Libertad soberanía del pueblo e igualdad de Rousseau

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La voluntad general puede ser definida como la voluntad que surge de la uníón de todos los individuos estableciendo leyes que han de ser aplicadas por igual a todos. Es decir, las leyes deben considerar a los súbditos y a las acciones de un modo abstracto, y no estar dirigidas, por lo tanto, a ningún individuo ni acción en particular. De ese modo, al apoyar cada contratante unas leyes que sabe que van a regir sobre sí mismo igual que sobre cualquier otro, los intereses partícula­res se desvanecen y se instaura el bien común.

La voluntad general no debe ser confundida:

  • con la voluntad de la mayoría, porque la mayoría podría decidir aplicar leyes que afectasen a unos individuos concretos. En ese momento ya no sería una voluntad general sino la voluntad particular (por muy mayoritaria que fuese) de un grupo defendiendo sus intereses frente a otro (con lo cual este otro también estaría legitimado para desobedecer en cuanto pudiese hacerlo).
  • con la unanimidad, pues si fuese necesario esperar a que todos estuviesen de acuerdo en las mismas leyes para empezar a legislar tal cosa sería imposible.
  • con la voluntad de todos, que es la suma de las voluntades de los individuos movidos cada uno por su interés, con lo que no se establecería el bien común, sino una yuxtaposición de intereses particulares.

El contrato social produce lo que Rousseau llama un «cuerpo moral y co­lectivo», o también «persona pública», «república» o «cuerpo político». Mediante el contrato social los individuos acuerdan acatar la vo­luntad general, instaurando con ello la república o cuerpo políti­co.
Este recibe distintos nombres según su modo de actuar.

  • Cuando legisla, esto es, cuando crea leyes, se le llama sobe­rano.
    Dado que las leyes son creadas por la voluntad general, la soberanía residirá en la voluntad general. El soberano es, pues, el pueblo. A sus miembros (es decir, a los contratantes en tanto son participantes de la soberanía, en tanto legislan en uníón con todos los demás), se les llama ciudadanos.
  • Cuando es pasivo, y se limita a ser un sistema de leyes ya instaurado, se le llama Estado.
    A sus miembros (es decir, a los contratantes en tanto son miembros del Estado), se les llama súbditos, pues están sometidos a sus leyes.

La soberanía es inalienable e indivisible. Si el pueblo dejase en ma­nos de unos representantes la capacidad de decidir por él, en ese momento perdería su libertad. En consecuencia, el pacto que dio origen al cuerpo po­lítico habría sido roto, los particulares estarían legitimados para defender sus propios intereses al margen de la voluntad general, y la comunidad se habría disuelto. Por eso la soberanía es inalienable.

Además, dado que la voluntad general es una (de lo contrario no estaría­mos ante la voluntad general, sino ante voluntades particulares, aun cuando representasen a una mayoría de individuos), la soberanía es indivisible. Por esta razón, Rousseau, frente a Locke y a Montesquieu, rechaza la división de poderes. El poder legislativo y el poder ejecutivo no pueden ser indepen­dientes. El poder legislativo es el único poder soberano. El poder ejecutivo, que reside en el gobierno, debe limitarse a administrar lo establecido por el legislativo; esto es, a hacer cumplir la ley.

La voluntad general hace las leyes pero no puede ejecutarlas, ya que ejecutarlas consiste en una serie de disposiciones que afectan a individuos o acciones concretas,  mientras que las leyes son, operan por igual sobre todo el cuerpo po­lítico. Es necesaria, pues, una institución que encarne el poder ejecutivo: el gobierno.
Al gobierno le compete una función meramente administrativa, al servicio del soberano. Y así como no es tarea del poder legislativo gobernar, tampoco es tarea del ejecutivo crear leyes, sino acatarlas y hacerlas cumplir.

Rousseau da el nombre de príncipe al cuerpo entero del gobierno, y el de magistrados a los miembros individuales de ese cuerpo.

Rousseau diferencia entre tres tipos posibles de gobierno:

1)

Democracia:

cuando los magistrados designados por el soberano son todos los ciudadanos o la mayoría.

2)

Aristocracia:

cuando los magistrados son menos que el número de los ciudadanos comunes. La aristocracia puede ser:

  • Natural: cuando los magistrados lo son en función de alguna cualidad natural (edad, experiencia).
  • Electiva: cuando los magistrados son elegidos por los integrantes del cuerpo político. Esta forma de aristocracia le parece a Rousseau la me­jor, la que constituye la auténtica aristocracia.
  • Hereditaria: cuando los miembros del gobierno lo son por sucesión familiar.

3)

Monarquía:

cuando el soberano concentra todo el poder en manos de un solo ciudadano magistrado, del que reciben su poder los demás.

Rousseau sostiene que «en general, el gobierno democrático conviene a los pequeños Estados, el aristocrático a los medianos y la monarquía a los grandes». Si bien encuentra muchos obstáculos para que el gobierno demo­crático y el monárquico funcionen bien, por lo que parece decantarse por una aristocracia electiva.

Rousseau cree que los seres humanos pierden algunas ventajas con el cambio del estado natural al estado civil, pero las que ganan son mayores. Los seres humanos perderían su libertad natural, su igualdad natural y la posesión de aquello que apetecen y pueden alcanzar. A cambio ganan libertad civil, libertad moral, igualdad moral o civil y derecho a la propiedad.

La libertad natural es la libertad que posee el individuo en el estado de naturaleza, "que no tiene más límites que las fuerzas del individuo». La li­bertad civil es la libertad que posee el individuo como miembro del estado civil, república o cuerpo político. Libertad que "está limitada por la voluntad general». La libertad moral aparece con la constitución del estado civil. A partir de entonces el individuo tiene que abandonar sus impulsos naturales para someter su acción a los principios o leyes que emanan de la voluntad general. Leyes que él se ha dado a sí mismo. Con lo cual el individuo se vuelve dueño de sí mismo. No está ya sometido a sus impulsos naturales, a los puros deseos. Del acatamiento voluntario de dichas leyes nace además el sentido del deber, fundamento de toda moral. De ese modo, los seres hu­manos se vuelven seres morales.

La igualdad natural consiste en que nadie tiene más rango ni poder económico que nadie, dado que en el estado natural no hay sociedad or­ganizada ni propiedad privada, origen de la desigualdad moral o política. La igualdad moral o civil consiste en que todos estén sometidos por igual a las leyes que emanan de la voluntad general, y en que todos sean parte por igual de la voluntad general. En el estado civil la desigualdad natural o físi­ca entre los hombres carece de valor, por lo que, en cierto sentido, es más igualitaria que la igualdad natural.

En el estado de naturaleza el trabajo y cultivo de un terreno o producto lo convierte en posesión de quien lo trabaja en virtud de lo que Rousseau llama "derecho del primer ocupante». Pero tal derecho solo se convierte en verdadero derecho en la sociedad civil, tras la instauración del derecho a la propiedad, que convierte la simple posesión en propiedad garantizada por una ley positiva (esto es, convencional, emanada de la voluntad general).

La reivindicación de la primacía de la esfera sentimental del hombre constituye un eje fundamental en la concepción del hombre de Rousseau. Los moralistas ilustrados -como Helvétius- eran conscientes del importante papel de los sentimientos en la conducta del individuo. Sin embargo, pensaban que el sentimiento más fuerte era el egoísmo que, de suyo, llevaría a los hombres a continuas guerras entre sí. La razón tenía como misión ilustrar al individuo egoísta y hacerlo apto para vivir en sociedad. En Rousseau encontramos una concepción social con un esquema opuesto: No le sirve la sociedad del egoísmo ilustrado. Acepta, como punto de partida, lo que ya enseñaba Mandeville, que la dinámica económica capitalista no es compatible con el altruismo; y rechaza la idea de que una sociedad construida sobre el egoísmo competitivo (el amor propio) sea una sociedad auténtica. Sin embargo, es posible construir una auténtica sociedad porque existen en nosotros poderosos sentimientos altruistas, cuya expresión más elemental es la piedad. Frente al optimismo de los ilustrados burgueses, Rousseau afirma que la razón opera precisamente como factor estimulante del egoísmo y, consiguientemente, como fuente de conflicto social.

Si los sentimientos del hombre pudieran ser correctamente reformados y desarrollados mediante una educación adecuada y viviera en una situación social que no estuviese basada en relaciones de egoísmo, entonces podría salir al exterior y ser operativa la bondad natural encerrada en el hombre. Respecto a la reforma educativa, Rousseau expuso sus ideas en Emilio. En lo que se refiere a la reforma social, la tarea crítica es realizada en sus dos Discursos, mientras que la labor constructiva es desarrollada en El contrato social.

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