Fatalidad literatura

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Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927 - México, 2014) fue novelista, guionista y periodista. En 1982 recibíó el Premio Nobel de Literatura.
Su estilo se enmarca dentro del “Realismo mágico” y su obra más conocida, “Cien años de soledad”, es considerada una de las más representativas de este género literario. Desde 1967, fecha de publicación de la citada obra, su fama es universal, y supuso su consagración como uno de los grandes autores del llamado “boom” de la narrativa sudamericana.
La obra que nos ocupa, “Crónica de una muerte anunciada”, fue publicada en 1981. A continuación, vamos a exponer el tema “La fatalidad vista como resultado de las torpezas humanas”.
Daniel Samper, que es el crítico que más ha estudiado el tema de la fatalidad en nuestra obra, propone una aguda pero fundamental interpretación de la misma.
El título de la obra contiene los elementos básicos de la fatalidad: hay una muerte (un final ineludible), esa muerte ha sido anunciada, y hay un relato testimonial que se limita a contar los hechos pero que no puede intervenir en ellos. En cierta medida, casi todas las ficciones de García Márquez son crónicas de sucesos determinados de antemano. Así, “Cien años de soledad” arranca con la escena de un sentenciado a muerte que se enfrenta al pelotón de fusilamiento: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.
No tiene pues, nada de extraño, que “Crónica de una muerte anunciada” empiece fatalmente de manera similar: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”. Santiago Nasar está condenado a muerte, y esto no tiene remedio, pues es un elemento estructural sin el cual la obra no sería lo que es. (Lo mismo ocurre con los Buendía en “Cien años de soledad”, que están condenados a la soledad y esto no tiene arreglo).
En nuestra obra, el destino, el “fátum”, domina la historia hasta hacer de ella una verdadera tragedia fatal. Pero, a diferencia de la tragedia clásica, aquí no son los dioses los que por los hombres deciden su destino, sino que éste es labrado por las persistentes torpezas humanas que confluyen todas en un mismo resultado trágico.
Las formas concretas de torpezas humanas son bastante variadas. Las veremos a continuación.
En primer lugar, la obra encierra una contradicción fundamental: que todo el pueblo sepa que van a matar a Santiago Nasar menos él, que no se entera hasta el final y que, desde luego, no entiende nada: “No entiendo un carajo”. Esta contradicción se presenta como una realidad de la trama, y no como una inconsecuencia del escritor. Por ello, resulta convincente y contribuye a la creación de una atmósfera trágica.
La segunda gran contradicción es que, en una sociedad cerrada y puritana donde todos se enteran de todo, Ángela Vicario pudiera haber perdido la virginidad sin que nadie se enterase: “Nadie hubiera pensado, ni lo dijo nadie, que Ángela Vicario no fuera virgen”.
A estas dos contradicciones se suman ciertas ambigüedades. En primer lugar, la obra está organizada en la ambigüedad esencial acerca de quién cometíó el crimen del que es víctima Ángela Vicario. La sensación que se le queda al lector es que Santiago Nasar era inocente. Sin embargo, cuando Ángela se encuentra en la situación propicia para revelar la verdad al narrador, muchos años después, ratifica con convicción: “Ya no le des más vueltas, primo (...) Fue él”.
Junto a esta ambigüedad básica aparecen otras muchas que colaboran en la creación de un ambiente fatal. Se refieren, por ejemplo, a las distintas versiones que se dan acerca del clima que hacía el día de autos, a si la cocinera y su hija sabían o no que se iba a matar a Santiago Nasar, a si estaban o no borrachos los hermanos Vicario...
Estas contradicciones y ambigüedades hacen que las acciones se les escapen a los personajes fatalmente de las manos. El narrador no comenta nada acerca de este punto, pero sí que lo hace acerca de las numerosas casualidades: “Nos sorprendían los gallos del amanecer tratando de ordenar las numerosas casualidades encadenadas que habían hecho posible el absurdo”.
Hay muchas casualidades, pero sólo mencionaremos unas cuantas. Santiago, que casi nunca salía de casa por la puerta del frente, ese día lo hizo; Plácida Linero, su madre, que tenía fama de adivinadora, ese día no acertó; Cristóbal Bedoya, el único que podía avisarle, no supo encontrarlo; la carta deslizada por debajo de la puerta avisándole del peligro no fue descubierta hasta mucho después del crimen... Todas estas casualidades son el resultado de las torpezas humanas que causarán la tragedia fatal.
Finalmente, los habitantes del pueblo son especialmente torpes a la hora de interpretar los hechos que los rodean. Se equivocan tanto que posibilitan la tragedia. Así, los carniceros no atajaron a los hermanos Vicario porque pensaban que sólo decían cosas de borrachos; Plácida Linero cerró la puerta de su casa cuando vio a los Vicario, sentenciando a su hijo a muerte, que no tuvo escapatoria; Cristo Bedoya no pudo avisar a Santiago porque pensaba que estaba desayunando en casa de los García...
En conclusión, podríamos decir que los personajes de nuestra obra son esclavos indefensos del “fátum”, que llega a realizarse a través de las torpezas humanas y que conduce, inexorablemente, al mal.


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