Las Fases Finales de la Primera Guerra Mundial: 1915-1918

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La Guerra de Posiciones: 1915

Ante la imposibilidad alemana de romper las líneas enemigas, la guerra adoptó nuevas formas de lucha en el Frente Occidental. Es la Guerra de Posiciones, en la que los ejércitos defendían posiciones fijas, aunque las ofensivas fracasaron en su intento de avance decisivo. El elemento por excelencia de esta fase fue la trinchera, un frente pequeño que permitía organizar un sistema defensivo casi infranqueable. Los combatientes tuvieron que malvivir en esas franjas durante años. Este sistema demostró ser muy eficaz y el frente se mantuvo prácticamente estable durante cuatro años. La nueva forma de guerra requirió nuevas armas: las granadas, los lanzallamas, los gases asfixiantes, la aviación y los tanques.

Ante la estabilidad del Frente Occidental, los Imperios Centrales decidieron atacar por sorpresa en el Frente Oriental. En 1915, las ofensivas hicieron retroceder 500 km a los rusos. Los franceses, por su parte, atacaron en Artois, pero no consiguieron romper el frente a pesar de sufrir muchas pérdidas.

En 1915, entraron en la contienda nuevos países: Italia (con los Aliados) y Bulgaria (con los Imperios Centrales). Como consecuencia, se abrieron nuevos campos de batalla. Italia, atraída al bando Aliado por las promesas de concesiones territoriales a costa de Austria-Hungría, abrió un frente en el sur austriaco. El balance de la campaña de 1915 fue favorable a los Imperios Centrales.

La Guerra de Desgaste: 1916

En 1916, la nueva estrategia empleada fue la Guerra de Desgaste. Se trataba de conseguir el agotamiento total del ejército Aliado para forzarle a pedir la paz. La primera de estas actuaciones fue la Batalla de Verdún, iniciada por los alemanes con el objetivo de desangrar al ejército francés, y que duró cuatro meses. Los Aliados lanzaron otro ataque, la Batalla del Somme, en la que no lograron romper las líneas alemanas y, después de tres meses de pérdidas, se detuvo.

El bloqueo naval de Alemania forzó su intento de atacar a la flota británica, lo que resultó en la Batalla de Jutlandia. Los alemanes se retiraron ante la evidente superioridad británica. El balance de la campaña de 1916 fue más equilibrado, pero el futuro de los Imperios Centrales era incierto. Alemania tuvo que recurrir a una movilización general para afrontar la continuación del conflicto.

El Año Decisivo: 1917

La retirada de Rusia y la intervención de Estados Unidos en la guerra rompieron el equilibrio entre los dos bloques. La Revolución Rusa afectó a la continuidad de su participación en la guerra. El ejército, debilitado por las deserciones masivas, dejó de ser una fuerza combatiente.

Estados Unidos había optado por mantenerse al margen del conflicto europeo, pero se convirtió en el principal proveedor de los Aliados. Alemania había iniciado una guerra submarina con ataques a los barcos neutrales que comerciaban con el Reino Unido. El hundimiento del mercante Lusitania decidió la entrada de EE. UU. en la guerra.

En la primavera de 1917, los motines estallaron en el ejército y la moral de los civiles mostró signos de cansancio. El desabastecimiento, el encarecimiento de los productos y el endurecimiento de las condiciones de vida debilitaron el apoyo a la guerra.

El Fin del Conflicto: 1918

Una de las primeras decisiones del gobierno bolchevique ruso, presidido por Lenin, fue la firma de un armisticio (en febrero de 1918), que se convirtió en el Tratado de Brest-Litovsk. La salida de Rusia de la guerra permitió al alto mando alemán, dirigido por Ludendorff, concentrar sus tropas en el Frente Francés con la esperanza de iniciar una ofensiva decisiva para ocupar París, pero sus tropas fracasaron.

El contraataque Aliado, dirigido por Foch y reforzado por la presencia de dos millones de soldados estadounidenses, obligó a una retirada general. Alemania fue perdiendo apoyos: Bulgaria firmó el armisticio el 18 de septiembre; el 30 de octubre, los turcos abandonaron la lucha. Austria-Hungría, debilitada por las presiones de las nacionalidades aspirantes a la independencia, también colapsó.

Los motines que estallaron en Alemania obligaron al emperador a abdicar el 9 de noviembre. Ese mismo día se proclamó la República de Weimar y se firmó el armisticio, poniendo fin a la Gran Guerra.

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