Representantes del creacionismo

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LAS VANGUARDIAS DE ESPAÑA: ULTRAÍSMO Y CREACIONISMO

Durante los años veinte y treinta el arte español corríó parejo al europeo: los creadores vanguardistas extranjeros dieron conferencias en España, sus manifiestos y primeras creaciones circularon por nuestro país y algunos de los jóvenes poetas del 27 cultivaron fervorosamente las nuevas y audaces escuelas, si bien no todos los ismos fueron seguidos con el mismo entusiasmo. Aparte de la aportación de Ramón Gómez de la Serna con la greguería –expresión breve y aguda de la percepción incoherente y fragmentaria de la realidad-, el Vanguardismo español conocíó dos grandes momento, como ya se dijo, uno en torno al año veinte, otro en la década de 1926-1936; en el primero se difunden dos movimientos denominados ultraísmo y creacionismo, que eran una síntesis de los vanguardismos más consolidados, y en el segundo se difundíó el Surrealismo. Entre 1918 y 1923 se introdujo sistemáticamente en España el

arte vanguardista, conocido aquí en la versión ultraísta y creacionista.

EL ULTRANISMO: que perseguía traer la modernidad a España, lo
encarnaron Guillermo de Torre y Rafael Cansinos-Assens, quienes propugnaban un arte nuevo sin concretar suficientemente las líneas de actuación. Su primer manifestó es de 1918. Surgen con el anhelo de crear un arte nuevo que supla al novecentismo. Fueron ideas ultraístas la necesidad de suprimir la anécdota, lo sentimental y lo retórico o narrativo; la base primordial de la creación debe ser la metáfora original, originalidad que también proponen al ocuparse de los nuevos temas futuristas. Otros escritores pertenecientes al este movimiento son: Gerardo Diego, en su primera etapa; Jorge Luis Borges y Pedro Garfias.

En el creacionismo coinciden presupuestos de distintas vanguardias,  tales como el criterio de que el poeta –considerado como un demiurgo creador de nuevas modalidades- no debe copiar el mundo sino crear sus propias invenciones, rechazando, por tanto, la anécdota; conciben el poema como una sucesión de imágenes aisladas, por lo que aquel se atomiza en diversas unidades más o menos independientes y yuxtapuestas, distribuidas sin orden lógico sobre el papel, imitando a veces figuras geométricas como en los caligramas y jugando con la tipografía , una forma de conectar literatura y pintura. Se buscaba hacer el cuadro parlante o el poema pintado. En la práctica creacionista se dio supremacía a la invención de la imagen inusual, sorprendente y arbitraria y se introdujeron los temas futuristas de las máquinas y los vocablos científicos. Su creador fue el chileno Vicente Huidobro: cuando vino a España en 1918 se propónía hacer en la literatura lo mismo que los cubistas estaban haciendo en la pintura; Gerardo Diego siguió fielmente sus pasos y se convirtió en el español más audazmente creacionista. Posteriormente, aunque el afán de originalidad creacionista y ultraísta se moderó, quedaron ciertas huellas de esos movimientos en poetas como Pedro Salinas y Rafael Alberti, por ejemplo, al ocuparse de temas como el ascensor, los automóviles o el cine. Junto a la presencia del ultraísmo y el creacionismo, la vanguardia más importante dentro de la literatura española de la preguerra fue el Surrealismo. El Surrealismo español adoptó ciertas peculiaridades que lo separan de la ortodoxia del francés: el poeta español prescindíó del propósito de hacer coherente el material irracional con que construía el poema, adoptó la libertad imaginativa, sobre todo para crear imágenes ilógicas; pero faltó el principal rasgo de la escuela francesa, la escritura automática: los creadores españoles rechazaron un arte ilógico y ajeno al rigor intelectual; en sus poemas raramente se quiebra el hilo narrativo y racional. Participaron de este movimiento casi toda la generación del 27, sobre todo Guillén, Lorca, Alberti, Cernuda o Aleixandre. Junto a ellos podemos mencionar a Juan Larrea y José María Hinojosa.

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