Nihilismo y transmutación de valores

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Nietzsche con su filosofía pretende dinamitar las bases de la cultura occidental para substituír los valores tradicionales ontológicos, morales y gnoseológicos, contrarios a la naturaleza humana por unos nuevos valores que potencien la vida y los instintos vitales. Para ello hará una crítica demoledora de la metafísica, la religión y la ciencia occidentales y sus principales puntos de apoyo (el “mundo verdadero” de las ideas, Dios, la moral de los esclavos, los conceptos, las verdades absolutas…), proponiendo la evolución del hombre al superhombre, individuo capaz de un Nihilismo activo que cree con la inocencia de un niño una nueva escala de valores que sirvan para afirmar la vida y los instintos a través de su voluntad de poder creciente.

Nietzsche para transmutar los valores comienza a estudiar el origen de la moral, lo que significan en su origen lo bueno y lo malo.
En un primer estudio afirma que toda lengua considera bueno al nobre y aristocrático, y malo al plebeyo. Más tarde, la voluntad de esclavos y señores aparece en sentido moral cuando el que era bueno pasa a ser malo y el que era malo pasa a ser bueno. Es decir, ahora los buenos serían los plebeyos y los malvados serían los nobles. Esto se genera por el resentimiento, el odio, los celos de los sacerdotes que alentaron la rebelión de los esclavos. Esta transmutación fue realizada por los judíos y heredada por el cristianismo./Nietzsche termina el texto relacionando la ciencia con ambos nihilismos. En el campo gnoseológico, también realiza el filósofo alemán una crítica demoledora, arremetiendo contra todo dogmatismo científico que pretenda alcanzar verdades absolutas, pues él no las admite. En el área del conocimiento, Nietzsche consideraba la verdad por su valor pragmático, que significa que la voluntad de verdad no es más que la voluntad de poder, es verdad aquello que aumenta el poder en cuanto que sirve para afirmar y superar la vida. Como Nihilismo activo (“Como signo de fuerza y autodominio, como poder”), el conocimiento o ciencia que aumenta la voluntad de poder debe destruir los “mundos verdaderos” trascendentes basados en la razón (“debe prescindir de mundos ilusorios dispensadores de consuelo y salvación”), ficticios para Nietzsche, para imponer un modelo científico pragmático basado en interpretaciones de los hechos, en perspectivas, es decir, para imponer un perspectivismo gnoseológico. Como Nihilismo pasivo (“Como socavante, diseccionante, desilusionante, debilitante”), el conocimiento (la ciencia positiva de su época) cae en un reduccionismo que, olvidándose del dimamismo del devenir, pretende constreñir la realidad a sus aspectos cuantitativos matematizables, dejando de lado todos aquellos elementos cualitativos que son los que caracterizan y diferencian a las cosas en su devenir, convirtiendo su saber en algo absoluto, único y excluyente que no admite más perspectiva que la suya. En esto consiste la crítica de Nietzsche a la ciencia positiva, y, en general, a todo modelo científico que pretende valorizar y petrificar el componente estático de la realidad en detrimento de su valor dinámico y cambiante.

En conclusión, con su crítica a la cultura occidental (platonismo, cristianismo y Racionalismo; metafísica, religión, ciencia) Nietzsche desemboca en el Nihilismo (no existe el “mundo verdadero”; no existen principios morales válidos; nada se puede conocer). Pero lejos de resignarse a un Nihilismo pasivo (Nihilismo débil moral y metafísico del pesimismo, del historicismo, del afán por comprender todo y de la idea de que todo es vano), el filósofo alemán propone un Nihilismo activo (Nihilismo de los espíritus fuertes dispuestos a destruir el sistema de valores del Nihilismo pasivo tradicional, como la equidad, la humildad…, para instaurar auténticos valores superiores como la fuerza y espontaneidad del superhombre). Para Nietzche la cultura europea ha desarrollado un sistema de valores ontológicos (ser-devenir), morales (bueno-malo) y gnoseológicos (verdad-falsedad) que es necesario invertir para devolverle el vigor, la creatividad y la visión trágica de la vida de las épocas poderosas. Es la inversión de todos los valores, que implica, en primer lugar, volver a hacer del mundo sensible, en movimiento, de lo dionisíaco, del vitalismo el centro de nuestras vidas; en segundo, sustituir los valores cristianos de la moral de los esclavos por unos nuevos valores basados en la moral de los señores; en tercero, renunciar a las verdades absolutas en favor de un perspectivismo gnoseológico cuyo criterio de lo verdadadero sea todo aquello que tiene voluntad de poder, todo aquello que sirve para que la vida, el hombre y el mundo puedan afirmarse y superarse a sí mismos.

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