Guerra larga Cuba y filipinas

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A finales del Siglo XIX, España experimentó una profunda crisis que tuvo como detonante las guerras de independencia colonial en Cuba, Filipinas y Puerto Rico.

El origen de los conflictos estuvo en la mala política colonial de los partidos dinásticos, que bloquearon las reformas administrativas y económicas dirigidas a conceder cierta autonomía a Cuba, así como en los intereses expansionistas de Estados Unidos. La pérdida de los últimos restos del Imperio generó graves repercusiones que transcendieron el ámbito militar y económico.

Cuba era la principal productora mundial de azúcar, café, tabaco y productos tropicales. España monopolizaba este mercado colonial mediante aranceles, los que perjudicaban los intereses isleños. Esta situación favorecíó el nacimiento de un sentimiento autonomista entre  los hacendados cubanos, que vieron en la autonomía política la única vía para la mejora económica.

Estados Unidos había aumentado sus intereses en la isla, puesto que era el principal receptor de las exportaciones azucareras y había invertido capital en la modernización del proceso de obtención del azúcar.

La política regresiva de las autoridades españolas contra las reivindicaciones autonomistas favorecíó el estallido de varias insurrecciones: la guerra de los Diez Años y la guerra Chiquita.

Sin embargo, en 1895 es cuando se inició la definitiva guerra de la Independencia. Este conflicto estuvo liderado por José Martí, quien organizó guerrillas que causaban graves daños al ejército español, el cual sufríó más bajas por las epidemias y por el clima que por la propia guerra.

Ni los intentos de pacificación llevados a cabo por el militar Martínez ni la crudeza de los métodos de su sucesor, encaminados a reprimir a los revolucionarios aun a costa de poner en peligro la riqueza cubana, solucionaron el conflicto. El nuevo gobierno de Sagasta envió al general Ramón Blanco, que decretó la autonomía y una amnistía política, medidas que llegaron tarde, pues Estados Unidos ya había decidido intervenir.

Estalló otra sublevación en Filipinas, archipiélago que desaprovechaba sus recursos naturales y en el que los peninsulares mostraban una actitud de intransigencia hacia los movimientos independentistas

La intervención militar de Estados Unidos en Cuba debe entenderse en el marco de su política expansionista y de sus intereses económicos, que estaban en peligro con la guerra.

El Gobierno estadounidense presiónó al español para que se solucionara con rapidez el conflicto e incluso propuso la compra de Cuba. Esto fracasó.

El pretexto de EEUU para declarar la guerra a España fue la voladura del acorazado estadounidense Maine. En respuesta, el Gobierno de EEUU planteó un ultimátum a España.

La superioridad de las fuerzas estadounidenses originó dos desastres navales para España: por una parte, el de Cavite aniquiló la flota del Pacífico; poco después, el de Santiago de Cuba supuso la destrucción de la escuadra del Atlántico y fue seguido por el desembarco norteamericano en Puerto Rico.

El conflicto concluyó en 1898 con el Tratado de París, por el que Puerto Rico, Filipinas y la isla Guam, fueron cedidos a EEUU. Cuba aunque formalmente independiente, quedó bajo control norteamericano.

La pérdida del Imperio español se completó con la venta a Alemania del resto de  las Marianas, el archipiélago de las Carolinas y las Palaos, lo que confirmó el proceso de redistribución colonial que se estaba llevando acabo a favor de las grandes potencias.

Las consecuencias del conflicto son las pérdidas económicas que alteraron las finanzas, la Hacienda pública y los precios, cuyo encarecimiento afectó a los sectores más humildes de la sociedad. Estos soportaron también las pérdidas humanas del conflicto, ya que las clases acomodadas se libraban del servicio militar mediante un pago metálico.

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