La narrativa española desde la posguerra hasta finales de los años 60

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La narrativa desde 1940 a los años 70


Después de la catástrofe humana y cultural del la Guerra Civil, se produce una ruptura entre la narrativa del exilio y la del interior, aunque ambas se alejan definitivamente de las fórmulas renovadoras de la preguerra (98, novecentistas y 27). En el exilio destacaron obras de gran calidad literaria, unas que toman como referencia única la Guerra Civil, así Réquiem por un campesino español (1953) de Ramón J. Sender; la trilogía La forja de un rebelde de Arturo Barea, entre autobiográfica e histórica con tintes de compromiso político; y la serie de seis novelas de Max Aub titulada El laberinto mágico (1943-1967); y otras novelas, como las de Francisco Ayala (ej. Tal Realismo de base se abre en tres direcciones que se suceden generacionalmente: la novela existencial (década 40-50), la social (50-60) y la experimental (60-70). Técnicamente, las novelas existenciales reducen el espacio (celda, pabellón, casa, taberna, café, una simple habitación) y el tiempo (unas horas, un día, unos pocos días) para sugerir climas de soledad y angustia. Otra novela existencial destacada es La sombra del ciprés es alargada (1947) de Miguel Delibes. La década de los años 50-60, dominada por el Realismo social arranca con La colmena, 1951, de C. Esta obra, que todavía presenta rasgos existencialistas, intenta registrar con crudeza y frialdad la miseria moral y económica de los ambientes populares del Madrid durante 1943 (plena posguerra)
, es decir, la mirada del escritor abandona la vivencia exclusivamente individual de un personaje para abarcar la de toda una ciudad transformada en personaje colectivo. Los novelistas sociales, que fueron niños durante la guerra y se hacen adultos en plena dictadura, se caracterizan por una conciencia ética y cívica solidaria que los aproxima a los problemas y sufrimientos de las clases humildes y por una concepción de la novela entendida como testimonio objetivo y crítico de la sociedad española. Temáticamente, casi todas las novelas sociales recogen los conflictos sociales y la injusticia que padecen las clases desfavorecidas (ejs: la miseria, el hambre y las enfermedades, la emigración, las atroces condiciones laborales, la represión de cualquier queja y protesta, etc), y los denuncian (más o menos explícitamente) mediante la adhesión a las clases humildes (Antonio Ferres, La piqueta, 1959; Armando López Salinas, La mina, de 1960; Ignacio Aldecoa, El fulgor y la sangre, 1954); o mediante el ataque a las clases altas (oligarquía y burguésía) y medias (Juan Goytisolo, Juegos de manos,1954; Juan García Hortelano, Nuevas amistades, 1959; Carmen Martín Gaite, Entre visillos,1957). Se enfatiza que el trabajo es estéril porque no sirve para salir de la postración y la miseria y porque nadie ve en él una tarea estimulante; y se subraya el aislamiento social (de cada clase social o grupo humano) para sugerir el enfrentamiento y división de los españoles, cuya causa última (nunca explícita en las novelas) es una guerra de la que surge un régimen político ilícito, despótico y clasista. Tres son las peculiaridades de los personajes de estas novelas: a) el protagonista individual es sustituido por un personaje colectivo (grupo o grupos humanos); b) se resta importancia al análisis psicológico individualizado de los personajes y se subrayan aquellas conductas, valores, pensamientos y emociones que representan al grupo o clase social al que se pertenece; c) los personajes (a pesar de la dureza del trabajo y la explotación) dan la impresión de que no actúan sino que “vegetan” y se limitan a “ir tirando”, derrotados e impotentes ante un ambiente que los condiciona implacablemente. Según el punto de vista narrativo y el grado de la denuncia social, la crítica suele hablar de Realismo objetivista, conductista y crítico (también denominado “socialista”). En el Realismo crítico (o “socialista”), el autor participa en la historia (mediante valoraciones, opiniones, digresiones, etc..) de forma que se robustecen tanto la denuncia de los conflictos sociales y las injusticias como la ideología sociopolítica (generalmente de izquierdas) del novelista. La década de los años 60-70 supone la superación del Realismo social y la eclosión de la novela experimental, llamada así porque busca nuevas técnicas y formas de expresión. A este cambio de tendencia contribuyeron la difusión de clásicos de la novela contemporánea europea y americana (Proust, Joyce, Kafka, Faulkner), el éxito mundial de la nueva narrativa hispanoamericana (Mario Vargas Llosa, García Márquez, Borges). De esta novela no llamó la atención el argumento (la radiografía de todos los estratos sociales del Madrid de finales de los 40 a través de una sórdida historia de amor) sino el tratamiento formal, la novedad de que una novela de intención social presentara diversas focalizaciones y registros lingüísticos dentro de un tono general de desenlace; 3) nuevas fórmulas para exteriorizar la conciencia de los personajes (el diálogo convencional se conjuga con el multiperspectivismo, el monólogo interior, la 2ª persona reflexiva y el estilo indirecto libre); 3) un nuevo tratamiento del tiempo narrativo, a través del flash-back, de la simultaneidad o del flash-forward; y 4) un tratamiento innovador del lenguaje, que tiende a romper la lógica sintáctica, a potenciar los recursos poéticos (metáforas, símiles, hipérboles, etc.), a jugar paródicamente con la coexistencia de diversos registros lingüísticos (culto y recargado unas veces; otras, lleno de coloquialismos y argot), e incluso, a conseguir chocantes efectos sonoros y tipográficos (formatos de letra diferentes según narrador, uníón de palabras que forman un frase, etc.)
Novelas experimentales destacadas son, desde finales de los 60 hasta los primeros 70: Señas de identidad, 1966, de Juan Goytisolo; Cinco horas con Mario, 1966, de Miguel Delibes; Volverás a Regíón, 1967, de Juan Benet; La saga/fuga de J.B., 1972, de Torrente Ballester; Si te dicen que caí, 1973, de Juan Marsé; y Ágata, ojo de gato, 1974, de Caballero Bonald. Para terminar, conviene subrayar el papel que jugaron tres autores considerados maestros indiscutibles durante la narrativa del franquismo: Cela, Delibes y, más joven que estos, Juan Goytisolo. Aunque su influencia en las nuevas generaciones de narradores se agotó hace más de 30 años, siguen manteniendo un enorme prestigio académico y crítico basado en la brillantez del estilo, entroncado –se dice- con los clásicos españoles y con usos arcaizantes del idioma.


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