Filosofía de los partidos políticos

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Génesis de la representación política


Sólo con la aparición de las asambleas estamentales en la baja Edad Media se introduce un principio representativo trascendente.
Son asambleas consultivas transformadas por obra del relanzamiento de la vida urbana y de las nuevas categorías sociales que en ella surgen con el auge del comercio y la manufactura, propiciando la incorporación de los delegados ciudadanos a la curia real.
Estas asambleas no podrían ser depositarias o copartícipes de la soberanía -reservada en exclusiva al príncipe--, pero en ellas se hallaban representados los estamentos o sectores privilegiados, para la salvaguarda de sus respectivos intereses, en concepto de compensación otorgada por el monarca a quienes contribuían al sostenimiento de su poder político. El representante no representaba sino a la ciudad o cuerpo estamental que lo designaba y su representación no tenía mayor alcance territorial ni social que ése. Como tal, se encontraba vinculado estrechamente a las instrucciones recibidas, sin que pudiera desconocerlas o modificarlªs; esto es, se trataba de un mandato imperativo y fácilmente revocable.
Pero aquellas asambleas fueron adquiriendo una importante capacidad de condicionar o autorizar la percepción de impuestos, con lo que entrañaba de limitación política para el monarca, y la premura con que éste necesitaría muchas veces que actuaran en esta materia contribuyó también a erosionar el principio del mandato imperativo. Por otro lado, en algunos aspectos de su funcionamiento -como en la recepción del juramento del heredero y del sucesor al trono- tendían a ser contempladas como la personificación del Reino en su conjunto, sobre todo allí donde se advertía la fortaleza del «estado llano)). Por todo ello, la representación estamental contendría un cierto germen, todavía lejano, de representación política en sentido moderno. De ahí que, en muchos casos, la futura implantación del régimen liberal quisiera justificarse como la vuelta a la tradición de la representación medieval, en contraposición a la monarquía absoluta. Y en efecto, con la consolidación del Estado absolutista, las asambleas y dietas son vaciadas de contenido, excepción hecha de Inglaterra.

La compatibilización teórica del principio representativo y del poder absoluto, en su versión más moderna e inteligente, la de Thomas Hobbes, se entiende que es consecuencia de un pacto por el cual los hombres acuerdan abdicar de sus derechos y se transforman en una persona artificial o Leviatán, que se halla representada de modo permanente, ilimitado e irresponsable en el titular del poder· monárquico.


La construcción de la moderna representación política

Las profundas transformaciones sociales y económicas que conocen algunos países del Occidente durante los siglos XVII y XVIII, abocan a la sustitución de la estructura estamental por la sociedad de clases y al auge de la burguésía. Paralelamente, se alumbra un marco teórico destinado a fundamentar la implantación de un sistema de dominación política propiamente burgués, y es de este modo como el principio representativo se convierte en uno de los principales pilares de la ideología liberal y de la construcción del Estado liberal.
El principio de representación política debe su fundamentación teórica y su articulación institucional a dos fuentes esenciales:
1. La aportación inglesa, resultado de un prudente e ininterrumpido desarrollo histórico, a partir del esquema bajo-medieval, y guiado por un particular pragmatismo político, aunque no exento de influencia doctrinal.
2. La aportación revolucionaria francesa, más típicamente doctrinal y desvinculada de toda experiencia de instituciones representativas, cercenadas por el absolutismo. En cualquier caso, el modelo de representación política moderna, -surgido con el Estado liberal, pero cuyo alcance llega hasta la actualidad- se perfila y consolida por contraste con las carácterísticas de la representación estamental, proceso en el que se consuman tres mutaciones:
- De la representación territorial y particular a la nacional y general.  - De la representación vinculada a la representación libre, y   - De la representación de intereses estamentales a la representación política propiamente dicha.


a) La representación nacional y general
Partiendo de la teoría de la soberanía nacional, y afirmada la unidad e indivisibilidad de la misma, se concluye en que la nacíón -entendida como unidad trascendente distinta de los individuos, grupos 305 o sectores que la integran- no puede ejercer su soberanía sino por medio de representantes: la voluntad nacional se identifica con la de los representantes, que lo serán de la nacíón en su conjunto y no de quienes hayan participado en su elección. Esta construcción se verá consumada en el proceso revolucionario francés: la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 26 de Agosto de 1789, la Ley de 22 de Diciembre de 1789 y la Constitución de 1791, que se proclama a sí misma como representativa y establece con toda intención que «los representantes nombrados en (no por) los departamentos no serán representantes de uno en particular, sino de la nacíón entera».
La filosofía individualista serviría de base para la negación política de toda entidad intermedia entre el ciudadano y el Estado. El particularismo estamental y local quedaba así radicalmente invalidado como objeto específico de representación.
b) La representación libre (el mandato representativo) La moderna idea de representación excluye toda posibilidad de mandato imperativo; es una representación libre, entendiendo por tal aquella no condicionada ni lastrada por compromisos o limitaciones de los representados. Ello implica la autonomía del representante, quien no está sujeto a la obligación de rendir cuentas por su actuación. La construcción de este modelo de representación recibíó tres aportaciones teóricas principalmente: La teoría inglesa de la «confianza», la francesa del mandato representativo y la alemana del órgano (Torres del Moral).
En efecto, la teoría política inglesa, guiada por un sabio sentido pragmático, sería consciente de los problemas del mandato imperativo, inoperante y hasta perjudicial ante las exigencias de negociación política. Ya en 1653, el «Agreement of the People» daba por supuesto que los representantes contaban con la confianza suprema (1690, se hizo eco de la misma idea al interpretar que en el pacto social originario se instituye un poder legislativo al que se «confía» la protección de los derechos individuales. En 1774, Burke argumentaría que el representante tiene libertad absoluta y no puede quedar ligado por promesas obligatorias, puesto que representa intereses generales y sólo está ligado a los representados, no por un mandato, sino por una relación de confianza.
La doctrina francesa del mandato representativo, que se inserta y deriva directamente de la teoría de la soberanía nacional, cristaliza en vísperas de la Revolución y aflora de modo tajante por boca del 306 abate Sieyes, quien reivindica la necesaria independencia de los representantes y su facultad de expresar la voluntad nacional (una línea que tanto Montesquieu como Condorcet sólo se habían atrevido a apuntar).
La influyente teoría del órgano, elaborada muy posteriormente por los cultivadores alemanes de la Teoría General del Estado, argumentaría por su parte que el representante es el órgano del representado, del pueblo, que a su vez es órgano del Estado en su función de elegir (Jellinek). El representado no transfiere el poder al representante, sino que sólo lo selecciona, y éste recibe su poder de la Constitución; y si el pueblo no transfiere el poder, mal podrá dar instrucciones para su ejercicio (Orlando).

La representación política propiamente dicha: la representación parlamentaria
En efecto, el desarrollo del principio de representación política propiamente dicha es paralelo al del parlamento (parlamento electo, cámara de las ideas), o mejor dicho al del sistema parlamentario. El protagonismo parlamentario se haría notar muy especialmente en el modelo inglés, en el que es el parlamento, y no la nacíón o el pueblo, quien se arrogaría la soberanía perdida por el monarca absoluto.


Y es en la concepción inglesa de la soberanía parlamentaria donde tiene su origen el gobierno representativo. Por su parte, los revolucionarios franceses terminan por dejar una herencia parecida, al sustituir en cierto modo la figura del rey por la del parlamento, cuya voluntad (la ley) se identifica con la voluntad general.
Quiere decirse con ello que si la primitiva representación estamental perseguía salvaguardar intereses y obtener los favores del poder, aparte de cumplir una cierta función consultiva, la moderna representación política pretenderá asumir una cuota de ese poder, condicionando y limitando el ejercicio del mismo. Por eso, el parlamento sentirá la vocación de ser poder, poder representativo, pero no sólo para hacer las leyes expresando la voluntad general -es decir,' como poder legislativo-, sino para, desde su condición de máxima institución representativa, participar en la formación y destitución del gobierno, o lo que ello supone, en la dirección política del Estado.
En definitiva, la construcción del modelo representativo fue posible gracias a que la sociedad moderna, bajo el influjo de corrientes liberales o liberal-democráticas, aceptaba que la representación política constituía para ella un elemento imprescindible, aceptación debida a diversas razones sociales, políticas e ideológicas que pueden resumirse del siguiente modo (H. Finer, Loewenstein, De Bias):
1. La defensa del valor de la deliberación, ya subrayada por Montesquieu, imposible cuando resulta obligada la consulta a un gran número de ciudadanos.
2. La unánime creencia liberal en que el tiempo y la instrucción necesaria para el debate político eran bienes limitados a una minoría.
3. La creencia en el valor de un procedimiento ordenado, a modo de garantía frente a la demagogia.
4. La búsqueda de la efectividad como resultado de la división del trabajo.
5. El interés de los propios representantes, deseosos de así mantener sus funciones.

De la doctrina roussoniana a la democracia directa


El pensamiento de Rousseau introduce un concepto básico de la moderna teoría de la representación: el de la voluntad general, esencial y funcionalmente unitaria y sólo encarnable en el pueblo soberano entendido éste como totalidad de ciudadanos que detentan, cada uno de ellos, una fracción inalienable de la soberanía. Esta será la formulación esencial de la llamada teoría de la soberanía popular o de la soberanía fraccionada. Como la voluntad general no es, en principio, susceptible de ser representada, el ejercicio legítimo de la función legislativa ha de ser directo y sin mediatizaciones. Pero, al ser esto inviable en comunidades políticas que rebasan cierto tamaño, queda justificada una delegación de soberanía sin alienar, a través de la elección (eso sí, por todos los ciudadanos, es decir por sufragio universal), no de auténticos representantes, sino de comisionados que, como tales, están sujetos a mandato imperativo y revocable.
La influencia roussoniana se dejó sentir en la Constitución jacobina de 1793, aunque de forma limitada, pues su proclamación de que las leyes debían ser votadas por el pueblo quedó reducida prácticamente a la concesión de un derecho de veto a las asambleas populares y a cierta iniciativa en materia de revisión constitucional. La Comuna de París, en 1870, retomará aquella línea. Y también entroncará con el pensamiento de Rousseau la doctrina leninista y la incorporación a los sistemas de corte soviético del mandato imperativo y la revocabilidad de los representantes.
Pero, en realidad, el esquema roussoniano conducía, en su formulación más pura, a un sistema político en el que la asamblea de ciudadanos (el pueblo en asamblea, el soberano) asumiera directamente el gobierno. Es la denominada democracia directa; una forma de ejercicio de la soberanía difícil de encontrar, salvo quizás en algunos cantones suizos en los que las asambleas populares (
Más viable será la aplicación de las denominadas técnicas de democracia semidirecta, que no conducirán a la configuración de ninguna forma específica -aunque se hable muchas veces de democracia semi-directa- sino a complementar o a perfeccionar la democracia liberal-representativa (ésa es al menos la pretensión), a través de determinados instrumentos de participación popular, y, en particular, de dos de ellos:
- El referéndum, mediante el cual se somete a consulta o decisión del cuerpo electoral una cuestión de particular interés para la vida pública.
- La iniciativa legislativa popular, por la cual un cierto número de ciudadanos puede dar lugar a la apertura del proceso de elaboración (o, en su caso, de derogación) de las leyes.

Elección


Las sociedades que se organizan políticamente de acuerdo con principios heredados de la ideología liberal tienden a articular su sistema institucional sobre la base del principio electivo: la celebración de procesos electorales periódicos, mediante los cuales los ciudadanos designan a los titulares de determinadas instancias fundamentales de autoridad, es decir, a quienes en representación suya participarán en el ejercicio del poder político en esa comunidad. Por ello, el principio electivo es el que proporciona sentido eficaz a la democracia representativa


Funciones de las elecciones

a) Producir representación Sobre el supuesto teórico de que el Estado ejerce su soberanía por delegación de la «Nacíón» o del «Pueblo», y descartada la posibilidad real de funcionamiento de una democracia directa, se impone la necesidad de articular la ficción de esa delegación por medio de la elección de un cuerpo de representantes capaz de proceder en nombre y al servicio del soberano originario.
Las elecciones políticas surgen así, en el Estado liberal, abocadas a producir representación y encuentran su genuina expresión, por tanto, en la elección de asambleas parlamentarias -destinadas a definir y expresar la voluntad general-, sin perjuicio de que todo órgano político electivo ostente una particular función representativa. Ahora bien, el tipo de representación que surja de una elección dependerá del sistema político-institucional que se tenga como marco de referencia. De modo esquemático, puede afirmarse que, desde una concepción liberal-democrática, se descarta el modelo de representación de intereses corporativos (orgánica), optándose por la representación de los ciudadanos individualmente considerados, con independencia de su condición social, económica o profesional (representación inorgánica), buscando que los órganos electivos reflejen en síntesis las aspiraciones, intereses, opiniones y modos de pensar, siempre plurales, del conjunto al que han de representar.

A partir de la anterior premisa, se comprende que los partidos políticos hayan adquirido una importancia cada vez mayor en la realidad de la democracia representativa, configurados como instrumentos
básicos de la participación política y de mediación en la formación y expresión de la voluntad ciudadana, estando llamados, por ello, a protagonizar en especial los procesos de competencia electoral.
b) Producir gobierno  En muchas ocasiones, los procesos electorales también van dirigidos claramente a decidir, de forma directa e indirecta, quiénes se harán cargo del gobierno o dirección política de la comunidad. Permiten, pues, una vía pacífica y ordenada en el relevo del poder. Esta función de producir gobierno alcanza su máxima expresión en aquellas elecciones cuyo resultado determina o condiciona fuertemente la orientación política del Ejecutivo del Estado, pero la cumplen asimismo numerosas elecciones celebradas en ámbitos más reducidos (municipales, autonómicas... ).
c) Producir legitimación
En los Estados democráticos, las elecciones pretenden cumplir siempre una función de legitimación racional del poder político: a través del rito solemne de las elecciones periódicas el poder se reviste de autoridad. Se trata de una importante función ideológica que cabe ser contemplada, desdoblándose en un triple plano, como función «integradora, igualitaria y comunicativa».
En efecto, las elecciones constituyen un momento clave del proceso de socialización política. No sólo contribuyen a la agregación de las preferencias políticas, sino también a la integración de la comunidad en su conjunto alrededor de unas mismas reglas del juego. Con las elecciones se intensifica la comunicación entre gobernantes -o quienes aspiran a serlo- y gobernados (siquiera sea porque los unos desean captar votos y los otros decidir quiénes deben votar), y aumenta el grado de información que el ciudadano posee de losasuntos públicos, esto es, se eleva el grado de cultura política. Por otra parte, las elecciones representan el momento propicio para que salgan a la luz toda clase de propuestas y aspiraciones, planteadas por los individuos o grupos más diversos, al amparo de un tratamiento igualitario (allí donde se reconoce el principio de igualdad de los ciudadanos ante la ley). Todos ellos son aspectos que conducen a potenciar la legitimación del sistema de poder.



Precisamente porque se ha llegado a una indudable mitificación de las elecciones, no deja de existir una cierta tendencia a considerar que éstas constituyen un fin en sí mismo . Y aquí es donde se encuentra la razón de que con frecuencia los sistemas autoritarios pretendan obtener una legitimación aparente en la organización de procesos electorales desvirtuados (no libres, no competitivos).

Sufragio universal


La lucha por la democracia ha ido unida en gran parte a la luchapor la universalización del sufragio, principio éste que en su plenosentido exige que todos los ciudadanos sean electores V elegibles,sin que puedan producirse exclusiones significativas -por discriminatorias- de determinados sectores o grupos, por razón de raza, religión,riqueza, profesión, nivel intelectual o -en su concepción moderna-por razón de sexo.
El Estado liberal-burgués se articuló en una primera etapa sobrela base del sufragio restringido, particularmente acentuado en lo referenteal sufragio pasivo. Francia fue el primer país donde se proclamó constitucionalmente el sufragio universal, en 1793, pero no seimplantaría, y por poco tiempo, hasta 1848. Las revoluciones democráticas de ese mismo año representaron, por sus consecuencias políticas más que por sí mismas, un primer jalón importante en la generalización del sufragio universal (masculino); el segundo lo serían los profundos cambios operados en los sistemas políticos tras la Primera Guerra Mundial. En España, se introdujo el sufragio universal muy tempranamente, de la mano de la Constitución de Cádiz (elecciones de 1813, 1820, 1821 Y 1836); se implantaría de nuevo en los
períodos 1868-1875, 1890-1923, 1931-1936 V a partir de 1977. De modo asimismo muy temprano, se introducía en España el sufragio femenino, en 1931.
b) Sufragio igual
El principio del sufragio igual requiere la igualdad cuantitativa de los votos que pueden emitir los electores, esto es, la asignación a cada elector del mismo número de votos. Desde una perspectiva democrática,
resulta complemento necesario del sufragio universal, idea traducida en el conocido lema de «un hombre, un voto». La historia electoral ofrece numerosos ejemplos de sufragio desigual o voto plural, como suele denominarse, bajo diversas modalidades que pueden resumirse en tres:
a) La concesión a los electores de un número variable de votos en función de reunir varios de los requisitos especiales previsto a tal efecto (la ley belga de 1903) o de reunir un determinado requisito en grado extraordinario (la ley inglesa de 1834 prevéía que los propietarios de tierras tuvieran entre 1 y 7 votos).
b) La posiblidad de que un elector vote en varios distritos electorales por tener reconocida legalmente su vinculación a los mismos (fue el caso inglés hasta 1948).
c) La posibilidad de que un elector emita uno o más votos adicionales en colegios especiales integrados por electores que reúnen una determinada condición profesional o social (caso de los colegios de titulados universitarios en Inglaterra hasta 1948 y de los colegios especiales previstos en la Ley Electoral española de 1890).
Si bien el voto plural ha ido normalmente unido al sufragio restringido, no significa que no pueda ser co.Mpatible con el reconocimiento del sufragio universal, como demuestran los casos anteriormente citados de Bélgica y España.
d) Sufragio secreto
El voto secreto es aquel que no se emite de modo abierto o público (caso del voto por aclamación y del emitido al dictado, a mano alzada u oralmente). Con objeto de proteger al maxlmo la libre opción escogida por el votante se han ido perfeccionando una amplia serie de instrumentos de garantía efectiva, tales como los modelos oficiales de papeletas y de sobres que contengan las mismas, las cabinas de voto, las urnas selladas, etc.

e)

Sufragio libre


La aplicación efectiva del principio de libertad a una realidad concreta es siempre muy difícil de comprobar y esto mismo ocurre también al intentar dilucidar si unas elecciones son o no «libres»; pero es una cuestión que no puede eludirse habida cuenta del notable valor legitimador de los procesos electorales. En todo caso, seamos conscientes de que la calificación, en uno u otro sentido, se realizará desde una determinada perspectiva ideológica y doctrinal: en nuestro caso, siguiendo un enfoque más o menos clásico, desde supuestos liberal-democráticos.
El carácter de elección libre exige que se conjuguen cuatro planos distintos:
1. La existencia de un marco de garantías jurídicas para el ejercicio de los derechos y libertades públicas (de reuníón, asociación, pensamiento, expresión, etc.), que afectan al conjunto del proceso electoral.
2. La libertad del elector, concretada en:
a) El reconocimiento no discriminatorio de su capacidad electoral.
b) La posibilidad de determinar la orientación del voto y de emitirlo efectivamente sin presión exterior.
c) La seguridad de que su voto no será manipulado de modo fraudulento.
3. La participación plural y la competitividad:  en el proceso electoral, lo que significa que unas elecciones libres comportan la existencia de una pluralidad de candidaturas suficientemente definidas y diferenciadas (opciones políticas distintas), compitiendo en condiciones no discriminatorias para ninguna de ellas.
4. La periodicidad en la celebración de las elecciones, siendo éstas un fenómeno regular (no excepcional) en la vida política de un pueblo.
Quiere decirse que el sufragio libre se entiende, pues, como sufragio protegido jurídicamente, no controlado, competitivo y periódico. Bien es verdad que cabe acudir a una perspectiva muy distinta:
¿Existe en realidad algún proceso electoral desarrollado en condiciones de libertad? A esta pregunta se contestará negativamente desde posiciones doctrinales muy diversas, pero cuyo denominador común será la crítica de la democracia liberal-representativa. Se distinguirá en ello la doctrina marxista y Antonio Gramsci, uno de sus más significados representantes, llegará a hablar de los «golpes de mano electorales» de la burguésía para asegurar su supremacía política.
También los clásicos de la teoría de las élites señalarán, con Gaetano Mosca, que las elecciones suelen cumplir la función de ratificar en el poder a quienes ya lo detentan. Joseph Schumpeter dirá que todo proceso electoral lleva inherente una dimensión manipuladora; y el funcionalista Anthony Downs advertirá que los partidos plantean las elecciones buscando en esencia la obtención del máximo beneficio.
Al margen de estas u otras muchas críticas que puedan citarse, lo cierto es que la realidad de las legislaciones y prácticas electorales enseña que no es difícil encontrar casos en que algún elemento ponga en duda la vigencia de un sufragio plenamente libre. No puede por menos de ser así, movíéndonos como lo hacemos en un terreno en el que el concepto de libertad, lejos de plantearse en términos ideales, está destinado a ser contrastado con el ejercicio del poder político.

Sistema electoral


El conjunto de elementos de la normativa electoral que, con eficacia directa, conducen o inciden en la traducción de las preferencias electorales (votos emitidos) en cuotas de poder institucionalizado (escaños o cargos electivos). La propia utilización del concepto de sistema indica ya que se trata de elementos interdependientes y, por tanto, que la transformación de uno de ellos puede llevar a cambios sustanciales en las funciones y efectos del conjunto.
El concepto de sistema electoral no es equivalente, pues, al de Derecho electoral, en contra de lo que con frecuencia se sugiere, sino que comprende sólo una parte del mismo, que resulta ser la de
mayor contenido político.

Elementos configuradores del sistema electoral

No existe un acuerdo total entre los especialistas al determinar cuál"es son los elementos fundamentales del sistema electoral.  Todo sistema electoral descansa sobre un elemento de base: la caracterización del sufragio. El modo en que se transforman los votos emitidos en representación política (escaños) varía mucho según que el voto sea universal o restringido, directo o indirecto, igual o plural, y de cómo se entienda la exigencia de libertad en la elección; se trata de carácterísticas con eficacia más o menos directa en ese proceso de transformación y, por tanto, contribuyen sustancialmente
a configurar el sistema electoral.
Señalando lo anterior, y sobre la base de un sufragio universal, igual, directo y libre, suele convenirse que los sistemas electorales vienen configurados por los siguientes elementos:
1. El número total de representantes que se eligen.
2. Las circunscripciones electorales o división electoral.
3. La forma de las candidaturas.
4. La forma de expresión del voto.
5. Las barreras electorales.
6. La fórmula electoral.
1. El número de representantes que hayan de elegirse (escaños en juego) significará un margen más amplio o más estrecho para la efectiva representación proporcional: cuanto más alto sea ese número, mayores posibilidades habrá para la proporcionalidad del sistema.
2. Se entiende por circunscripción o distrito electoral aquel ámbito -generalmente de carácter territorial- en el que se agrupa una parte del cuerpo electoral para que en él o a partir de él se proceda a la conversión de votos en escaños.

3. En esencia, hay dos formas de candidaturas: candidatura personal y candidatura de lista (o relación de candidatos conforme a una orden de prelación para la asignación de los escaños que le correspondan). Esta última tiende a asociarse a sistemas electorales de decisión proporcional, si bien son relativamente frecuentes los sistemas mayoritarios de lista (las elecciones presidenciales norteamericanas, por ejemplo).
Dentro de las candidaturas de lista se diferencian principalmente tres modalidades:
- La lista cerrada y bloqueada.- No permite al votante alterar el orden en que se presentan los candidatos y los escaños que corresponden a la lista se asignan por ese orden (España, Alemania Federal).
La lista cerrada y no bloqueada.- Al votar por ella, el elector puede alterar -de modo limitado o ilimitado- el orden en que aparecen los candidatos, señalando su preferencia o tachando nombres (Italia, Bélgica).
- Listas abiertas.- Aquellas que el elector puede reelaborar por completo a efectos de voto, no sólo alterando el orden de colocación de los candidatos, sino también combinando candidatos de diferentes listas.
Todos los sistemas de lista refuerzan el papel de los partidos políticos en la presentación de candidaturas y en el proceso electoral en su conjunto, pero de modo muy especial los de lista cerrada y bloqueada.

4. Las formas de expresión del voto o procedimientos técnicos de voto se vinculan en gran medida a las formas de candidatura. Las más importantes giran alrededor de los conceptos de voto único y voto múltiple.
El «voto único» significa que el .Elector emite un solo voto con independencia del número de escaños que se eligen en la circunscripción. Puede ser un voto a candidatura personal o de lista. Una modalidad particularmente interesante es la del «voto ordinal» o «alternativo », mediante el cual el elector señala un orden de preferencia entre candidatos con objeto de que si el primero de ellos no puede aprovecharse de dicho voto, lo haga el segundo, y así sucesivamente (Australia).
El elector puede también emitir varios votos, en número igual al de escaños que se eligen en la circunscripción (


El voto de lista cuando ésta es cerrada y no bloqueada abre la posibilidad del «voto preferencial» a favor de uno, varios o todos los candidatos de la misma, lo que alterará el orden inicial de colocación de los candidatos de la lista. A su vez, el sistema de listas abiertas conduce a la posibilidad del «voto combinado» o «panachage», que permite además que el elector combine candidatos de varias listas (Suiza y Luxemburgo conjugan una modalidad de voto acumulativo y «panachage»). Ahora bien, advirtamos que estas posibilidades ofrecidas al elector de modificar las listas, en la práctica suelen ser aprovechadas muy poco.
5. Por barreras legales se entiende los resultados electorales mínimos que una candidatura ha de superar para tener acceso a la atribución de escaños. La legislación electoral las establece para impedir la representación parlamentaria de pequeños partidos. Suelen concretarse en la necesidad de alcanzar un cierto porcentaje de votos sobre el total de los válidamente emitidos (el 3 por 100 en las elecciones españolas al Congreso).

Especial referencia a las fórmulas electorales


Se entiende por fórmula electoral el procedimiento matemático que se aplica para la conversión de votos en escaños, esto es, para el reparto de los mismos entre las distintas candidaturas. La fórmula electoral (o modo de escrutinio) sustancia particularmente la modalidad del sistema de decisión mayoritaria o proporcional.
A) Fórmulas mayoritarias
- Fórmula de mayoría simple
o relativa.- Es la fórmula mayoritaria por excelencia: ganan los candidatos que obtienen mayor número de votos, con independencia de cualquier otra circunstancia.
Puede aplicarse en circunscripciones uninominales (típico del sistema inglés) o plurinominales (caso de Turquía).
- Fórmulas de mayoría absoluta.- Intentan corregir las distorsiones provocadas por las fórmulas de mayoría relativa, a través de la exigencia de la mayoría absoluta de votos emitidos (la mitad más uno). Entre ellas se distinguen:
Fórmula mayoritaria a dos vueltas.- La elección se decide, en principio, por mayoría absoluta, pero si ningún candidato la alcanza, se celebra una segunda votación (segunda vuelta) en la que basta la mayoría simple. Normalmente, se restringe la participación de candidatos en la segunda vuelta a quienes en la primera hubieran obtenido el voto de cierto porcentaje de electores (clásico caso francés) o a los dos candidatos con mayor número de votos (Alemania antes de 1914).

Noción de partido político

Los partidos políticos son los principales actores políticos en las sociedades contemporáneas.

1. «Una organización duradera, cuya esperanza de vida política sea superior a la de sus dirigentes» (distingue al partido de las clientelas).
2. «Que posea una organización local aparentemente duradera, que mantenga relaciones regulares y variadas con el nivel nacional» (rasgo que sirve para diferenciar el partido del grupo parlamentario).
3. «La voluntad deliberada de sus dirigentes nacionales y locales de tomar y ejercer el poder, solos o con otros, y no sólo de influir sobre el poder» (permite distinguir entre partido y grupo de presión).
4. «El deseo de buscar un apoyo popular a través de las elecciones o de cualquier otro medio» (para no calificar como partidos a los clubs de opinión).

5. «Que canaliza determinados intereses sectoriales.»
6. «Que la organización está dotada de un programa de gobierno de la sociedad en su conjunto»


Funciones de los partidos políticos

Se han enumerado multitud de funciones que cumplen los partidos en el sistema político, hasta llegar a hablar del «omnifuncionalismo» de los partidos en países no desarrollados (Apter). Mencionaremos
las funciones clásicas, ligadas a las elecciones:
Función programática,por la que contribuyen a crear y mantener la conciencia y el debate políticos, asegurando la información de la opinión pública. Los pa'rtidos presentan opciones y las elecciones pasan de ser elección entre personas a ser entre esas opciones. Epstein la llama también «función de estructuración del voto»
Función de reclutamiento político. La mayor parte de los candidatos que se presentan a los electores son seleccionados por los partidos, que contribuyen así a reclutar a la élite política.
Función de agrupación de los elegidos. La cumplen los partidos mediante la organización de los grupos parlamentarios (encuadramiento horizontal) y asegurando el contacto entre elegidos y electores (encuadramiento vertical).

El profesor R. García Cotarelo, partiendo de que los partidos son vínculos entre la sociedad y el Estado, clasifica las funciones de los partidos considerando que cumplen funciones en la vertiente social y en la institucional.

Funciones sociales


La socialización política. Los partidos son uno de los principales instrumentos de socialización política
a) Movilización de la opinión pública. Los partidos canalizan en gran medida la opinión pública y aseguran la formulación de los movimientos de opinión. Son canales de comunicación política.
b) Representación de intereses. Hoy día los partidos «acaparadores)) son «verdaderos mosaicos de representación de intereses)) de los más diferentes grupos sociales, aunque siempre dominan los de algunos.
c) Legitimación del sistema político. Todos los partidos la cumplen, unos de modo manifiesto y otros de manera latente. Lavau indica que hasta los partidos «anti-sistema)) integran en el sistema que rechazan a los elementos que representan, dándoles un portavoz, un defensor. Es la función llamada «tribunicia)) (de tribuno de la plebe).
Funciones institucionales: Reclutamiento y selección de élites, una de las tres clásicas ya señalada.
e) Organización y composición del parlamento. Mediar:"te la funpartidos son ·elementos esenciales para la representación electoral. La Constitución española de 1978 señala en el arto 6 que los partidos «son instrumento fundamental para la participación política)), que se realiza por medio de elecciones periódicas (art. _23).
e) Orgaojzación y composición del parlamento. Mediante la función anterior, los partidos influyen en la composición y funcionamiento de los órganos legislativos. Cumplen lo que AImond llama la «función de elaboración de normas)).
f) Composición y funcio·namiento del gobierno. En tanto que el ejecutivo deriva del legislativo, en las demo,cracias parlamentarias, o porque el partido único juega papel preponderante en los regíMenes totalitarios.

Los sistemas de partidos políticos

En un sistema político llamamos subsistema de partidos al conjunto formado por los siguientes elementos: el número de partidos existentes, sus tamaños, sus relaciones, alianzas, su ubicación ideológica.
Hay una estrecha vinculación entre el subsistema de partidos y el funcionamiento del sistema político global. Cabe distinguir, con RAE, entre «sistema de partidos parlamentario» y «s.Istema de partidos electoral». El primero, al que nos referiremos fundamental'mente, tiene en cuenta los partidos que han obtenido escaños parlamentarios, mientras que el electoral abarca a todas las formaciones partidistas que consiguen votos en las elecciones.
Las tipologías del sistema de partidos utilizan diversos criterios de clasificación. El primero es el número de partidos, que divide los sistemas en sistemas de partido único, sistemas bipartidistas y sistemas multipartidistas, tal como hacen Duverger y Epstein. El criterio de la competitividad es del que parten La Palombara y Weiner para distinguir entre sistemas competitivos y sistemas no competitivos, en los que a su vez pueden existir situaciones de hegemonía o de alternancia.
Sartori trata de superar ~stas tipologías y propone otra que contempla la posibilidad de evolución de un tipo a otro en el tiempo. Se trata de un continuum en el que se pueden señalar siete intervalos: sistemas de partido único (la URSS), de partido hegemónico (México), de partido predominante (la India), bipartidismo (Reino Unido), pluralismo moderado (Bélgica, Holanda) pluralismo polarizado (Italia) y atomización (Malasia).
Schwartzenberg fusiona las dos primeras tipologías, ofreciendo una escala de regresión de la competitividad.
Sistemas competitivos: Sistemas multipartidistas, integrales o atemperados. Sistemas bipartidistas, imperfectos y perfectos. Sistemas de partido dominante y ultradominante. Sistemas no competitivos: Sistemas de partido único. En la mayoría de los países occidentales, salvo en los anglosajones, existe el multipartidismo en sus dos vertientes: el integral y el atemperado, que se diferencian por el grado de integración del sistema partidista y por la posibilidad o no de formar coaliciones. Hay una amplia serie de factores que favorecen la aparición de partidos, de los que destacaremos:

1. Los factores sociales: una gran estratificación social produce multipartidismo, y éste es más necesario cuanto mayor sea la conciencia de clase (Macpherson). A la bipolaridad conservadores-
liberales se añade, con la llegada de la clase obrera al derecho de voto, la de capitalistas-socialistas, bipolaridad que puede sustituir a la anterior, o superponerse a ella, produciendo cuatro familias de partidos.
2. Los factores ideológicos, que multiplican el número de partidos, por ejemplo las diferencias religiosas en los Países Bajos producen tres familias de partidos.
3. Los factores históricos, que explican las divisiones dinásticas de los monárquicos españoles en el XIX, así como la aparición de partidos agrarios en los países escandinavos, o de los nacionalistas en toda Europa.
4. Los factores institucionales, como el tipo de Estado, unitario o federal, el sistema electoral existente, influyen sobre el sistema de partidos.
S. Rokkan ofrece una atractiva explicación de la construcción del Estado en los países europeos, a través del enfrentamiento a cuatro cleavages, de cuya solución depende la aparición de determinados tipos de partidos. Los cuatro cleavages que subsisten son: entre el centro y la periferia, que puede dar lugar a la existencia de partidos nacionales o regionales, nacionalistas, etc.; el cleavage entre la Iglesia y el Estado, que produce la división entre partidos laicos y confesionales; el que enfrenta a los intereses urbanos e industriales con los agrarios, de donde surgen los partidos agrarios, y por último el cleavage que opone al capital y el trabajo, que genera los partidos obreros y los que representan intereses de los patronos.
Los sistemas bipartidistas existen en los países anglosajones, aunque hay diferencias entre ellos, por ejemplo la disciplina de voto, que se da en Gran Bretaña y no en los EEUU. Se puede distinguir ~entre el bipartidismo perfecto y el imperfecto, según exista o no la posibilidad real de alternancia en el ejercicio del poder.
En los sistemas de partido dominante cabe diferenciar entre el subtipo de partido dominante, sin mayoría absoluta, y el ultra-dominante, que sí la consigue, pero existen otros partidos menores, hecho que establece la frontera entre este sistema y los de partido único, en los que están prohibidos los demás. Los sistemas de partido único tienen distintos significados, según se trate de sistemas políticos comunistas, fascistas o de países en vías de desarrollo.

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