Ética descriptiva

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8. Ética PÚBLICA Y Ética PRIVADA 
Hasta la Edad Moderna no existe una verdadera separación entre la ética pública y la ética privada, e incluso a partir de entonces todavía han existido y siguen existiendo numerosos casos de confusión entre ambas, de imposición de una sobre la otra. Veamos las diferencias entre ambos tipos de ética (o de moral, aquí ambos términos se usan indistintamente). 
La ética privada es un camino individual para alcanzar la autonomía o la independencia moral, un proyecto de salvación o de realización plena de la condición humana desde una determinada Concepción del bien, de la virtud o de la felicidad.  No puede ser extravagante ni marginal, sino un proyecto que pueda ofrecerse a todos con carácter general (universalidad).  Sus titulares o sus destinatarios son las personas individuales que buscan alcanzar este fin último, su destino personal a través de un cauce que necesita su aceptación (autonomía), pues no se puede imponer.  Es difícil que las personas se construyan sus propias dimensiones de ética privada, aunque es necesaria su aceptación. Lo común es que se acepte o se asuma un cuerpo de doctrina moral propuesto por una Iglesia o confesión religiosa, o por una escuela filosófica. Se puede hablar así de una ética privada religiosa o de una ética privada laica.  
Por su parte, la ética pública es el conjunto de objetivos o de fines que se considera debe realizar el poder político a través del Derecho y que tradicionalmente se ha conocido como Justicia. Si la ética privada atiende al bien privado y moral de los ciudadanos, la ética pública se refiere al bien común, entendido como la serie de bienes que los estados deben proporcionar a sus miembros para facilitar su subsistencia, su bienestar o el desarrollo de su condición como seres humanos. La ética pública conforma el orden justo, los criterios de organización de la vida social, el conjunto de valores, principios y derechos, los fines a alcanzar por el Derecho para que las personas puedan vivir dignamente en la sociedad y puedan realizar libremente todas las facetas de su personalidad (capacidad de elegir, de razonar y de   1 
construir conceptos generales, de comunicarse y de dialogar y de decidir libremente sobre sus planes de vida, sobre su ética privada). Esto es, la ética pública no establece comportamientos ni exige conductas dirigidas a la salvación, al bien, a la virtud o a la felicidad; su finalidad es que todos y cada uno de los ciudadanos, en la más amplia medida posible, a través del favorecimiento y la promoción de nuestra condición de seres autónomos y libres, por medio del reconocimiento y la garantía de los derechos fundamentales, estén en condiciones de desarrollar plenamente los rasgos de su dignidad y muy especialmente de escoger libremente su ética privada y vivir conforme a ella.  Por su parte, los destinatarios y a la vez impulsores de la evolución de la ética pública son las autoridades, los poderes políticos, los operadores jurídicos, legisladores, jueces y funcionarios, y también cada persona como ciudadano.  
Las patologías que afectan a la distinción entre ética pública y ética privada son confusiones e identificaciones que no reconocen la separación, que configuran sociedades diferentes de la democrática y pueden ser de dos tipos, según la confusión suponga una imposición de la ética pública sobre la privada o de la privada sobre la pública.  El primer supuesto es propio de las concepciones totalitarias que pretenden que su ideario público sea también el ideario privado de sus ciudadanos, o dicho de otra manera, que la Concepción política que defienden abarque también las dimensiones privadas del individuo.  Es el modelo totalitario propio de sociedades cerradas, que disuelven al individuo en la colectividad y le niegan el ámbito de autonomía que supone la ética privada. Son patologías modernas que rechazan la distinción. El fascismo y el marxismo-leninismo son ejemplos de esas patologías.  El segundo tipo de patología es previo a la distinción y se mantiene en la Modernidad, una vez que la ética pública y la privada ya se han separado. Aparece cuando la ética privada, es decir, una determinada Concepción del bien o una filosofía comprehensiva pretende convertirse en definidora de la ética pública. Estamos en el supuesto del Estado confesional o de los fundamentalismos religiosos.  
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Por supuesto, esto no excluye que las diversas concepciones del bien puedan opinar en materias de ética pública, que puedan hacer propuestas o críticas. Lo que está excluido es que pretendan intervenir desde la autoridad o ex cátedra, como depositarias de una verdad o de un orden natural del que son intérpretes y administradores únicos, esto es, no pueden pretender incorporar como obligatorias dimensiones de ética privada. Es decir, por supuesto que las Iglesias, confesiones o escuelas filosóficas con ofertas de ética privada tienen todo el derecho a intervenir como cualquier otro agente social, en los debates y en las deliberaciones que en el espacio público se producen en relación con la creación, modificación o extinción de los contenidos de la ética pública, aunque deben actuar en igualdad de condiciones con los demás, sin pretender una posición dominante o de autoridad. 
Por otro lado, los sistemas políticos en los que se respeta la distinción entre ética pública y ética privada se construyen, históricamente, desde la razón, a través de las aportaciones de una pluralidad de personas, filósofos, juristas, politólogos, teóricos, literatos, científicos, etc. Desde la Modernidad hasta hoy, en un proceso dinámico. En cambio, los sistemas derivados de la autoridad, y que normalmente han producido las patologías señaladas, tienen un autor único que es Dios o un padre intelectual como Marx, y suelen actuar por medio de una institución competente para interpretar auténticamente la voluntad o la razón divina o del padre intelectual y en ellos se exige disciplina y jerarquía, es decir, unidad de interpretación.  

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