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TEMA 13: LA EXPANSIÓN DE LA ECONOMÍA EUROPEA ENTRE LOS SIGLOS XI - XIII

Desde el 930 al 1300, el Occidente protagoniza un extraordinario desarrollo, principalmente agrícola, que cada vez conocemos mejor, gracias a las nuevas técnicas de investigación, y que dio lugar a una profunda transformación del espacio rural y a la aparición de un orden social agrario destinado a durar bastantes siglos.

Este desarrollo agrícola se halla indisolublemente asociado con la expansión comercial y urbana. Paralelamente, se registra asimismo un desarrollo cultural y político, al que tanto deben los progresos de la cristianización, íntimamente conectados a su vez con los aspectos ya citados.

Tras una marcha lenta en el siglo X, el ritmo del proceso de expansión se acelera aproximadamente desde el 980 hasta los inicios del siglo XIII. Al mismo tiempo el Occidente dilata sus fronteras geográficas a lo ancho del continente europeo, de suerte que por encima de sus diversidades internas se dibuja una verdadera unidad que podemos llamar el Occidente.

La ciencia histórica no ha cesado de indagar sobre los mecanismos de esta expansión y, en particular, sobre las causas que lo originaron. Cuestión ciertamente problemática y difícil, a pesar de que nuestras informaciones al respecto son cada vez más precisas y numerosas. Desde luego, no bastan para explicar por completo esta expansión los diversos factores que han venido barajando los investigadores: el debilitamiento de las presiones exteriores (de los musulmanes, vikingos, húngaros), el crecimiento demográfico, la mejora de las técnicas de producción y del comercio, incluso el supuesto optimum climático que parece detectarse en aquellos siglos. Es indudable que todos estos factores tuvieron su peso y al propio tiempo se influyeron mutuamente: el aumento de la producción agrícola habría hecho posible el crecimiento de la población, y viceversa, dando lugar a su vez a la roturación de nuevas tierras. Algunos incluso han llegado a pensar que el indudable progreso tecnológico pudo deberse en parte al estímulo de un hipotético aumento de la presión fiscal señorial sobre la producción agraria. En este tema vamos a exponer lo que podríamos calificar de «instrumentos» y modalidades de la expansión, sin que el orden de su presentación pretenda significar una clasificación en orden de importancia.

I.- LOS INSTRUMENTOS DE LA EXPANSIÓN

I.1.- CONDICIONES DE EXISTENCIA MÁS FAVORABLES.

El catálogo de los recursos del reino de Inglaterra, el bosque real de aquel país sumaba un total de cuatro millones de hectáreas, de los cuales un 60% eran tierras no productivas. Y sin embargo, el saltus, es decir, las tierras no cultivadas, baldías, retrocedía ya desde el siglo X a causa de las actuaciones del campesinado, como nos revelan los estudios consagrados a diversas regiones como Cataluña, el Mâcon, Poitou, etc.

Algunos estudiosos sugieren que el trabajo de los leñadores y roturadores pudo verse facilitado por las modificaciones climáticas: un aumento de las temperaturas medias, y en especial un descenso de la humedad que no favorecían al arbolado. Entre los siglos X y XIII, y en latitudes al norte de la zona mediterránea, Europa disfrutó de un «optimum climático» particularmente favorable para las cosechas, entre ellas las de cereal, que era la base de la alimentación. Gracias a esa circunstancia, la amenaza de las hambrunasse hizo menos agobiante, aunque todavía se registraron algunas carestías a lo largo de esos siglos, en especial al final de la primavera, justo antes de la recolección.

Nos encontramos con una población mejor alimentada. Sigue siendo difícil conocer en detalle y cuantificar la expansión demográfica, pues nuestras fuentes de información son escasas. Los historiadores actuales no se ponen de acuerdo en las cifras de población. Se ha calculado que la población europea se duplicó entre el 950 y el 1300, y que en algunos países (Inglaterra) llegó a triplicarse. Se trata de un crecimiento lento y continuo. Se piensa que ese crecimiento se inicia a comienzos del siglo X en Flandes y la Europa mediterránea, a mediados del XI en el norte de Francia, y no se verifica en la Alemania Central hasta 1100, aproximadamente. Esta expansión demográfica se traduce también en intensos movimientos migratorios, que a su vez hacen posibles las nuevas roturaciones y la expansión comercial y urbana.

I.2.- UN MEJOR DOMINIO DE LAS TÉCNICAS: Se trata del perfeccionamiento y difusión de técnicas de producción y de transformación que ya eran conocidas con anterioridad. Los Progresos del utillaje suponen:

- El dominio del hierro y del fuego. El desarrollo de la extracción de mineral de hierro está atestiguado desde el siglo X. Y en el siglo XII consta el interés que despertaba entre los «señores», tanto laicos como eclesiásticos. El herrero, en un principio centrado en el bosque, se convierte en uno de los elementos indispensables de la sociedad rural.

- El dominio de la energía animal. El yugo frontal para los bueyes, la collera rígida para los caballos, apoyada en los omoplatos o paletillas, el enganche en fila, son sistemas difundidos desde el siglo XI (Normandía, Península Ibérica, etc.), que acrecientan la fuerza de arrastre, lo cual fue un elemento decisivo para la explotación de suelos pesados y profundos; se ha podido hablar también de una verdadera «revolución» de los transportes terrestres, si bien las vías fluviales mantuvieron su preponderancia en el transporte de mercancías en la Europa húmeda.

- El dominio del agua. El molino hidráulico, conocido desde la Antigüedad, experimentó una gran difusión en los siglos XI y XII. En primer lugar en las áreas rurales, donde facilitó la molienda del cereal al ahorrar mano de obra; después, a partir de 1200, en los medios urbanos (batanes para la industria de los paños de lana). Para la conquista de nuevas tierras de cultivo se recurrió en los países mediterráneos a las técnicas de regadío, aprovechando las mejoras introducidas en época musulmana. En otras regiones se llevaron a cabo grandes trabajos colectivos de drenaje y desecación, y paralelamente, de mejora de la circulación fluvial.

Pero es quizás en las actividades urbanas y comerciales donde se registran las auténticas novedades técnicas. La introducción del telar horizontal permitió en el siglo XII triplicar el rendimiento, y a su vez el telar ancho, manejado por dos hombres, duplicó ese aumento. Ahí reside una de las bases del prodigioso desarrollo que tiene lugar primero en Flandes y en las regiones vecinas, de la «industria» medieval por excelencia, la de los tejidos de lana. Por otro lado, las asociaciones mercantiles, los contratos y las prácticas bancarias puestas a punto por los comerciantes italianos en los siglos XI y XII, venían a satisfacer dos necesidades principales: movilizar capitales más importantes y adaptar los medios de pago al auge de las transacciones comerciales. A pesar de estas mejoras, Occidente seguía estando insuficientemente equipado: los contratos de asociación apenas superan el ámbito de los medios mercantiles italianos, las compañías no alcanzan su madurez hasta fines del siglo XIII, y sufren quiebras con cierta frecuencia.

Gracias sobre todo a la multiplicación de las fases de laboreo es innegable el aumento de los rendimientos en la agricultura,pero éste resultará insuficiente cuando el aumento de la población no se vea acompañado por una paralela explotación de nuevas tierras; pues en definitiva la productividadera todavía escasa; con tendencia incluso a disminuir, cuando se llegan a poner en cultivo tierras ya mediocres y el tamaño de las parcelas disminuye a causa de la progresiva fragmentación de las heredades provocada por la presión demográfica en las aldeas.

I.3.- EL PESO DE LOS COMPORTAMIENTOS Y DE LAS RELACIONES SOCIALES

El esfuerzo productivo se vio favorecido por una evolución de las actitudes respecto del trabajo y el dinero. El menosprecio que pesaba sobre el trabajo, en especial el trabajo manual o «servil», en la Antigüedad pagana (oposición del otium, dedicación a tareas no lucrativas, frente al negotium) fue siendo superado por la idea cristiana de que, lejos de ser un mero castigo o un estigma infamante, el trabajo incluso manual era muy digno y valioso, si se realizaba con honradez y recta intención. El lema de la Regla de San Benito («ora et labora») enlazaba en los monjes la acción.

Si durante la alta Edad Media casi todas las energías se tienen que dedicar a cubrir la mera subsistencia, el afán de lucro pudo desarrollarse más y más a partir del siglo XI, como demuestran las frecuentes advertencias y condenas de la Iglesia contra la codicia insaciable de muchos comerciantes. El dinero se va convirtiendo en un elemento decisivo de las relaciones sociales, y a medida que aumenta su circulación, desde fines del siglo XII, ya no es considerado solamente por su poder corruptor, y el mercader deja de ser visto como un usurero destinado inevitablemente al infierno.

Se ha supuesto a veces que el cese de las invasiones es lo que hizo posible el despegue económico. Pero resulta que éste se inició a veces con anterioridad, y precisamente en las regiones más afectadas por aquellas invasiones. Nunca llegó a asegurarse la paz interna en Occidente, desgarrado por la «violencia señorial» que se esforzaron en limitar los movimientos de «Paz y Tregua de Dios» durante el siglo XI. Algunos han conjeturado que un supuesto endurecimiento de la fiscalidad señorialhabría obligado a los campesinos a producir más y mejor, actuando de este modo como motor del desarrollo económico; más en concreto, el conjunto de las fuerzas productivas se habría visto estimulado por los crecientes gastos de la nobleza, que por un lado requerían un aumento constante de los ingresos señoriales, y por otro lado suscitaban una demanda mayor de productos manufacturados.

En Cataluña y en la región de Charente la expansión agraria comenzó antes que el supuesto aumento de la presión fiscal de los señores, los cuales, más que estimular la expansión, se aprovecharon de sus resultados. La pequeña heredad o explotación campesina familiar fue el marco fundamental del progreso económico agrícola; lo mismo ocurrió en el caso de las ciudades con otras estructuras de carácter también familiar.

II.- LA EXPANSIÓN AGRARIA.

II.1.- LAS GRANDES ROTURACIONES

El fenómeno más destacado de la expansión es la colonización agrícola. Es difícil fechar sus comienzos, ya que la conquista de nuevas tierras se refleja en la documentación a posteriori, por lo general, cuando los «señores» caen en la cuenta del beneficio que pueden obtener de ella. Esta conquista suele seguir un esquema típico: ampliación de los terrazgos a base de un progresivo avance sobre el incultum que los bordea, creación de nuevas aldeas (roturación de nuevos espacios), ocupación intercalar, sin duda más tardía, pero generalmente estos diversos modos se combinan, dando lugar a una gran diversidad regional.

Su apogeo hay que situarlo, según los casos, entre la segunda mitad del siglo XI y 1200, salvo en el frente oriental de la colonización alemana, donde es más tardío. A partir de 1200 la necesidad de mantener un cierto equilibrio entre el ager(tierras cultivadas) y el saltus(espacios sin cultivar) obliga a frenar la extensión de aquél y a cuidar la conservación y explotación de éste último. Los protagonistas de la colonización son en primer lugar los villanos o campesinos, sean naturales del lugar o «forasteros» (huéspedes foráneos) llegados de una aldea próxima o lejana. En los primeros tiempos de este movimiento, fueron sin duda decisivas las iniciativas campesinas individuales. Son mejor conocidas las empresas colectivas, algunas francamente espectaculares, como la desecación y bonificación de las marismas o llanuras pantanosas próximas al Mar del Norte, detrás de las cuales se adivina la iniciativa de un «señor», incluso de un soberano.

II.2.- LAS BASES DE LA ECONOMÍA AGRARIA

A) GANADERÍA Y CULTIVO DE CEREALES

El pan de cereal sigue siendo en la Edad Media la base de la alimentación. Por ese motivo la expansión de la economía agraria se mide sobre todo por los progresos de la cerealicultura. La mejora del utillaje permitió sin duda una elevación notable de los rendimientos. En el siglo XIII, el aumento general de los precios del cerealconstituye la demostración más significativa de la expansión. Por supuesto, este movimiento global de los precios no impide las disparidades. Disparidades geográficas: el alza parece tres veces mayor en el Norte de Francia que en el Midi. Disparidades sociales: la modernización agrícola beneficia sobre todo a los señores y a los campesinos acomodados. A fines del siglo XIII, sólo una cuarta parte de la población de Picardía se aprovecha de la intensificación del cultivo de cereales. En general, en Francia se multiplicaron por cuatro los precios medios del cereal entre 1180 y 1320. Entre esos mismos años el precio del ganado se multiplica por tres en el Norte de Francia.

La base del equilibrio rural reside en la articulación entre cerealiculturay ganadería. Este equilibrio es económico, en primer lugar: la ganadería suministra al campesino un complemento nutritivo y un complemento de ingresos. Pero este equilibrio es también ecológico: a falta de abonos minerales, sólo el ganado puede abonar la tierra. En la medida en que el estiércol sigue siendo insuficiente, pues los animales pasan poco tiempo en el establo, y con frecuencia se emplea exclusivamente para el cultivo de hortalizas, la única solución que le queda al aldeano es dejar periódicamente la tierra en reposo (barbecho),lo cual supone una rotación de cultivos. Esta adopta dos formas principales. La primera y más sencilla es la única que se practica en la zona mediterránea, donde la sequía estival hace imposible la introducción de cereales de primavera. Así que los aldeanos tienen que contentarse con una rotación bienal,en la que alternan de un año a otro, en la misma parcela, el barbecho y los cereales de invierno. Al cultivo de estos cereales panificables se añade un policultivo complejo, en el que se combinan las legumbres con gramíneas de crecimiento rápido como el panizo, con las cuales se preparan potajes o gachas y tortas. Por el contrario, en el resto de Europa la introducción de los cereales de primavera permite sembrar dos veces cada año. Estos «cereales tremesinos» son fundamentalmente la cebada y en especial la avena, que se destina a los caballos, si no es que sirve para hacer las gachas o la cerveza. Estos cereales permiten en ciertos casos la rotación trienal.

B) UN MAYOR DOMINIO DEL ESPACIO AGRÍCOLA: La economía agraria conoce en el siglo XIII una doble evolución, que obliga a los señores y a las comunidades rurales a intensificar su dominio del espacio agrícola. Se trata, en primer lugar, del desarrollo de una ganadería especulativa. La demanda de la industria pañera estimula la ganadería lanar, no solamente en Inglaterra. Los capitales urbanos comienzan a invertirse a menudo en la ganadería. En consecuencia, hay que organizar la trashumancia de esos rebaños que, si no se toman medidas, pueden invadir los cultivos. Las asociaciones de ganaderos controlan estas trashumancias, organizando en muchas regiones ciertos recorridos fijos. La organización más espectacular es la Mesta de los reinos de la Corona de Castilla.

La segunda evolución afecta a la organización de los terrazgos en las comarcas dedicadas a la cerealicultura. Debido al proceso continuado de poblamiento y conquista de nuevas tierras de cultivo, queda amenazado el equilibrio fundamental entre la parte de suelos destinada a la alimentación del ganado y la reservada al cereal. En consecuencia, las técnicas de rotación de los sembrados desembocan en una organización fija de las tierras de labor. La solución consiste en la alternancia de cultivos, que es una división de los campos en varias hojas homogéneas. Estas hojas quedan sometidas a la rotación de cultivos, y si el barbecho alterna con la siembra de cereal de invierno y de cereal de primavera, se podrá hablar de rotación trienal. Supone una remodelación completa de las tierras de labor, lo que implica a su vez una fuerte presión en el seno de las comunidades rurales.

revalorización del bosque.Hasta el año mil, el árbol domina el espacio europeo y las representaciones mentales. El bosque es el lugar peligroso por excelencia y el lugar maravilloso. En los siglos XlI y XIII, sin embargo, aunque persista esta mitología, el gran bosque ya no es más que un recuerdo. Las grandes roturaciones lo han dejado reducido a ciertos macizos boscosos, espacios familiares que proporcionan sustento: para los hombres, frutos, miel y caza menor; para el ganado constituyen indispensables zonas de pasto. Se los explotó también por la cera, la resina y, por supuesto, por la madera, tanto para la construcción como para la calefacción y la cocina del hogar. En suma, cuando los roturadores atacan el bosque no es tanto para destruirlo cuanto para domesticarlo. Por esa razón los desmontes excesivos del siglo XIII originan una ruptura del equilibrio ecológico, económico y social. Al escasear, el árbol se hace más caro y codiciado. Los señores convierten los bosques en dehesas: el apacentamiento de los animales y la tala de árboles quedan sometidos a control y al pago de tasas, la caza se convierte en monopolio señorial. El bosque deja de ser un bien común para convertirse en un dominio reservado del señor, controlado por unos guardias y vigilantes que simbolizan la opresión señorial contra los antiguos derechos de uso.

C) EL DESARROLLO DE LOS CULTIVOS INTENSIVOS: La presión creciente de las comunidades rurales sobre sus campos no afecta únicamente a las tierras de cereal. En torno a los castillos del Lacio, el alfoz se organiza en una triple orla concéntrica: en primer lugar, en la proximidad de la aldea, los huertos, dedicados a un policultivo en terrazas, regado y enriquecido por los abonos domésticos; a continuación, un terrazgo de cultivos especializados e intensivos; finalmente, un terrazgo para la cerealicultura extensiva de secano. Al ser la demanda de los mercados regionales la que estimuló el auge de los cultivos intensivos, la horticultura alimenta intercambios de corto radio de acción. Lo mismo ocurre con los cultivos industriales como el cáñamo, el lino y en especial la hierba pastel. El cultivo del pastel exige unos suelos ricos y una abundante mano de obra, pero proporciona altos rendimientos.

En el siglo XIII la expansión de la viticultura. Enlas regiones mediterráneas comienza en el siglo X, como se ha demostrado en Cataluña. Las viñas ocupan generalmente parcelas exclusivas, transformando así en profundidad el paisaje rural: en Cataluña ocupan la tercera parte del suelo cultivado. En el Norte de Francia, la geografía de las regiones vinícolas queda fijada por la demanda de las zonas carentes de viñas y la proximidad de las vías fluviales.

La expansión de la viticultura, y en general de los cultivos especializados, atestigua dos de las principales evoluciones de la economía agrícola. En primer lugar, los campos salen de su aislamiento y se integran en una economía de mercado. Ciertas especializaciones se configuran en función de la proximidad de los grandes mercados urbanos, contribuyendo así a la definición de regiones económicas. En segundo lugar, la intensificación agraria da lugar a unas nuevas relaciones sociales. El caso de la viticultura resulta particularmente ilustrativo en este sentido. Primero, porque el relativo enriquecimiento de los viticultores les permite conquistar una forma de libertad. La base jurídica de esta evolución social es el contrato de «complantatio», por medio del cual se asocian un señor que aporta la tierra y un campesino que planta la viña y la trabaja. Al cabo de un tiempo determinado, la viña queda repartida en dos partes iguales: una queda para el señor, y de la otra dispone libremente el cultivador. El vino es, pues, un cultivo de libertad: a pesar de una fuerte punción señorial, la viña es para el villano, probablemente, más rentable que el cereal. La segunda evolución social deriva de las características de las labores vitivinícolas, que exigen mucha mano de obra. De este modo, este cultivo contribuye a absorber el crecimiento demográfico y a difundir el trabajo asalariado, lo cual atestigua el empobrecimiento de un sector del campesinado y la penetración de la economía monetaria en los medios rurales.

III.- EL DESARROLLO URBANO: El progresivo control del espacio rural y la expansión económica agraria son elementos decisivos del desarrollo de las ciudades. Aunque, realmente, nunca fue completa la ruptura con la ciudad antigua. En la mayor parte de las ciudades de Occidente se ha observado una continuidad topográfica y la permanencia, aunque atenuada, de las funciones artesanales y comerciales. Su renovación se debe a que se drenó hacia las ciudades el excedente de la producción agraria, a través de la fiscalidad señorial; de igual modo, la expansión del poblamiento urbano no se explica sin el crecimiento demográfico de las áreas rurales. No son, pues, unos supuestos aventureros desarraigados los que dieron vida al comercio, sino los mercaderes y artesanos locales, notables o hijos de notables, funcionarios del obispo, abad o señor del castillo, o campesinos del entorno que venían a establecerse al pie de las antiguas murallas de la ciudad.

El crecimiento topográfico de la ciudad, a partir del siglo X, sigue una pauta estructural polinuclear: los centros, muy diversos, del núcleo primitivo,al ir creciendo la población y sus actividades, se rodean de nuevos barrios extramuros; y a lo largo de los siglos XII y XIII el nuevo espacio urbano queda unificado por el correspondiente cerco amurallado: París, Florencia, Milán, Colonia, entre otros muchos ejemplos.

Se va trazando en Occidente una red urbana de desigual densidad. La expansión más temprana y más densa se dio en Italia y en Flandes. Con excepción de París, en aquellas dos áreas se sitúan las mayores ciudades de Occidente, las que hacia 1300 alcanzaron o superaron los 40.000 habitantes, o incluso los 100.000. Las regiones que carecían de un pasado urbano en la Antigüedad tuvieron una expansión más tardía (siglo XII), basada muchas veces en núcleos anteriores de carácter militar o comercial, como los centros mercantiles fortificados de Escandinavia o los «gorod» de los países eslavos.

En las regiones más o menos romanizadas, la urbanización fue desigual: en el sur de Francia encontramos muchos centros urbanos, aunque escasamente poblados; al norte del Loira, una red menos densa, pero con ciudades más importantes.

III.1.-  LA CIUDAD EN EL SENO DEL RÉGIMEN SEÑORIAL: La gran expansión urbana, que arranca sin duda en Occidente hacia 1070, se halla estrechamente ligada al auge rural y a que es indispensable que los campos produzcan excedentes comercializables para que se puedan desarrollar las ciudades, que son centros de consumo. Pero es que el propio sistema feudal empuja en ese mismo sentido, puesto que la ciudad es también un centro de intercambios y de producción, y en cuanto tal constituye un polo de aprovechamiento de las rentas feudales. Una clara prueba de que los excedentes agrícolas se encaminan a los centros urbanos es el dato de que, hacia 1080 y en el Oeste de Francia, los censos recaudados por los señores eclesiásticos sobre sus villanos ya no se pagan en las festividades religiosas, sino en los días de mercado. Ahí almacena su grano el señor, en espera de venderlo al mejor precio, y ahí gasta su dinero para satisfacer las necesidades del tren de vida noble.

Según eso, la ciudad medieval deriva del mercado. Desde luego, estos nuevos centros de población se desarrollan en un proceso paralelo al crecimiento económico: de ahí la multiplicación de los burgos, que se convierten en lugares de concentración de la renta feudal, como acabamos de decir. El burgo puede desarrollarse en las proximidades de un castillo (es el caso, por ejemplo, de Nuremberg en 1050)o de un monasterio (en 1180 el burgo de Cluny se fortificó y recibió sus franquicias). A menudo, esta proliferación de burgos ocasionó el desdoblamiento de las ciudades antiguas, cuando fuera de sus primitivas murallas surgen los burgos mercantiles. La ciudad señorial es polinuclear.

Pero no sólo se revitalizó la red urbana antigua: en la historia de Europa, la Edad Media es la gran época de la creación de ciudades. A partir del siglo XI nacieron numerosos núcleos urbanos por iniciativa expresa de los señores, deseosos de promover el poblamiento y de rentabilizar el territorio de sus dominios. Estas fundaciones son particularmente abundantes en los países nuevos y en las zonas de conquista, como son las marcas galesas del reino de Inglaterra, los confines germano-eslavosy los reinos hispanos de la Reconquista. Pero el fenómeno se generaliza en el siglo XII: sauvétés en el SO de Francia, villeneuves en el norte del mismo reino, terrenuove en Italia. La fundación de las bastidas se inscribe igualmente en este contexto del repoblamiento de origen señorial, si bien muchos de estos burgos planificados no pasan de ser aldeas, pues el plano regular no las convierte en ciudades. Incluso cuando no son fundaciones ex nihilo, las ciudades muestran la huella delsistema feudal.En las ciudades se observa una superposición o mezcla de jurisdicciones.

III.2.- EL MOVIMIENTO DE EMANCIPACIÓN CIUDADANA

Los años 1070-1120 corresponden al apogeo del señorío castral, tanto en el mundo rural como en el urbano. Pero es también la época en que aparecen los primeros movimientos de protesta contra el poder de los señores sobre las ciudades. En efecto, los intereses de la clase mercantil, en plena proceso de expansión, se ven perjudicados por la multiplicación de los peajes y el aumento de la presión fiscal señorial en los núcleos urbanos

El movimiento de emancipación urbana corresponde a una «normalización» de las relaciones entre la ciudad y sus señores. Se plasmó en la obtención de una carta defranquicia, que concede a la comunidad de vecinos un estatuto particular y un cierto número de libertades. Este proceso es semejante al que se desarrolla por entonces también en los medios rurales. Las «libertades urbanas» no excluyen del sistema feudal a las ciudades, al contrario, son un medio de mantenerlas en él, aunque reconociéndoles sus particularidades económicas y sociales.

Principalmente en las ciudades del norte de Francia, en Flandes y en el norte de Italia, es decir, en las regiones donde el auge urbano fue más precoz y más pujante, este movimiento culminó a menudo con la obtención de una carta municipal.

La autonomía urbana se logra a veces a costa de una verdadera insurrección contra el señor respectivo. Pero son más frecuentes los casos en que se llega a un compromiso. Todo depende de la relación de fuerzas: algunos privilegios se los compran al señor, otros le son arrebatados. También hay que señalar que el movimiento concejil tuvo menos fuerza allí donde la autoridad del soberano era fuerte o el dinamismo urbano era anémico. En los reinos hispánicos los monarcas favorecieron a menudo el enfranquecimiento de las ciudades a través de la concesión de fueros.

III.4.- LA SOCIEDAD URBANA

A) FORMACIÓN Y RENOVACIÓN DEL PATRICIADO URBANO

En cada ciudad, un puñado de hombres detenta a la vez el poder político y el predominio social. Se les conoce como magnati en Italia, meliores o potentes en otras partes. Tradicionalmente, los historiadores han creído que quienes acaparaban los consulados y demás altas magistraturas urbanas en los siglos XI y XII eran hombres nuevos, enriquecidos gracias al comercio. Hoy se sabe que este patriciado primitivo procede de los ministeriales: es en la familia del señor, laico o eclesiástico, donde adquieren riqueza e influencia esos agentes de un poder señorial que, no lo olvidemos, se ejerce de modo destacado precisamente en las ciudades. También se ha subestimado la importancia de la nobleza urbana. Tanto en Italia como en Castilla, como en el Midi francés, los caballeros ciudadanos dominan la vida urbana en el siglo XII, hasta el punto de constituir verdaderos consulados aristocráticos. Suelen ser los dueños de los puntos fortificados de la ciudad, sirviéndose de ellos para asegurar su poder sobre ella. Tampoco hay que desdeñar la importancia del clero urbano: canónigos de los cabildos catedralicios, clérigos de la «familia» del obispo, monjes de los cenobios establecidos junta a la ciudad, o meros curas de las numerosas parroquias urbanas. A pesar de que en muchos casos no disfrutan de los privilegios urbanos, los clérigos participan a menudo en la administración de la ciudad. Las cartas de franquicia consagran la formación de un patriciado urbano en el que vienen a confluir la antigua nobleza urbana, las familias procedentes de los ministeriales y las nuevas clases mercantiles. Así, por ejemplo, en el siglo XIII la comuna de Milán se apoya en el compromiso social establecido entre los maiores (vasallos de la antigua aristocracia militar) y los cives (comerciantes y propietarios urbanos enriquecidos). Estas alianzas, sin embargo, pueden romperse por las rivalidades y las luchas de facciones: en el siglo XIII vemos cómo la burguesía de negocios trata de derribar del gobierno urbano al antiguo patriciado, apoyándose a veces en los gremios y en la franja superior del «pueblo» (popolo) ciudadano. En Florencia los magnates son alejados del poder en 1293, al mismo tiempo que en Gante y Brujas los poorters («nuevos ricos») fomentan las revueltas de los artesanos para oponerse a los antiguos linajes.

B) «POPOLO GRASSO», «POPOLO MINUTO»: Algunos historiadores piensan que la sociedad urbana medieval es igualitaria. En absoluto. La sociedad urbana, se halla claramente estratificada, y el dinero es el primer criterio de diferenciación social. El patriciado basa su poder en el control de las finanzas públicas y en el reparto de los impuestos municipales. Igualmente, cuando se desarrolla el trabajo asalariado, el endeudamiento de los artesanos se convierte en un factor de dominación. Es el caso, por ejemplo, de Jean Boinebroke, mercader-pañero de la ciudad de Douai a fines del siglo XIII, que somete a sus obreros no sólo mediante el salario, sino también mediante los créditos que les concede y el alquiler de sus talleres y viviendas.

 

Así que los artesanos y los pequeños tenderos, algunos clérigos y los obreros, constituyen un «pueblo» urbano (popolo, en Italia) cuya definición social resulta difícil para el historiador. En los primeros registros fiscales, que aparecen a fines del siglo XIII los ciudadanos están clasificados según su cuota impositiva. A veces, los que menos pagan son inscritos aparte: son los «minuti». La diferencia entre los «grassi» y los «minuti» es difícil de establecer, con excepción de las ciudades italianas, en las que a veces coincide con formaciones políticas tajantemente opuestas. En otros lugares se expresa con frecuencia en la misma socio-topografía urbana: en Reims, por ejemplo, los «gros» (grassi) habitan en determinadas parroquias o barrios, mientras que los «menus» (minuti) pueblan otras. De modo semejante, la especialización laboral de cada barrio diferencia el reparto de los grupos sociales en el espacio urbano. En las grandes ciudades, la dificultad del alojamiento agrava las disparidades sociales. Se constata ya un mercado de alquiler de viviendas, cuyos precios se disparaban en el París del siglo XIII, lo que obligaba a las familias modestas a compartir los pisos, divididos en varios apartamentos. Hay otros aún más pobres que los «minuti»: son los que no pueden pagar impuestos. En las ciudades medievales se cuenta un número considerable de estos braceros, estos jornaleros en busca del trabajo diario. Apiñados en los barrios de las afueras, representan una mano de obra coyuntural, procedente de los excedentes demográficos generados por el mundo rural. En Toulouse se les conoce como los Nichils, y en Albi representan el 40% de la población total antes de la peste negra de 1348. Ellos son las primeras víctimas en cuanto sobreviene una crisis, cuando amenaza el desempleo o brota una epidemia. La ciudad medieval tiene que hacerse cargo de sus pobres. A partir de 1150 se desarrollan los hospitales urbanos. El hospital medieval es una fundación piadosa destinada a acoger tanto a los pobres como a los enfermos y los peregrinos. La sociedad urbana se halla asimismo encuadrada en unos marcos de sociabilidad. El primer marco es la familia: su tamaño y su estructura dependen mucho del nivel social. La amplitud de parentescos permiten al patriciado urbano desplegar sutiles estrategias matrimoniales que consolidan su dominio sobre el suelo urbano. Se forman clanes aristocráticos que, con el apoyo de sus clientelas, controlan la vida pública de algunas ciudades, especialmente en Italia. En contraste, la exigüidad de su familia hace a los artesanos muy vulnerables a cualquier ataque epidémico.

La tendencia al hermanamiento se expresa en el seno de la parroquia, cuyos límites coinciden con los del barrio, que es el segundo marco esencial de la sociabilidad urbana. A menudo, el peso de la tradición feudal convierte todavía el espacio urbano en una mera yuxtaposición de células autónomas cerradas sobre sí mismas, frecuentemente dominadas por un linaje. El urbanismo concejil a veces ha abierto unas plazas públicas donde, con ocasión de las ferias y las fiestas, se entremezclan poblaciones y culturas diversas. Pero en conjunto, el espacio para relacionarse es principalmente el barrio: en la iglesia parroquial, en la que a veces se reúne el ayuntamiento; en el cementerio, lugar de encuentro en momentos cruciales de la vida; pero también cerca del pozo o fuente pública, en la casa de baños, en la taberna (los hombres) o en el lavadero (las mujeres). Finalmente, el tercer marco de sociabilidad urbana es también la primera estructura de la producción: el oficio.

III.5.- EL TRABAJO, LA ECONOMÍA URBANA Y EL COMERCIO

A) LOS GREMIOS, MECANISMOS DE CONTROL ECONÓMICO Y SOCIAL: Aunque el artesanado no es específicamente urbano, sí que lo es su organización en gremios. De acuerdo con la definición de E. Coornaert, el gremio es una «agrupación económica de derecho casi público, que somete a sus miembros a una disciplina colectiva en el ejercicio de su profesión». Según eso, los gremios se caracterizan por sus estatutos, que fijan una serie de obligaciones, prohibiciones y estímulos concernientes a las personas, las técnicas y los productos.

No imaginemos que la estructura gremial se impuso en todas partes: algunas actividades y algunas ciudades no la conocieron. Por otro lado, cada gremio tiene una organización peculiar en cada localidad. En todo caso, antes de 1300 podemos distinguir los gremios juramentados y los gremios regulados (sometidos a una reglamentación promulgada por las instituciones urbanas). Los gremios de la cuenca de París son típicos del primer modelo; los de Flandes o el Midi francés, del segundo.

El gremio se halla sometido a una doble jerarquía: una jerarquía interna distingue tres niveles entre los trabajadores. Para llegar a maestro es necesario superar un examen riguroso y pagar un derecho de ingreso, generalmente elevado; exigencias de las que los hijos de los maestros se libran a menudo: En estas condiciones, la frontera entre maestros y oficiales tiende a hacerse insalvable, y el gremio se cierra a la movilidad social. Además, los gremios se clasifican en una jerarquía externa, de acuerdo con su respectiva dignidad y potencia económica.

Esta jerarquía de los gremios tiene con frecuencia una traducción política: en Montpellier por ejemplo, desde el siglo XII los gremios se reparten en diversos niveles, que se hacen cargo por turno de la vigilancia de las murallas, mientras que los doce cónsules de la misma ciudad se escogen de entre los gremios más poderosos. En Barcelona y en la mayoría de las urbes italianas, en la segunda mitad del siglo XIII los gremios mayores acceden al gobierno municipal. A esta función institucional se añade una función social: el gremio, en cuanto asociación profesional de ayuda mutua es, como hemos apuntado antes, un importante  marco de sociabilidad. En consecuencia, es defendido por los artesanos y por la alta burguesía que, al dominarlo, lo utiliza como instrumento de control social. Pero la principal función del gremio es económica y tiene por objeto el control de la producción. Lo que los estatutos pretenden y defienden es la calidad de los productos, más que su cantidad. La concesión de la marca por parte del gremio garantiza unas normas de fabricación comunes para toda la ciudad, de donde deriva su prestigio. En la medida en que se opone a la competitividad y a la concentración empresarial, la organización gremial ha podido ser considerada por los historiadores de la economía como un freno para el crecimiento.

B) LA DIVERSIDAD DE LAS ACTIVIDADES URBANAS: Tradicionalmente se ha considerado la actividad textil como la principal industria de las ciudades medievales. Es la que generó la riqueza de Flandes desde el siglo XI. A partid del XII se multiplican en la llanura del Po los talleres de fustanes y de paños ligeros. La gran pañería, orientada en gran parte a la exportación, se caracteriza por la división de las tareas. Las primeras consisten en la preparación del hilo; operaciones confiadas frecuentemente a las mujeres. El tejido, es una tarea compleja que requiere una experiencia y un equipo costoso. De ahí que los tejedores formen el núcleo del proceso de fabricación de paños. Las operaciones finales son las de apresto, trabajo penoso efectuado por una mano de obra poco cualificada y mal retribuida, verdadero proletariado urbano. Se tarda casi un mes en fabricar una pieza de paño, que pasa por varias manos y por varios lugares, desde el taller urbano de los tejedores a la vivienda de las hilanderas rurales. Pero, en el siglo XIII, este fraccionamiento de las labores es compatible con la concentración financiera. 

Los oficios de los cueros y pieles emplean igualmente un gran número de operarios y responden a los mismos principios de división del trabajo. En las ciudades al norte del Loira los comerciantes peleteros forman un grupo muy poderoso. El trabajo de losmetales es una actividad económica importante; exige una alta cualificación, genera beneficios cuando se orienta a la exportación y los mercados de lujo.

Hay una actividad que, por escapar en parte a la reglamentación gremial, durante bastante tiempo no ha llamado mucho la atención de los historiadores: se trata de la construcción. Sin embargo, si tenemos en cuenta el número de sus empleados, es quizá la «industria» más importante en la Edad Media. En ella predominan los asalariados que buscan contratarse en la construcción de edificios, un trabajo muy demandado en las ciudades, sobre todo en el siglo XIII. En primer lugar, a causa del crecimiento urbano y la renovación permanente del parque inmobiliario. En segundo lugar se ocupa una masa importante de obreros en los grandes trabajos públicos y eclesiásticos: la construcción de las catedrales constituye desde este punto de vista un poderoso estímulo de la economía urbana.

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