Diferencia entre virtudes éticas y dianoeticas

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4.1 Las acciones forman hábitos Las virtudes éticas no son disposiciones naturales como ver y oír, ni tampoco antinaturales como volar. Nuestra naturaleza nos hace susceptible de adquirirlas a través de la costumbre (ejercicio y esfuerzo), de un modo parecido al que un artesano adquiere y perfecciona su habilidad. Cuando en numerosas ocasiones realizamos acciones correctas, se desarrolla en nosotros un modo de estable: hábito, que acaba por ser casi una segunda naturaleza. Si el hábito es malo será un vicio. Los hábitos a su vez configuran el carácter del individuo, una estructura personal estable adquirida. Aristóteles dice que suceden tres clases de cosas en el alma: afectos o pasiones, facultades y modos de ser o hábitos. Los afectos o pasiones son todo lo que va acompañado de placer o dolor, las facultades son aquello que nos permite que las pasiones nos afecten. Ni los afectos ni la capacidad de sentirlos (facultades) pueden ser valorados moralmente. Los hábitos o modos de ser es aquello por lo que nos comparamos bien o mal respecto de las pasiones. Esto si puede ser juzgado moralmente. Concluyendo se puede decir que las virtudes son hábitos (buenos) referidos a las pasiones o afectos, vinculados con la acción y el comportamiento que lleva a cabo el ser humano, para alcanzar la función que le es propia (érgon) y que forja su carácter.




4.2 La educación. El papel del saber en la virtud ética El hecho de que las virtudes se adquieran le da un papel importantísimo a la educación que debe comenzar desde la infancia. Claro está, que en la infancia más temprana no se dispone de prudencia y se hace necesario el adoctrinamiento para “domesticar” la fuerza de las pasiones, que aún no pueden obedecer a la razón. Sin prudencia no hay virtud pero la virtud no consiste solo en poseer la prudencia; aunque las acciones virtuosas son aquellas que se producen de acuerdo con la recta razón. Pese a todo esto el saber no es nada o es muy poco importante en las virtudes éticas, lo que más importa es el cómo se hace: si se sabe lo que se hace (consciencia), si se ha elegido (libertad) y si se hace con precisión y de manera constante. Lo que se consigue mediante la práctica de las acciones virtuosas no se trata de una condición intelectual, ni de una condición física, ni de un mero hábito reflejo; ya que la excelencia moral no se consigue mediante una simple rutina. Lo que se consigue mediante la realización de forma constante de acciones virtuosas es una tendencia a sentirse de un modo determinado, ajustar el placer y el dolor que acompañan a esa acción. Porque la práctica continuada de actos virtuosos hace que sea más fácil realizarlos y hacerlos cada vez mejor y con placer.

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