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PROMETEO ENCADENADO
FUERZA. - Estamos llegando al suelo de una tierra le-
jana, en la frontera escita, lugar desierto no hollado nunca
por seres humanos. Así que, Hefesto, ya debes ocuparte
de las órdenes que te dio tu padre: sujetar fuertemente en
estas altas y escarpadas rocas a este bandolero mediante
5
los irrompibles grilletes de unas fuertes cadenas de acero.
Porque tu flor, el fulgor del fuego de donde nacen todas
las artes, la robó y la entregó a los mortales. Preciso es
que pague por este delito su pena a los dioses, para que
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aprenda a soportar el poder absoluto de Zeus y abandone
su propensión a amar a los seres humanos.
HEFESTO. - Fuerza y Violencia, la orden que a ambos
Zeus os diera llega a su fin y ya nada os detiene. Pero
yo carezco de audacia para encadenar con violencia a una
deidad que es mi pariente a este precipicio tempestuoso.
15
No obstante, es forzoso de todo punto que yo tenga arrojo
para realizarlo, que es grave el andar remiso en cumplir
las órdenes de mi padre.
¡Oh tú, muy inteligente hijo de Temis -autora de bue-
nos consejos-, aunque ni tú ni yo lo queramos, voy a
clavarte con cadenas de bronce imposibles de desatar a esta
roca alejada de los seres humanos, donde ni voz ni figura
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mortal podrás ver, sino que, abrasado por la brillante lla-
ma del sol, cambiarás la ñor de tu piel! Placentero será
para ti, cuando la noche cubra la luz con su manto de
25 estrellas y que el sol evapore el rocío del amanecer. Pero
siempre te consumirá el dolor del tormento de continuo
presente, pues aún no ha nacido el que ha de librarte.
¡Esto has sacado de tu inclinación a la humanidad! Sí.
Eres un dios que, sin encogerte ante la cólera de los demás
30 dioses, has dado a los seres humanos honores, traspasando
los límites de la justicia. Por eso montarás guardia en esta
roca desagradable, siempre de pie, sin dormir, sin doblar
la rodilla. Muchos lamentos y muchos gemidos proferirás
35 inútilmente, que es inexorable el corazón de Zeus y rigu-
roso todo el que empieza a ejercer el poder.
FUERZA. - ¡Vamos! ¿Por qué tardas y te apiadas en
vano? ¿Por qué no aborreces al dios más odiado por todos
los dioses, al que entregó a los mortales tu privilegio?
HEFESTO. - Tiene mucha fuerza el parentesco al que
se une el trato amistoso.
40 FUERZA. - Estoy de acuerdo. ¿Pero de qué modo será
posible desobedecer las órdenes de tu padre? ¿No temes
más eso?
HEFESTO. - ¡Siempre has sido un ser despiadado y fal-
to de escrúpulos!
FUERZA. - Porque no tiene ningún remedio llorar por
éste. No te esfuerces tú en vano en lo que no produce nin-
gún provecho.
45 HEFESTO. - ¡Ay, oficio mío!, ¡cuánto te odio!.
FUERZA. - ¿Por qué lo odias? Porque, en resumen, tu
oficio no tiene la culpa de tu pena actual. HEFESTO. - Con todo, hubiera debido tocarle a otro
cualquiera.
FUERZA. - Todo es molesto, salvo imperar sobre los
dioses, porque no hay nadie realmente libre, excepto Zeus.
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HEFESTO. - Lo sé. Nada tengo que objetar a eso.
FUERZA. - Date prisa, entonces, en encadenarlo, para
que tu padre no vea que andas reacio.
HEFESTO. - Ya puede ver la cadena en mis manos.
FUERZA. - Cuando le hayas atado los brazos, dale al
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martillo con toda tu fuerza y déjalo clavado a las rocas.
HEFESTO. - Mi tarea, y no en balde, llega a su fin.
FUERZA. - Golpea con más fuerza. Apriétalo bien. No
lo dejes flojo por ningún lado, pues es astuto para hallar
salida incluso cuando es imposible.
HEFESTO.- Este codo ha quedado sujeto de modo que
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es imposible que se desate.
FUERZA. - Ahora, asegura este otro también, para que
aprenda que a pesar de ser sabio es más torpe que Zeus.
HEFESTO. - Nadie podría hacerme con justicia repro-
ches, excepto éste.
FUERZA. - Ahora, con fuerza, clávale el pecho de parte
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a parte con la fiera mandíbula de una cuña de acero.
HEFESTO. - ¡Ay, Prometeo, gimo por tus penas!
FUERZA. - ¿Andas vacilando y profieres gemidos por
un enemigo de Zeus? ¡Ten cuidado, no sea que un día
gimas por ti mismo!
HEFESTO. - Tienes a la vista un espectáculo penoso de
ver.
70 FUERZA. - Lo que veo es que éste está teniendo su me-
recido. ¡Vamos! Colócale un cincho en torno a los flancos.
HEFESTO. - Forzoso es hacerlo. ¡No me instigues tanto!
FUERZA. - ¡Te instigaré y, además de eso, te azuzaré!
¡Baja ahora aquí! ¡Sujétale las piernas con fuerza con unas
anillas!
75 HEFESTO. - Ya está hecho este trabajo sin demasiado
esfuerzo.
FUERZA. - Golpea ahora con fuerza esos grilletes bien
apretados, que es muy severo el juez de tus trabajos.
HEFESTO. - Conforme a tu figura, habla tu lengua.
FUERZA. - Tú ablándate; pero no me reproches ni la
80 firmeza ni lo áspero de mi carácter.
HEFESTO. - Vamonos, que ya tiene entre redes sus
miembros.
FUERZA. - Obra aquí ahora con inso-
lencia. Roba a los dioses sus privilegios y entrégaselos a
seres efímeros. ¿Qué sufrimiento de éstos te pueden quitar
85 los mortales? Prometeo te llaman los dioses, pero usan un
un nombre que no te cuadra, ya que careces de previsión
para ver de qué modo te librarás tú solo de este artificio.
PROMETEO. - ¡Oh divino éter y vientos de rápidas alas,
90 fuentes de los ríos, abundante sonrisa de las olas marinas!
¡Y tú, tierra, madre universal!
¡También invoco al disco del sol, que todo lo ve!
¡Ved qué sufrimientos padezco -¡yo, que soy un
dios!- impuestos por las deidades!
95 ¡Mirad con qué clase de ultrajes desgarradores he de
luchar penosamente por un tiempo de infinitos años!.
¡Tal es la infame condena que inventó contra miel nue-
vo jefe de los felices!.
¡Ay, ay! ¡Me lamento por el presente y futuro do-
lor! ¿De qué modo algún día debe surgir el fin de estas
100
penas?
¿Pero qué digo? Sé de antemano con exactitud todo
el futuro, y ningún daño me llegará que no haya previsto.
Debo soportar del modo más fácil que pueda el destino que
tengo asignado, porque conozco que es invencible la fuerza
105
del Hado. Pero no me es posible ni callar ni dejar de callar
este infortunio, pues -¡desgraciado de mí!- por haber
facilitado un privilegio a los mortales, estoy bajo el yugo
de estas cadenas.
Sí. Dentro de una caña robé la recóndita fuente del no
fuego que se ha revelado como maestro de todas las artes
y un gran recurso para los mortales. Y por esta falta sufro
el castigo de estar aherrojado mediante cadenas a cielo
abierto.
¡Ah, ahí
¿Qué rumor, qué per fume invisible ha llegado volando
115
hasta mi? ¿ Viene de un dios, de un mortal o de un ser
mixto de ambos, que ha llegado hasta el peñascal del fin
del mundo? ¿ Viene a contemplar mis penas o qué es lo
que quiere? ¡Vedme aquí encadenado: a un dios desdichado
enemigo de Zeus! Me he concitado la aversión de todos
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los dioses que tienen acceso al palacio de Zeus por mi amor
excesivo a los mortales.
¡Ay, ay! ¿Qué aleteo de aves estoy escuchando cerca
de mí? Hay en el aire un suave silbo de batir de alas.
125
¡Horror me causa cuanto se me acerca!
CORO.
Estrofa 1.a
nada temas, porque es amiga esta bandada que, riva-
130 lizando en ligereza de vuelo. Ileso a este peñasco, luego
de persuadir a duras penas el coraron de nuestro padre
Nos han traído las auras veloces. El eco de golpe.•sobr
el acero penetró en el fondo de mi caverna y disipo la
135 gravedad de mi pudor, así que, descalza, me puse en ca-
mino en mi carro alado.
PROMETO. - ¡Ay. ay, ay, ay!. nacidas de Tetis la muy
fecunda hijas de Océano cuya insomne corriente gira ince-.
140 sante abrazando en círculo la tierra entera, ved. contemplad
con qué cadenas sujeto a la cima rocosa de este precipicio.
he de hacer una guardia que no excitaría la envidia de nadie.
Antístrofa 1.a
CORO - Viéndote estoy, Prometeo, y una niebla me-
145 drosa preñada de lágrimas ha nublado mis ojos al ver
marcmtarse tu cuerpo en la roca con ese ultraje de estar
atado con nudos de acero. Sí; nuevos pilotos tienen el poder
150 en el Olimpo; y con nuevas leyes, sin someterse a regla
ninguna. Zeus domina y. a los colosos de antaño, ahora
él los va destruyendo.
PROMETEO. - ¡Ojalá que él me hubiera arrojado bajo
la tierra, más hondo que el Hades que acoge a los muertos
155 al Tártaro sin salida, luego de haberme atado de modo
feroz con lazos que no se pudieran soltar, para que ningún
dios ni otro ser alguno hubiera gozado con este espectácu-
lo. Ahora, en cambio, sufro -¡ay de mi desgraciado.!
ser un cuerpo a merced del viento, ¡una irrisión para mis
enemigos!
Estrofa 2.a
CORO. - ¿Qué dios tendrá un corazón tan insensible
160
que disfrute con esto? ¿Quién no comparte la indignación
por tus desgracias, aparte de Zeus? Su rencor incesante
ha hecho inflexible su mente y somete a su arbitrio a la
estirpe de Urano, y no acabará hasta que sacie su cora-
165
zón o hasta que alguien con mano astuta le arrebate su
imperio inexpugnable.
PROMETEO. - Pues bien, todavía, aunque yo esté su-
friendo infamante tortura preso en estos potentes lazos,
va a necesitarme el rey de los dioses, para que yo le revele no
un nuevo proyecto en virtud del cual será despojado de
cetro y honores. Mas ni siquiera con los ensalmos dulce-
mente armoniosos de Persuasión me ablandará, ni por ho-
rror de sus duras conminaciones voy a denunciarlo antes
175
de que él consienta en soltarme de estas feroces cadenas
y en sufrir el castigo por este ultraje.
Antístrofa 2.a
CORO. - Tú, siempre audaz, en nada cedes, incluso en
medio de amargos dolores; antes, al contrario, usas un len-
180
guaje demasiado libre. Penetrante miedo ha sobresaltado
mi corazón. Temo por tu suerte y me pregunto de qué
modo un día debes llegar a puerto seguro para ver el fin
de estas penas, pues el hijo de Crono tiene un carácter
inaccesible y un corazón inexorable
PROMETEO.- Sé que es duro y que dispone a su capri-
cho de la justicia. No obstante, algún día mitigará sus de-
cisiones, cuando se sienta ultrajado de esa manera .

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Y cuando haya calmado su crudo rencor, llegara presuroso
a la amistad y alianza conmigo. que también estare pronto
a ello.
CORIFEO - Revélanos todo y danos a conocer por qué
195 delito te apresó Zeus y asi te maltrata deshonrosa y amar-
gamente. Cuéntanoslo, a menos que con tu relato recibas
alguna molestia.
PROMETEO. - Incluso decirlo me es doloroso, pero ca-
llar es un dolor, una desgracia, de todas formas.
200 Tan pronto empezaron a airarse los dioses y a levantarse
entre ellos discordia -porque los unos querían derrocar
a Crono de su poder, con el fin de que Zeus reinara, mien-
tras que otros, por el contrario, ponían su interés en que
nunca Zeus tuviera imperio sobre los dioses-, en ese mo-
205 mento yo decidí convencer de lo mejor a los Titanes, a
los hijos de Urano y de Tierra, pero no pude. Con su
forma de pensar violenta despreciaron mis sutiles recursos,
y creyeron que por la fuerza sin dificultad se harían los
210 amos. Pero mi madre -Temis y Tierra, única forma con
muchos nombres- , no una vez sola había predicho de
qué manera se cumpliría el porvenir: que no debíamos ven-
cer por la fuerza ni con violencia a quienes se nos enfren-
taran, sino con engaño.
Cuando con mis palabras yo les expuse tal predicaon
215 no se dignaron siquiera considerarlo. Me pareció entonces
que, en esas circunstancias, era lo mejor tomar a mi madre
como aliada y de grado ponerme de parte de Zeus, que lo
deseaba; y, por mis consejos, el tenebroso, profundo abis-
220
mo del Tártaro cubre al viejo Crono y a sus aliados
Y después que el rey de los dioses obtuvo de mí tal benefi-
cio, me ha recompensado con este castigo cruel. Sí, en cierto
modo ése es un mal de la tiranía: no confiar en los pro-
225
píos amigos.
Lo que preguntáis, la causa por qué me atormenta, os
la aclararé. Tan pronto como él se sentó en el trono que
fue de su padre, inmediatamente distribuyó entre las dis-
230
tintas deidades diferentes fueros, y así organizó su imperio
en categorías, pero no tuvo para nada en cuenta a los infe-
lices mortales; antes, al contrario, quería aniquilar por com-
pleto a esa raza y crear otra nueva. Nadie se opuso a ese
designio, excepto yo. Yo fui el atrevido que libré a los
235
mortales de ser aniquilados y bajar al Hades. Por ello,
estoy sometido a estos sufrimientos, dolorosos de padecer,
compasibles cuando se ven. Yo, que tuve compasión de
hombres, no fui hallado digno de alcanzarla yo mismo,
240
sino que sin piedad de este modo soy corregido, un espec-
táculo que para Zeus es infamante.
CORIFEO. - Prometeo, tendría de hierro el corazón y
él mismo estaría hecho de piedra quien por tus penas no
compartiera contigo su indignación. No hubiera querido
yo verlas, pues cuando las vi el corazón se me partió.
245
PROMETEO. - Sí. Inspiro piedad a mis amigos sólo de
verme.
CORIFEO. - ¿Fuiste acaso aún más lejos?
PROMETEO. - Sí. Hice que los mortales dejaran de an-
dar pensando en la muerte antes de tiempo.
CORIFEO. - ¿Qué medicina hallaste para esa enferme-
dad?
250 PROMETEO. - Puse en ellos ciegas esperanzas.
CORIFEO. - ¡Gran beneficio regalaste con ello a los
mortales!
PROMETEO. - Y además de esto les concedí el fuego.
CORIFEO. - ¿Y tienen ahora la roja llama del fuego
los seres efímeros?
PROMETEO. - Gracias a él aprenderán numerosas artes.
255 CORIFEO. - Por esos delitos, Zeus...
PROMETEO. - ...me martiriza y en modo alguno afloja
mis males.
CORIFEO. - ¿No se ha fijado con antelación el punto
en que ha de acabar tu tormento?
PROMETEO. - No hay ningún otro, sino cuando a Zeus
le parezca bien.
CORIFEO. - ¿Y cómo va a parecerle bien? ¿Qué espe-
260 ranza hay de ello? ¿No ves que faltaste? Pero no es de
placer para mí decir que faltaste, y para tí es doloroso.
Dejemos eso. Busca alguna liberación de la prueba que
sufres.
PROMETEO. - Es cosa fácil para el que está libre de
265 penas aconsejar y hacer reflexiones a los que sufren. Bien
sabía yo todo eso. De grado, de grado falté. No voy a
negarlo. Por ayudar a los mortales, encontré para mí su-
frimientos. Sin embargo, no me imaginaba que habría de
270 consumirme en este roquedal escarpado, en esta desierta
cima rocosa.
No lloréis mis presentes dolores. Bajad al suelo y escu-
chad los infortunios que se aproximan reptando hacia mí,
para que os enteréis de todo hasta el fin. Convenceos y
275 hacedme caso: sufrid con quien sufre en este momento,
fpues esto es asíf: el sufrimiento va errante y se aferra
unas veces a uno y otras a otro .
CORO. - Prometeo, nos has animado a lo que noso-
tros queríamos; así que ahora con pie ligero abandonamos
este veloz carro y el santo éter, ruta de aves, para posar-
280
me en esta tierra que espanto produce, pues tengo deseo
de oír tus penas punto por punto.
OCÉANO. - Llego junto a ti, Prometeo, tras haber al-
285
canzado el final de un largo camino, conduciendo con mi
pensamiento, sin necesidad siquiera de bridas, este ave de
rápidas alas.
Sufro contigo, sábelo bien, por tu infortunio, pues el
parentesco -así lo creo- me fuerza a ello . Y, aparte
290
la estirpe común, no existe nadie de cuyo lado yo me pu-
siera antes que de ti. Vas a saber que esto es verdad y
que no existe en mí la intención de hablarte con vanas li-
sonjas. Vamos, indícame en qué te debo ayudar. Nunca
295
dirás que tienes un amigo más constante que Océano.
PROMETEO. - ¡Vamos! ¿Qué es esto? ¿También vienes
tú a ser espectador de mis penas? ¿Cómo osaste dejar la
corriente que lleva tu nombre y las grutas techadas de
300
piedra, para venir a esta región madre del hierro? . ¿Has
venido a contemplar mi infortunio y a indignarte conmigo
por mis males? ¡Ve el espectáculo!: ¡aquí está el amigo de
305 Zeus, el que le ayudó a instaurar su reinado! ¡Mira en
qué clase de sufrimientos me estoy consumiendo por su
voluntad!
OCÉANO - Ya lo estoy viendo, Prometeo y, aunque
eres astuto, quiero aconsejarte lo mejor para ti. Toma con-
ciencia de quién eres tú y ajusta tu forma de ser a nuevas
310 maneras, pues, entre los dioses hay también un rey nuevo.
Si sigues así, profiriendo ásperas y punzantes palabras,qui-
zá, aunque tenga lejos su sede, mas alto que tu, Zeus te
oiga, con la consecuencia de que la tortura ahora presente
de tus dolores podrá parecerte que es un juego de niños.
315 Vamos, infeliz, depon la cólera que ahora tienes y pon-
te a buscar la liberación de estos sufrimientos. Quiza te
parezca que digo antiguallas. Sin embargo. Prometeo, pe-
nas de esa clase suelen ser el fruto de una lengua en exceso
320 altanera. Nunca, hasta la fecha, has sido humilde,ni tam-
poco cedes ante la desgracia, sino que quieres agregar otros
nuevos a los males presentes. Usa de mi como de un maes-
tro y no des coces contra el aguijón. Mira que el monarca
es severo y que ejerce el poder sin necesidad de rendirle
cuentas a nadie.
325 Ahora me voy e intentaré liberarte, si puedo, de estos
trabajos. Permanece tranquilo y procura hablar sm excesi-
va falta de mesura. ¿No sabes muy bien, a pesar de tu
mucha sabiduría, que a una lengua imprudente se le aplica
siempre el castigo?
330 PROMETEO. - Te envidio por estar tú exento de culpa.
Ya que no osaste participar en todo conmigo, déjalo
ahora y no te preocupes. De todas formas no vas a persua-
dirlo. No se deja convencer fácilmente. Mira bien que no
sufras tú mismo algún daño por este viaje.
OCÉANO. - Eres mucho mejor para hacer entrar en ra-
335
zón a la gente que se acerca a ti que a ti mismo. Lo advier-
to en los hechos y no en las palabras. Ya que estoy en
camino de hacerlo, no te opongas a ello. Presumo -sí-,
presumo de que Zeus ha de concederme esta gracia de suerte
que pueda librarte de estos trabajos.
PROMETEO. - Te alabo en eso y jamás dejaré de ala-
340
barte, porque no te falta buena voluntad. Pero no te es-
fuerces, porque vas a tomarte molestias en vano sin ningu-
na utilidad para mí, si a esforzarte por mí te dispones.
Antes, al contrario, tranquilízate y mantente alejado de
este asunto. Ya que yo estoy sumido en el infortunio, no
345
por esto voy a querer para otros muchos que les alcancen
sufrimientos como los míos. No, desde luego. Ya me ator-
mentan bastante las desdichas de mi hermano Atlante
que, por las regiones occidentales, permanece en pie soste-
niendo sobre sus hombros la columna existente entre el
350
cielo y la tierra, trabajo no fácil de soportar.
También sentí compasión cuando vi subyugado por la
violencia al fogoso Tifón, hijo de Tierra, destructor mons-
truoso de cien cabezas, habitante de grutas cilicias. Se ha-
355
bía enfrentado fa todosf los dioses, silbando terror con
sus horrendas quijadas. Brillaba en sus ojos el fulgor de
una mirada aterradora, como si fuera a aniquilar con su
violencia la realeza de Zeus. Pero le alcanzó el dardo de
Zeus que siempre está alerta, el rayo que baja a la tierra
exhalando fuego, y lo abatió terriblemente de sus jactan-
360
cías de lengua altanera, pues, herido en las mismas entra-
ñas, fue aniquilada por el rayo su fuerza y el quedo redu-
cido a cenizas. Y por ahora, como algo inútil que se ha
tirado yace cerca de un estrecho marino, aprisionado en
365 el fondo del Etna. en tanto que Hefesto, instalado en sus
mas altas cumbres, se dedica a la forja del hierro. De allí
algún día reventarán ríos de fuego que devorarán con qui_
jadas feroces los llanos campos de Sicilia, productora de
370 excelentes frutos. ¡Tal será la cólera que hará hervir Tifón
con los rayos ardientes de una terrible tempestad que exha-
lará a pesar de estar ya carbonizado por el rayo Zeus.
No eres tú inexperto ni necesitas que yo sea tu maestro
375 Ponte ya a salvo como sabes hacerlo, que yo agotaré mi
Presente infortunio hasta que la mente de Zeus abandone
su ira.
OCËANO. - ¿No sabes, Prometeo, que para un temple
enfermo los únicos médicos son las palabras?
PROMETEO. - Eso es asi, si en el momento oportuno
380 alguien procura apaciguar su corazón, en lugar de intentar
desinflarlo cuando está hinchado por la pasión.
OCËANO. - ¿Ves acaso que exista algún daño en poner
entusiasmo y arrojarse a ello? Explícamelo
PROMETEO - ¡Vano trabajo y frivola simplicidad!
OCËANO. -Déjame que enferme de esa dolencia
385 que es muy ventajoso tener sensatez y parecer que no se
tiene.
PROMETEO. - Va a parecer que esa falta es cosa mia.
OCÉANO. - Tus palabras me envían por las claras a
mi casa de nuevo.
PROMETEO.-Sí. No vaya a ser que esos lamentos tu-
vos por mi te hagan caer en enemistad.
OCËANO. - ¿Con quien hace poco que ocupa el trono
todopoderoso?
PROMETEO. - Guárdate, no sea que un día el corazón
390
de ése se irrite contigo.
OCÉANO. - Prometeo, tu desgracia me da una lección.
PROMETEO. - ¡Márchate! ¡Vete! ¡Pon a salvo tu ac-
tual forma de pensar!
OCÉANO. - Me has dado esos gritos cuando ya estoy
marchándome, pues mi ave cuadrúpeda roza ya con sus
alas el liso camino del aire y pronto en su establo doblará
395
con gusto las patas para descansar.
CORO.
Estrofa 1.a
Lloro por tí, Prometeo, por tu funesto infortunio,
y el llanto que cae de mis ojos es un río de lágrimas que
400
con su húmeda fuente empapa mis tiernas mejillas. En es-
tos sucesos lamentables, gobernando con sus propias leyes,
muestra Zeus su poder arrogante a los dioses de antaño.
405
Antístrofa 1.a
Resuena ya la tierra entera llena de gemidos y <...>
gimen por el magnífico honor tuyo y el de tus parientes
410
que tanto prestigio gozó antiguamente. Y cuantos mortales
habitan el suelo vecino de la sacra Asia sufren con los las-
timeros sufrimientos tuyos.
Estrofa 2.a
Y las vírgenes que habitan la tierra de Cólquide,
415
intrépidas en el combate, y las hordas de Escitia que
ocupan la más remota región de la tierra en torno del lago
Meótide.
Antístrofa 2.a
420 Y la flor belicosa de Arabia, y los que habitan cerca
del Cáucaso una ciudad sobre altura escarpada, devasta-
dor ejército que ruge atacando con agudas lanzas.
Estrofa 3.a
425 [Solo vi antes a otro dios vencido con la opresión de
lazos de acero, cuando vi en tormento al titán Atlante,
que continuamente llora el eminente poder, pleno de fuerza,
430 que le impuso aguantar sobre sus hombros la esfera celes-
te.}
Antístrofa 3.a
Gime al romper la ola marina, gime el fondo del mar,
muge debajo el hondón del reino de Hades, y las fuentes
435 fluviales de puras corrientes gimen un dolor que inspira
piedad.
PROMETEO. - No penséis que callo por orgullo o por
arrogancia. Mi corazón se desgarra en la angustia al verme
440 ultrajado con ignominia. Sin embargo, ¿quién sino yo de-
finió enteramente las prerrogativas a esos dioses nuevos?
Pero lo callo, pues también vosotras sois sabedoras de lo
que yo podría deciros.
Pero oídme las penas que había entre los hombres y
cómo a ellos, que anteriormente no estaban provistos de
entendimiento, los transformé en seres dotados de inteli-
gencia y en señores de sus afectos.
Hablaré, aunque no tenga reproche alguno que hacer
445
a los hombres. Sólo pretendo explicar la benevolencia que
había en lo que les di.
En un principio, aunque tenían visión, nada veían, y,
a pesar de que oían, no oían nada, sino que, igual que
fantasmas de un sueño, durante su vida dilatada, todo
lo iban amasando al azar.
450
No conocían las casas de adobes cocidos al sol, ni tam-
poco el trabajo de la madera, sino que habitaban bajo la
tierra, como las ágiles hormigas, en el fondo de grutas sin
sol.
No tenían ninguna señal para saber que era el invierno,
ni de la florida primavera, ni para poner en seguro los
455
frutos del fértil estío. Todo lo hacían sin conocimiento,
hasta que yo les enseñé los ortos y ocasos de las estrellas,
cosa difícil de conocer. También el número, destacada in-
vención, descubrí para ellos, y la unión de las letras en
460
la escritura, donde se encierra la memoria de todo, artesa-
na que es madre de las Musas. Uncí el primero en el
yugo a las bestias que se someten a la collera y a las perso-
nas, con el fin de que substituyeran a los mortales en los
trabajos más fatigosos y enganché al carro el caballo obe-
465
diente a la brida, lujoso ornato de la opulencia. Y los ca-
rros de los navegantes que, dotados con alas de lino, sur-
can errantes el mar, ningún otro que yo los inventó.
Y después de haber inventado tales artificios -¡des-
470
dichado de mí!- para los mortales, personalmente no ten-
go invención con la que me libre del presente tormento.
CORIFEO. - Has sufrido un daño humillante que te ha
llevado a perder el control de tu mente y a extraviarte.
Como un mal médico que cae enfermo, te descorazonas,
475 y así no puedes averiguar con qué remedio podrías curarte.
PROMETEO. - Más te extrañarás si oyes lo que falta:
qué artes y recursos imaginé. Lo principal: si uno caía en-
fermo, no tenía ninguna defensa, alguna cosa que pudiera
480 comer, untarse o beber, sino que por falta de medicina,
se iban extenuando, hasta que yo les mostré las mixturas
de los remedios curativos con los que ahuyentan toda
dolencia. Clasifiqué las muchas formas de adivinación
485 y fui el primero en discernir la parte de cada sueño que
ha de ocurrir en la realidad.
Les di a conocer los sonidos que encierran presagios
de difícil interpretación y los pronósticos contenidos en los
encuentros por los caminos.
Definí con exactitud el vuelo de las aves rapaces:
490 cuáles son favorables por naturaleza y cuáles siniestros;
qué clase de vida tiene cada una, cuáles son sus oáio^
sus amores y compañías, la tersura de sus entrañas y qué
color debe tener la bilis para que sea grata a los dioses,
495 y la varia belleza del lóbulo hepático.
Encaminé a los mortales a un arte en el que es difícil
formular presagios, cuando puse al fuego los miembros
cubiertos de grasa y el largo lomo. Hice que vieran con
claridad las señales que encierran las llamas, que antes es-
500 taban sin luz para ellos. Tal fue mi obra.
Bajo la tierra hay metales útiles que estaban ocultos
para los hombres: el cobre, el hierro, la plata y el oro.
¿Quién podría decir que los descubrió antes que yo? Nadie
-bien lo sé-, a menos que quiera decir falsedades.
505 En resumen, apréndelo todo en breves palabras: los mor-
tales han recibido todas la artes de Prometeo.
CORIFEO. - No ayudes a los mortales más allá de la
justa medida y no te despreocupes de ti cuando estás sumi-
do en el infortunio. Porque abrigo la buena esperanza de
que tú, una vez libre de estas cadenas, vas a tener un
poder que en nada va a ser menor que el de Zeus. 510
PROMETEO. - La Moira, que todo lo lleva a su fin,
no ha decretado todavía que eso se cumpla de esa manera,
sino que tras desgarrarme en mil dolores y calamidades,
escape entonces de estas cadenas. El arte es, con mucho,
más débil que Necesidad 24.
CORIFEO. - ¿Y quién dirige el rumbo de Necesidad? 515
PROMETEO. - Las Moiras triformes 25 y las Erinis, que
nada olvidan.
CORIFEO. - ¿Entonces, es Zeus más débil que ellas?
PROMETEO. - Así es, desde luego. Él no podría esqui-
var su destimo.
CORIFEO. - ¿Pues qué destino es el de Zeus sino el te-
ner siempre el poder?
PROMETEO. - No lo puedes saber todavía. No insistas 520
en ello.
CORIFEO. - ¿Es, quizás, un secreto augusto lo que es-
tás ocultando?
PROMETEO. - Hablad de otro asunto. De ninguna ma-
nera es ocasión de anunciar ése, sino que al máximo hay
que ocultarlo, pues, si lo guardo, escaparé de estas infa- 525
mes cadenas y calamidades.
CORO.
Estrofa 1.a
¡Nunca Zeus que todo lo rige ponga su fuerza como
adversaria de mi voluntad, ni yo me duerma en acercarme
a los dioses con santos festines en los que se ofrecen sacr,-
«o fetos de bueyes junto a la corriente inagotable de m, padre
S; ni alegue a pecar de palabra, sino aue este deseo
permanezca en mí siempre y nunca se borre!
^TduÍce cosa vivir larga vida abrigando animosa
esperan», fortaleciendo nuestro corazón de radiante alesna
,40 Pero yo me estremezo de verte desgarrado por mu su-
frisemos <...>, PW sin temblar ante Zeus. por \\pro-
Shuntad, Prometeo, colmas a los mortales de e^es,.
vos honores.
B^ ^ amigo!, ¿de qué modo puede ser agradecí.
545 do Koraue Tas hecho? -. D,melo: ¿donde podr,a ha.
be par.ti ^ún socorro? ¿Es posible una ayuda de seres
efímeros^ ¡No te fijaste en la endeblez carente de fuerza,
,,o ¡minie a un sueño, a aue está encadenada la c,ega raza
Tioshumanos! t/N»^ la voluntad de los mortales vio-
lará el plan armonioso de Zeus!
Antístrofa 2.a
Lo he aprendido al contemplar. Prometeo, tu suerte
funesta.
Un cántico muy diferente ha venido volando hasta 555
mí: aquel himeneo v que estuve cantando cerca del baño
y de tu lecho por tu matrimonio, cuando, como esposa,
condujiste al lecho nupcial a Hesíone, hija del mismo pa-
dre que yo, tras convencerla con tus regalos de preten- 560
diente.
(Entra lo con cuernos de vaca.)
lo. - ¿Qué tierra es ésta? ¿Qué raza hay^ui? ¿Quién
diré que es éste que estoy viendo expuesto al rigor de las
tempestades en frenos de rocas? ¿En castigo de qué falta
pereces?
Indícame en qué lugar de la tierra me he extraviado 565
yo -¡desgraciada!-.
(lo hace movimientos de desasosiego.)
¡Ay, pena, pena! De nuevo -¡infeliz!- me pica un
tábano, espectro de Argo, hijo de la Tierra.
¿Ah, Tierra, aléjalo! Siento miedo de ver al boyero de
innúmeros ojos. Con mirada pérfida camina, y ni muerto
lo oculta la tierra, sino que, saliendo de entre los muer- 570
tos, me persigue -¡infeliz!- y me hace caminar errante
y hambrienta por la arena de la orilla del mar.
Estrofa 1.a
Al compás de la flauta sonora ajustada con cera suena
un canto que incita al sueño 28. ¿Adonde me lleva este 575
errabundo correr por tierras lejanas?
¿En qué, hijo de Crono, en qué me hallaste culpable
para uncirme al yugo de estos dolores -¡ay, ay!- y ator-
580 mentas así a esta infeliz enajenada por el terror con que
me incita el tábano?
Abrasadme} en el fuego, sepúltame en la tierra o entré-
game de pasto a los monstruos del mar. No rechaces, Se-
585 ñor, mis plegarias. Ya me ha fatigado en exceso este andar
errante corriendo errabunda por múltiples tierras. Y, sin
embargo, no puedo llegar a saber cómo evitar estos dolo-
res. ¿Oyes la voz de la doncella portadora de cuernos de
vaca?
PROMETEO. - ¿Cómo no voy a oír a la joven hostiga-
590 da del tábano, a la hija de Ínaco, a la que inflama de
amor el alma de Zeus y que ahora, odiada por Hera, se
fatiga a la fuerza en carreras sin fin?
Antístrofa 1.a . _
lo - ¿De dónde sabes tú el nombre de mi padre que
595 acabas de decir? Dile a esta triste quién eres tú, oh in-
fortunado, que has saludado con tanto acierto a esta des-
dichada y has aludido a esta dolencia enviada por una dei-
dad que me consume punzándome con el aguijón que me
obliga a vagar corriendo sin rumbo?
600 ¡Ay, ay de mí! He venido impulsada por la tortura
del hambre a que me someten mis continuos brincos. Víc-
tima soy del rencoroso designio de Hera. ¿Quiénes hay en-
605 iré los desdichados -¿ay de mu- que sufran lo mismo
que yo-> ¡Vamos, indícame con claridad lo que me espera
aún padecer! ¿Qué remedio hay, qué medicina de mi en-
fermedad? Dímelo, si lo sabes. Grita y explícaselo a esta
triste y errante doncella.
PROMETEO. - Te diré claramente todo lo que tú de-
6io seas saber, sin andar entretejiendo enigmas, sino con pa-
labras sencillas, como es justo que hablen los amigos. Es-
tas viendo a Prometeo, el que dio a los mortales el fuego.
lo. - ¡Oh tú, el que te mostraste a los mortales como
universal benefactor, infeliz Prometeo, ¿en castigo de qué
sufres esto?
PROMETEO. - Hace un momento he renunciado a lio- 6i5
rar mis trabajos.
lo. - ¿No podrías hacerme un favor?
PROMETEO. - Di lo que quieras. Puedes enterarte de
todo por mí.
lo. - Dime quién te ató a ese precipicio.
PROMETEO. - La decisión de Zeus y la mano de He-
festo.
lo. - ¿Por qué clase de faltas estás cumpliendo pena? 620
PROMETEO. - Sólo con eso que te he explicado, ya he
dicho bastante.
lo. - Además de eso, muéstrame la terminación de mi
andar errante. ¿Cuál será ese momento para esta infeliz?
PROMETEO. - No saberlo es mejor para ti que saberlo. 625
lo. - Insisto. No me ocultes lo que debo sufrir.
PROMETEO. - ¡Pero si yo no intento negarte ese favor!
lo. - ¿Por qué, entonces, demoras anunciármelo todo?
PROMETEO. - No existe inconveniente alguno, sólo que
temo conturbar tu ánimo.
lo. - No te preocupes tú por más tiempo de mí en
lo que es mi gusto.
PROMETEO. - Puesto que así lo deseas, yo debo hablar. 030
Escúchame.
CORIFEO. - Todavía no. Concédeme también a mí una
parte en ese placer. Procuremos saber antes que nada la
dolencia de ésta y que ella misma cuente su funesto infor-
tunio. El resto de sus penas, enséñalas tú.
PROMETEO. -Asunto tuyo es, lo, el conceder tal favor 035
a éstas. Por muchas razones y, en primer lugar, por ser
hermanas de quien es tu padre 29. Porque vale la pena de
gastar el tiempo en llorar y quejarse del propio infortunio,
cuando uno espera que hará llorar con él a quienes lo
escuchan.
640 lo. - Sé que no debo dejar de obedeceros. Con claro
relato vais a saber cuanto deseáis. Sin embargo, siento ver-
güenza hasta de contar de dónde -¡infeliz!- me sobrevi-
no repentinamente la tormenta enviada por una deidad y
645 la pérdida de mi forma humana. Sí; de continuo frecuen-
taban mi alcoba de virgen visiones nocturnas que me sedu-
cían con dulces palabras: «¡Oh muy dichosa doncella, ¿por
qué sigues virgen tan largo tiempo, cuando te es posible
650 lograr la óptima boda? Sí; Zeus ha sido encendido por
el dardo de tu deseo y quiere gozar contigo de Cipris. No
desdeñes tú, niña, el lecho de Zeus, sino sal al prado de
alta hierba de Lerna 30, a las manadas y establos de vacas
propiedad de tu padre, para que la mirada de Zeus halle
655 satisfacción de su deseo.» Por tales sueños era acuciada
-¡infeliz de mí!- todas las noches, hasta que me atreví
a revelar a mi padre los ensueños que por la noche me
frecuentaban. Él envió entonces mensajeros frecuentes a
consultar los oráculos de Dodona y Delfos, para informar-
660 se de qué había que hacer o decir para obrar de modo
grato a los dioses, pero regresaban anunciando ambiguos,
confusos oráculos que habían sido dichos en forma de di-
fícil interpretación. Por fin llegó a Ínaco un oráculo claro
665 que abiertamente le hacía saber y le exigía que me echase
fuera de mi casa y mi patria, para que en libertad 31 vaga-
ra yo hasta el último confín de la tierra, si él no quería
que el ardiente rayo de Zeus viniera a aniquilar a toda
su raza. Obediente a tales vaticinios de Loxias, mal de su
grado y contra mi propio deseo, me expulsó de mi casa 6?o
y me la cerró. El freno de Zeus le obligaba a hacer esto
a la fuerza. Inmediatamente cambiaron mi forma y mi men-
te, y con estos cuernos que veis, picada por un tábano 675
de agudo aguijón, me dirigí con frenéticos saltos a la
fresca corriente de Cernea 32 y a la fuente de Lerna. Un
boyero nacido de la tierra, Argo, cuyo talante carece de
moderación, me acompañaba vigilando mis pasos con sus
múltiples ojos. De improviso, frepentinaf muerte le privó 680
de vivir, pero yo sigo errante, de tierra en tierra, herida
del tábano, impulsada por látigo divino. Ya oyes lo ocurri-
do. Si tú puedes decir lo que resta de mis trabajos, indíca-
melo. No me confortes con palabras falsas por haber 685
sentido compasión de mí, pues aseguro que amañar las pa-
labras es el vicio más vergonzoso.
CORO. - ¡Deja, deja, aparta! ¡Ay! ¡Nunca, nunca hu-
biera dicho que un tan extraño relato llegase a mi oído,
frn que dejaran helada mi alma con su aguijón de doble 690
filo sufrimientos, torpezas y horrores^ tan insoportables
y penosos de ver! /Ay, ay!¡Qué triste destino! ¡Qué triste
destino! ¡Me estremezco de ver la situación de lo! 695
PROMETEO. - Temprano -¡sí!- te pones a gemir y
te llenas de miedo. Aguarda a conocer también lo que le
queda que sufrir.
CORIFEO. - Habla, enséñamelo. A los que están enfer-
mos les resulta grato conocer previamente con claridad el
dolor que aún les aguarda.
700 PROMETEO. - Tu anterior petición la obtuvisteis de mi
sin ocultad, pues antes sentíais deseos de informaros me-
dLe su propio relato de su infortunio. Ahora e.uc^
lo que falta, la clase de sufrimientos que ha de soportar
esta joven de parte de Hera.
,05 Y tú, hija de Ínaco. guarda mis palabras en tu cora-
zón para que te enteres del fin de tu viaje.
En primer lugar, vuélvete desde aquí hacia la sahda de
sol y recorre campos que no están arados. Llegaras a los
7,0 nómadas escitas, que habitan bajo techos trenzados suto-
dos en carros de buenas ruedas, armados con arcos de lar-
S alance. No te acerques a ellos, sino atraviesa e pw.
cegando tus pasos a las rocas costeras donde rompe el mar
7. ^0°^ viven los calibos, artífices del hierra
de los que tú debes guardarte, pues están salvajes y no
son accesibles a los extranjeros.
Luego Uegarás al rio Hibnstes -no es falso su
nombre- ". No intentes atravesarlo, pues no es fácil de
7,0 atiesar antes de llegar al mismo Caucase, la más alta
720 montana: donde desahoga su furor el no desala^a
falda del monte. Preciso es que pases sobre las c"nas•vec,
ñas ya de las estrellas, y bajes al camino que se dirige ^
medLia, donde llegarás al ejército de las Ananas que
7. odio alimentan contra los varones y "° dla P?^ :
miscira, en las proximidades del Termodonte .donde es
Sudoso " la áspera quijada de la boca del Ponto,
huéíd hostil para los marineros, madrastra de las naves.
Ellas te enseñarán el camino, y muy de su grado.
Llegarás después al istmo cimérico 3Ó, a las mismas an-
gostas puertas del lago 37 y, luego que lo hayas dejado 730
atrás con decisión, debes atravesar el estrecho del lago Meó-
tide 38. De tu paso por él siempre se hará entre los hom-
bres mención destacada: se llamará Bosforo. Cuando ha-
yas dejado el suelo de Europa, llegarás al continente de 735
Asia.
¿No os parece que el tirano de las deidades es por igual
en todo violento? Sí. Ese dios, por el capricho de unirse
con esta mortal, le ha impuesto este caminar de continuo
errante.
Amargo es, muchacha, el pretendiente de boda que te
ha tocado, pues el relato que ahora has oído, no pienses 740
que está en su preludio siquiera.
lo. - ¡Ay de mí! ¡Ay! ¡Ay de mí!
PROMETEO. - De nuevo has gritado y estás mugiendo
profundamente 39. ¿Qué, entonces, harás cuando te ente-
res de las desgracias que aún te quedan?
CORIFEO. - ¿Le vas acaso a decir algo que le falta a 745
sus sufrimientos?
PROMETEO. - Un piélago tempestuoso de funestas ca-
lamidades.
lo. - ¿Qué ventaja, entonces, tengo en vivir? ¿Por qué
no me he arrojado al momento desde esta roca escarpada,
para que al haberme estrellado en el suelo me hubiera 750
librado de todas mis penas? ¡Sí! ¡Mejor es morir de una
vez que sufrir con deshonra a lo largo de todos los días!
PROMETEO. - Difícilmente, entonces, soportarías mis
dolores, cuando es precisamente no morir mi destino Eso
755 sería una liberación de mis sufrimientos. Pero por ahora
no existe término fijado a mis males, hasta que caiga Zeus
de su tiranía. .
lo. - ¿Es, entonces, posible que Zeus caiga de su
poder? ,
PROMETEO. - Gozarías -creo- de ver tal suceso.
lo - ¿Cómo no, si sufro miserias por culpa de Zeus/
760 PROMETEO. - En ese caso puedes alegrarte, convencida
de que eso es así. .
lo - ¿Quién lo despojará de su cetro tiránico?
PROMETEO. - Él mismo, por la vanidad de sus decisio-
nes
lo. - ¿De qué manera? Indícamelo, si no hay daño
en ello. , , , ,,
PROMETEO. - Celebrará una boda tal, que algún día
la deplorará. ,
^ lo. - ¿Con una diosa o con una mortal? Cuentamelo,
si puede decirse. .,
PROMETEO. - ¿Por qué me preguntas con quien? No
puede decirse en voz alta.
lo - ¿Tal vez su esposa lo va a echar del trono?
PROMETEO. - Sí. Va a parir un hijo más fuerte que
el padre.
lo - ¿Y no puede apartar de si ese infortunio?
770 PROMETEO. - No por cierto. Solamente yo lo puedo
librar, una vez libre de estas cadenas.
lo - ¿Y quién va a soltarte, si Zeus se opone?
PROMETEO. - Preciso es que sea uno de tus descendien-
+r»c
'lo. - ¿Cómo has dicho? ¿Qué un hijo mío te va a li-
berar de tus sufrimientos?
PROMETEO. - El tercero en generación después de otras
^r^s^ el oráculo ése de fácil interpre-..
1'íir*íoTl
PROMETEO. - No andes buscando conocer a fondo tus
propios pesares. .
lo. - No me prives de una veníala que previamente
me habías ofrecido.
PROMETEO. - De entre dos relatos te concederé el don
de ^.o-de¿Dleoqué dos relatos? Explícamelo y concédeme
a mPRSoMEeSió-n•Te lo concedo. Elige, pues, entre que te .o
diga con claridad lo que resta de tus sufrimientos o el que
ha ^"•Decídete a hacer uno de esos favores a és-
ta y el otro a mí. No nos juzgues indignas de tu informa-
ción. Dile a ésta lo que aún le queda de su andar errante,
y dime a mí quién te soltará, pues eso deseo.
PROMETEO. - Puesto que tanto lo deseáis, no voy a
oponerme a deciros todo cuanto me preguntáis^
A ti primero, lo, voy a decirte tu vagar agitado en ex-
tremo. Grábalo en las tablillas de tu memoria que hay en 790
tu So hayas atravesado la corriente que hace de lto_
te de ambos continentes, dirígete hacia la llameante salida
del sol. Atraviesa el estruendo del mar hasta que hayas
llegado a la llanura de las Gorgonas, en Cistene donde
hartan las Fórcides 4». tres viejas doncellas con figura de w
cisne que tienen un ojo y un diente para las tres. Ni el
sol con sus rayos las mira jamás, ni de noche la luna. Cer-
ca de ellas hay tres hermanas aladas, con cabellera de ser-
800 pientes. Son las Gorgonas, odiadas por los mortales, pues
no hay mortal que, si las mira, conserve el aliento. Tal
es la advertencia que te hago.
Escucha otro terrible espectáculo: guárdate de los gri-
fos perros de Zeus no ladradores y de afilado hocico, y
805 del'ejército de los arimaspos 41, que tienen un solo ojo
y van a caballo, que habitan junto al curso del no Plutón
de aurífera corriente. No te acerques a ellos.
Llegarás a una tierra lejana, a una raza negra que habi-
ta junto a las fuentes del sol, donde se encuentra el no
8,0 Etíope 42. Sigue pegada a su ribera hasta que llegues a
donde empieza la catarata, allí donde el Nilo, desde lo
montes de Biblo impulsa su saludable, sacra comente El
te guiará hasta la tierra triangular llamada Nilotis , don-
áis de está decretada por el destino para ti, lo, y para tus
hiios la fundación de una nueva colonia .
'li Ío de esto es para ti oscuro o difícil de hallar su
camino, vuelve a preguntar y entérate con claridad. Tengo
más tiempo del que quisiera.
CORIFEO - Si puedes aún decirle algo de lo que le fal.;
820 ta de su funesto vagar o lo has omitido, dilo. Pero, si
lo has dicho todo, haznos ahora el favor que pedimos.
Lo recuerdas sin duda.
PROMETEO. - Ésta ya oído el final de su viaje. Y para
que sepa que no me escucha en vano, le diré las muchas 825
penas que ha padecido antes de que aquí hubiera llegado.
Así le daré una garantía de mis palabras.
Omitiré la mayor parte de cuanto yo pudiera decirle
e iré derecho al término de su andar errante. Sí. Cuando
llegaste a la llanura de Molosia y cerca de Dodona, situada §30
en lo alto de un monte 45, donde existe un oráculo y una
sede de Zeus, en la Tesprótide 46, y un prodigio increíble:
unas encinas parlantes, que claramente y sin ninguna clase
de enigmas te saludaron como a la que va a ser la ilustre 835
esposa de Zeus.
¿Te halaga algo eso?
Desde allí, acosada del tábano, recorriste el camino que
hay junto a la costa hasta el inmenso golfo de Rea. Desde
allí estás sacudida por la tormenta de una carrera en senti-
. do contrario. El fondo de ese mar -sábelo bien- en tiem- 840
pos futuros se llamará Jonio 47, recuerdo de tu viaje para
los mortales.
Signos son éstos de que mi mente ve más allá de lo
manifiesto.
El resto a vosotros y a ésta, a la vez, os lo voy a decir,
siguiendo el hilo de mi primer relato. Hay una ciudad 845
-Canobo-, la última de ese país, junto a la misma boca
y alfaques del Nilo. Allí exactamente te dejará Zeus encin-
ta, rozándote con su mano sin inspirarte temor alguno,
con sólo tocarte. De aquí recibirá el nombre la deseen- 850
dencia de Zeus que parirás: el negro Épafo, que cosechará
cuantos frutos produce la tierra que riega el Nilo de ancha
corriente. La quinta generación a partir de él, constituida
855 por cincuenta doncellas, regresará a Argos mal de su grado,
huyendo de la boda consanguínea con sus primos herma-
no^Ellos, con la mente ofuscada por el deseo, lo mismo
que halcones que ya no están lejos de unas palomas, llega^
rán con el fin de dar caza a unas bodas cuya caza esta
prohibida; pero la deidad rehusará concederles sus cuer-
860 pos, y el país de Pelasgo los recibirá fvencidost por un
Ares que mata por medio de mujeres con una audacia que
monta la guardia durante la noche. Sí. Cada esposa a cada
marido privará de la vida, tiñendo la daga de doble filo
en el degüello. ¡Tales bodas conceda Cipris a mis enemi-
865 gos! Pero a una de las niñas la ablandará el deseo y evitara
que dé muerte a su esposo48. Plaqueará su voluntad y,
ante la opción de estas dos denominaciones, preferirá ser
llamada cobarde en vez de asesina. Esta, al engendrar, da-
870 rá origen a un linaje regio que reinará en Argos. Se
necesita un largo discurso para exponer esto con exacti-
tu Lo cierto es que de ella procederá un audaz descendien-
te célebre por su arco, que va a liberarme de estos sufri-
mientos. Tal es el oráculo que mi madre me reveló, la que
875 en edad muy antigua nació, la titánide Temis. Pero como
y dónde ocurrirá, eso necesita de largo discurso para decir-
lo y nada vas tú a ganar en saberlo.
lo - ¡Dolor! ¡Ay, dolor! De nuevo me abrasa por den-
880 tro una convulsión y delirios enloquecedores, y me punza
la flecha del tábano no forjada a fuego. El corazón golpea
de miedo en mi pecho. La vista me da vueltas y mas vuel-
tas. Bajo el influjo de una furiosa ráfaga de rabia, me
salgo del camino.
Ya no tengo dominio de mi lengua, y mis vagas pa- 885
labras van chocando al azar contra las olas de la odiosa
ceguera de mi mente.
(lo sale de escena precipitadamente.)
CORÓ.
Estrofa.
Sabio -si-, sabio era quien el primero sopesó en su m
mente y expresó con la lengua que emparentar con arreglo
a su clase social es mucho mejor y, cuando uno trabaja
con las manos, no apasionarse por boda con quien vive
en molicie debido a su riqueza o está lleno de orgullo por
su estirpe.
Antístrofa.
¡Jamás, jamás, oh Moiras <...> el lecho de Zeus me 895
veáis compartir, ni me acerque a un esposo de los que del
cielo proceden! Porque me espanto de la doncellez rebelde
al amor, cuando veo a lo consumida en esas dolorosos 900
carreras errantes que le impone fiera.
Epodo.
A mí, cuando mi boda sea con un igual, de por sí no
me inspira miedo; pero temo que con amor me miren los
inevitables ojos de deidades más poderosas. Es ésa una gue-
rra a la que no puede responderse con guerra, un camino
de muchas salidas en el que tú no tienes ninguna y no 905
sé qué sería de mí, pues no veo cómo podría esquivar la
astucia de Zeus.
PROMETEO. - La verdad es que Zeus, aunque ahora sea
arrogante de espíritu, en el futuro va a ser humilde, según
la boda que se dispone a celebrar, que lo arrojará de su
910 tiranía y de su trono en el olvido. En ese momento se cum-
plirá plenamente la maldición que imprecó antaño su pa-
dre Crono, al ser derrocado de su antiguo trono. No existe
dios que pueda mostrarle con claridad escapatoria de tales
915 penas, excepto yo. Yo sí que lo sé y de qué manera. Así,
que siga sentado haciendo alarde de sus ruidos aéreos 49
y, confiado, siga blandiendo en sus manos el dardo que
exhala fuego, pues nada de eso le bastará para impedirle
920 caer con un fracaso ignominioso e insorportable. Tal es
el rival que él mismo ahora se está preparando, prodigio
invencible en extremo que hallará una llama más poderosa
que el rayo y un fuerte estruendo que supere al trueno,
la que destrozará la fdolenciaf marina que hace a la tierra
925 temblar, el tridente, esa lanza de Posidón. Y cuando tro-
piece con esa desgracia, aprenderá cuánto va de mandar
a servir.
CORIFEO. - Ese fracaso que estás prediciendo en con-
tra de Zeus es, precisamente, lo que tú deseas.
PROMETEO. - Estoy diciendo lo que va a cumplirse, ade-
más de que yo lo quiero.
930 CORIFEO. - ¿Hay que esperar que alguien venga a ser
el amo de Zeus?
PROMETEO. - Sí. Tendrá trabajos más penosos que és-
tos para su cuello.
CORIFEO. - ¿Cómo no sientes miedo de proferir tales
palabras?
PROMETEO. - ¿Qué podría temer, si mi destino es'no
morir?
CORIFEO. - Pero él podría procurarte un trabajo más
doloroso aún que éste.
935 PROMETEO. - ¡Que lo haga! ¡Todo lo espero!
CORIFEO. - Pero son sabios quienes respetan a
Adrastea50. , . ,
PROMETEO. - Honra tú, ruega, halaga al que tiene el
poder en cada momento, que a mí Zeus me importa menos
que nada. Que actúe, que ejerza el poder a su gusto este
corto tiempo, que no por mucho va a estar a la cabeza 940
de los dioses.
Pero aquí veo al que es mensajero de Zeus, al servidor
del nuevo tirano. Sin duda ha venido a dar alguna noticia.
(Entra Hermes.)
HERMES. - A tí, al sabio, al que en dureza supera al
más duro, al que faltó contra los dioses al entregar sus 945
honores a los efímeros, al ladrón del fuego me estoy
dirigiendo. ,
Ha mandado el padre que digas cual es esa boda de
que te jactas por la que él va a ser derrocado de su poder.
Y en esto, nada de enigmas, sino cosa por cosa explícalo. 950
Y no me obligues a un nuevo viaje. Ya estás viendo que
Zeus no se ablanda con gente como tú.
PROMETEO. - Solemne en verdad y lleno de arrogancia
es tu discurso, como corresponde a quien es servidor de
los dioses. , ,. .
Jóvenes sois que acabáis de estrenar el poder y os creéis 955
que habitáis en alcázares que os hacen inmunes a todo do-
lor ¿No he visto yo a dos tiranos caer de ellos? Y a un
tercero veré, el que ahora es el amo, de la manera mas
ignominiosa y muy pronto. ¿Te parece que yo tengo miedo 960
y que estoy temblando de los nuevos dioses? ¡Lejos de mi
eso sí, completamente! Así que date prisa en volver por
el camino que has traído, pues no voy a enterarte de nada
de cuanto me preguntas.
HERMES. - Ten en cuenta que ya, antes de ahora, con
965 desplantes así, te amarraste tú mismo a estos sufrimientos.
PROMETEO. - Sábelo bien: no cambiaría yo mi desgra-
cia por tu servilismo.
HERMES. - Tengo la impresión de que es preferible ser-
vir a esta roca que ser el fiel mensajero del padre Zeus.
970 PROMETEO. - t¡Así hay que ultrajar a quienes te ultra-
jan! f
HERMES. - Parece que presumes de tu situación.
PROMETEO. - ¿Que presumo? ¡Ojalá viera yo presu-
mir de este modo a mis enemigos! ¡Y entre ellos a ti, te
aseguro!
HERMES. - ¿También a mí me atribuyes parte de cul-
pa en tu desgracia?
975 PROMETEO. - En una palabra: odio a cuantos dioses
me maltratan injustamente después de haber recibido de
mí beneficios.
HERMES. - Al oírte advierto que tú eres víctima de no
leve locura.
PROMETEO. - Deseo estar loco, si locura es aborrecer
a mis enemigos.
HERMES. - Serías inaguantable, sí el éxito te acompa-
ñara.
980 PROMETEO. - ¡Ay de mí!
HERMES. - Esa expresión no la sabe Zeus.
PROMETEO. - Todo lo enseña el transcurso del tiempo.
HERMES. - Y, sin embargo, tú todavía no has aprendi-
do a ser prudente.
PROMETEO. - Es verdad: no hubiera debido hablarte
por ser tú un criado.
HERMES. - Tengo la impresión de que nada vas a de-
cir de lo que mi padre desea.
PROMETEO. - ¡Claro! ¡Como estoy en deuda con él, 985
debería pagarle con mi gratitud!
HERMES. - Te has mofado sin duda de mí, como de
un chiquillo.
PROMETEO. - ¿Pues no eres un niño e, incluso, aún
más inocente que un niño, si estas esperando enterarte de
algo por mí?
No existe tortura ni recurso alguno con el que Zeus
pueda obligarme a descubrir eso antes que me quiten es- 990
tas oprobiosas cadenas. Ante esto, ¡que precipite sobre mí
la llama que reduce a cenizas, que todo el universo con-
funda y trastorne entre una tempestad de blancas alas de
nieve y truenos subterráneos! Porque nada de eso me va 995
a doblegar hasta el punto que llegue a decirle por quién
debe ser derrocado de su tiranía.
HERMES. - Mira, entonces, si eso te sirve de algo.
PROMETEO. - Tiempo ha que lo he visto y lo he
decidido.
HERMES. - Ten valor, pobre loco, ten valor una vez
de pensar con cordura ante tus actuales dolores. iooc
PROMETEO. -- Me molestas en vano. Es igual que si pre-
tendieras aquietar las olas. Jamás se te ocurra que yo, por
temor a un decreto de Zeus, voy a afeminar mi tempera-
mento y a suplicar al que tanto odio, volviendo hacia arri- iow
ba mis manos con una mujer, que me libere de estas cade-
nas. Estoy muy lejos de ello.
HERMES. - Me parece que por mucho que hable voy
a hablar sin ningún resultado, pues con mis súplicas nada
te moderas ni tampoco te ablandas. Muerdes el bocado
lo mismo que un potro bajo el yugo por primera vez.
Te resistes y luchas contra las riendas, pero pones toda 101
tu fuerza en un ardid débil, pues la terquedad del que no
piensa acertadamente, por sí misma carece de fuerza.
]oi5 Si no haces caso de mis palabras, mira qué tempestad
y triple oleada de males inevitables se te viene encima. En
primer lugar, va a hacer pedazos mi padre este escarpado
precipicio sirviéndose del trueno y la llama del rayo, y tu
cuerpo quedará enterrado: un abrazo de piedra te acogerá.
1020 Cuando hayas cumplido un largo trecho de tiempo, tú
volverás de nuevo a la luz. Entonces, el perro alado de
Zeus, águila sanguinaria, con voracidad hará de tu cuerpo
un enorme jirón; y día tras día vendrá -comensal no
1025 invitado- a devorar tu negro hígado. No esperes el fin
de este suplicio hasta que aparezca una deidad que sea tu
sucesor en estos trabajos y esté dispuesto a descender al
lóbrego Hades y a los sombríos abismos del Tártaro.
1030 Reflexiona, pues, que no es una fanfarronada que no
responda a la realidad. Antes, al contrario, lo que yo te
he dicho ha sido dicho con una muy perfecta exactitud,
que la boca de Zeus no sabe mentir, sino que se cumple
siempre su palabra. Tú míralo bien y reflexiona. No pien-
1035 ses que la obstinación es alguna vez mejor que el sabio
consejo.
CORIFEO. - No nos parece que diga Hermes algo ino-
portuno, ya que te ordena que abandones tu testarudez
y procures hallar una sabia cordura. Hazle caso, que es
vergonzoso para un sabio errar.
1040 PROMETEO. - Me ha gritado éste noticias que ya sabia
yo. No es un deshonor que un enemigo sea maltratado
por sus enemigos. Por tanto, ¡que contra mi se precipite
1045 el tirabuzón 51 de doble filo del fuego! ¡Que con el trueno
se conmueva el éter y con la furia de feroces vientos
haga el huracán temblar a la tierra con sus propias raices
desde sus cimientos! ¡Que les olas del mar con áspero
estruendo borren los celestes caminos de las estrellas!
¡Que arroje a lo alto mi cuerpo y en los inflexibles torbelli- 1050
nos de la ineluctable necesidad lo precipite en el Tártaro
tenebroso! Haga cuanto haga, no va a matarme.
HERMES. - Verdad es que decisiones y palabras tales 1055
sólo es posible oírlas de locos, pues ¿qué le falta a la súpli-
ca de éste para ser la de un loco? En qué se modera su
furia? Así que vosotras, las que con él compartís el dolor
por sus sufrimientos, marchaos de este lugar con prontitud 1000
a algún otro sitio, no vaya a ser que turbe vuestra mente
el inexorable mugido del trueno.
CORO. - Dime otra cosa y aconséjame lo que también
pueda convencerme. Sí. Esa frase que has destacado en 1065
tu perorata es intolerable. ¿Cómo se te ocurre incitarme
a realizar una vileza? Con él quiero sufrir lo que haga fal-
ta, pues he aprendido a odiar a los traidores y no hay
peste que aborrezca más que ésa. 1070
HERMES. - En ese caso, recordad lo que yo os anun-
cio, y cuando seáis alcanzadas por el infortunio, nada le
reprochéis a vuestra mala suerte, ni digáis jamás que os
arrojó Zeus de improviso en un sufrimiento -no, por 1075
cierto-, sino vosotras a vosotras mismas, pues sabedoras
de ello y no de repente ni por sorpresa, vais a ser apresa-
das por vuestra falta de reflexión en las inextricables redes
de Ate.
(Sale de escena Hermes. Tiembla la tierra y
se oyen ruidos subterráneos.)
1080 PROMETEO. - Ya no son palabras, sino realidad: la tie-
rra ha temblado. Brama en sus entrañas el eco del trueno.
Brilla el ardiente zig-zag del relámpago. Arremolinan el pol-
1085 vo los torbellinos. Salta entrechocándose el huracanado ím-
petu de todos los vientos, desencadenando una conmoción
de vendavales encontrados. Se han confundido el cielo y
el mar. ¡Tal es la violencia de Zeus que contra mí avanza
deforma visible, intentando aterrorizarme! ¡Oh Majestad
de mi madre! ¡Oh firmamento que haces que vaya girando
la luz común a todas las gentes, ya ves qué impiedad estoy
padeciendo!
(Entre truenos y relámpagos desaparecen Pro-
meteo y el Coro.)


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