en metal punzón de sección cuadrada, punta Palmela y puñal de lengüeta), algunos vasos con decoración simbólica, ídolos Pastora o de otra tipología (ídolos-placa) o algunos vasos de piedra.

Además, en algunas ocasiones han llegado hasta nuestros días enterramientos con condiciones de conservación excepcionales que nos permiten documentar objetos que probablemente fuesen comunes a todos los enterramientos pero que habitualmente no ha resistido el inexorable paso de los años. Es el caso de Cueva Sagrada I de Lorca, donde en una cueva con restos de cinco individuos aparecíó un traje de lino doblado, un plato de madera, varios vástagos de flecha e incluso cientos de cuentas de collar (muchas de ellas en materia orgánica), además de diversas varillas de hueso con decoración pintada en rojo, algunas puntas de flecha y punzones de cobre. O de la Cueva de los

Murciélagos de Zuheros (Andalucía), donde aparecíó un importante conjunto de cestos trenzados en esparto y una sandalia del mismo material.

En el caso de los enterramientos megalíticos, sean o no tholoi, a veces se ha observado la existencia de restos que sólo podemos identificar como evidencias de rituales que no han tenido lugar en el preciso instante de producirse la inhumación sino que probablemente reflejan actos o ritos ceremoniales con carácter cíclico pero no temporalmente coincidentes con el o los momentos de inhumación.

Junto con estos objetos a veces encontramos también restos de animales, bien fragmentarios y representando probablemente ofrendas alimenticias, bien en forma de sacrificios, particularmente cánidos, en este caso en silos y fondos de cabaña amortizados.

La presencia de todos estos ajuares nos indica la existencia de tensiones sociales entre los diferentes individuos, pues necesariamente los bienes de acompañamientos no pueden repartirse de forma homogénea entre los componentes de un enterramiento o, lo que es lo mismo, posiblemente estos ajuares sirvieran para distinguir el rango o autoridad de los distintos inhumados pero, probablemente, lo que conviene destacar es que esa diferenciación queda en cierto modo diluida entre los individuos que comparten sepulcro precisamente por ese hecho, bien entendido que sí se expresa una diferencia clara entre aquellas personas que se entierran y las que no, una diferencia de carácter colectivo y no sólo individual.

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