Monarquía amadeo saboya

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La Monarquía democrática: Amadeo I (1871-1873)


Tras aprobarse la constitución en la que se establecía la monarquía como forma de gobierno, el general
Serrano fue nombrado Regente y Prim pasó a presidir un nuevo gobierno. Desechada la opción de los Borbones, se inició  la búsqueda de una candidato adecuado a la Corona entre las familias reales europeas. Finalmente las Cortes eligieron como nuevo rey a Amadeo de Saboya, hijo del Víctor Manuel II, rey de la recién unificada Italia, y perteneciente a una dinastía con fama de liberal. El mismo día de la llegada de Amadeo a España fue asesinado el general Prim. El general progresista era el principal apoyo del nuevo rey. Su ausencia debilitó grandemente la posición del nuevo monarca. Amadeo se encontró inmediatamente con un amplio frente de rechazo. Aquí estaban grupos variopintos y enfrentados: los carlistas, todavía activos en el País Vasco y Navarra; los "alfonsinos", partidarios de la vuelta de los Borbones en la figura de Alfonso, hijo de Isabel II; y, finalmente, los republicanos, grupo procedente del Partido Demócrata que reclamaba reformas más radicales en lo político, económico y social y se destacaba por un fuerte anticlericalismo. Mientras la alianza formada por unionistas, progresistas y demócratas, que había aprobado la constitución y llevado a Amadeo al trono, comenzó rápidamente a resquebrajarse. Los dos años que duró su reinado se caracterizaron por una enorme inestabilidad política, con disensiones cada vez más acusadas entre los partidos que habían apoyado la revolución. Impotente y harto ante la situación, Amadeo I abdicó a principios de 1873 y regresó a Italia.

La cuestión cubana

El mayor problema de la Monarquía Democrática fue el de Cuba. La alta burguesía española obtuvo sus grandes fortunas de Cuba; asimismo, los antiabolicionistas tuvieron un importante papel en el movimiento alfonsino, siendo el marqués de Manzanedo uno de los principales inspiradores del movimiento antiabolicionista.


Los problemas, en primer lugar, derivaban del hecho de que entre la sociedad cubana y la española las diferencias eran crecientes. Los productores de azúcar y tabaco concedían cada vez más importancia a Estados Unidos como mercado natural, mientras que se agudizaban las tensiones entre criollos y peninsulares. Había también una cuestión político–administrativa. El Capitán General, autoridad suprema en Cuba, tenía unos poderes que equivalían a los de un monarca absoluto. La distancia y la
inestabilidad política en la Península impedían que desde ésta se ejerciera el poder con decisión y coherencia. De hecho, el Capitán General en el momento, Francisco Lersundi, adoptó una política de dura represión que fue ya irreversible al poco tiempo. La sublevación aconteció muy poco después de la revolución, tras el llamado gritó de Yara (octubre, 1868). Su foco principal se sitúo en el oeste de la isla y tenía como principales líderes a Maceo y Gómez. La “guerra larga”, en realidad, no fue más que una interminable guerrilla que tardó diez años en ser erradicada. Una buena parte de los dirigentes republicanos y alguno de los intelectuales más conocidos formó parte de la sociedad abolicionista de la esclavitud, cuestión que estaba planteada en la política española en torno a 1872–1873.
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La guerra carlista

La desaparición de Isabel II creó nuevas esperanzas de que se volviera a la línea dinástica representada de Carlos María Isidro, cuyo candidato era el autodenominado Carlos VII. La práctica del sufragio universal permitió a los Carlistas triunfar en las elecciones de 1869 en todo el Pais Vasco y Navarra, mientras que la libertad de imprenta hizo posible la existencia de periódicos carlistas. Pronto los carlistas se dividieron en dos tendencias, unos querían la defensa de la actuación en la legalidad (Cándido Nocedal y sus neocatólicos) y otros querían la sublevación militar. En 1872 se produjo una sublevación general del carlismo pero don Carlos fue derrotado en
seguida y durante algunos meses el carlismo quedó reducido a tan sólo unas cuantas partidas. A final de año se produjo una nueva sublevación, inicialmente de poca envergadura, pero que se fue extendiendo sobre todo a partir de la proclamación de la República. En 1873 don Carlos volvió a España y tomó Estella.

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