Coincidencias fatídicas en la muerte de santiago nasar

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La fatalidad es la causa por la cual Santiago Nasar, un apuesto, hermoso, rico y próspero hombre, acaba en tan malas circunstancias. La fatalidad es el tema principal de la novela y aparece como metáfora sobre la insensata vida de los hombres.
El sentido de la fatalidad de la novela, al igual que en el Barroco español, es que la realidad y el paso del tiempo escapan de nuestro control y que lo que tiene que pasar pasará.

El narrador hace ver al lector que los verdaderos causantes de la muerte de Santiago Nasar no son los hermanos Vicario, sino todos aquellos que sabían que lo iban a matar y que por unas circunstancias u otras no pudieron o no quisieron evitar esa muerte, avisándole acerca de lo que los hermanos Vicario estaban planeando.
La fatalidad se manifiesta en muchas casualidades y coincidencias, por las que no se pudo evitar la muerte de Nasar. Por ejemplo:
Si Ángela no hubiera sido devuelta por su marido, sus hermanos no hubieran querido vengarse.
Si la madre de Santiago hubiera interpretado bien sus sueños, éste se hubiera percatado de su futuro.
Si el obispo no hubiera llegado, Santiago hubiese salido por la otra puerta.
Si Plácida Linero no hubiera cerrado la puerta pensando en que su hijo estaba dentro de casa, éste podría haberse salvado. Si hubiera visto el papel de advertencia que alguien había echado por debajo de la puerta, Santiago se hubiese enterado de los planes de los Vicario.
Los carniceros no avisaron a nadie de los planes que tenían, porque pensaban que iban borrachos.
Meme no avisó a Santiago, porque como lo vio contento, pensó que todo se había solucionado.
Cristo Bedoya no pudo proteger a su amigo, porque pensó que estaba desayunando en casa de los García.

Sin embargo, no todo fueron casualidades:
El alcalde ya lo sabía, pero antes de solucionarlo, se entretuvo en fijar una cita de dominó en el club social.
El cura al principio piensa que no tenía que meterse y después se olvidó por la visita del obispo.

Se consumó la tragedia por rencor, ligereza y olvido de los personajes, por eso el narrador dice que todos son culpables, incluyéndose a sí mismo. El crimen es el resultado de torpezas y circunstancias humanas.

El amor puede sobre la fatalidad. Cuando Ángela, dueña de sí misma, manda cartas a Bayardo San ROMán, demuestra que el destino solo sirve para justificar las torpezas humanas. Cuando el hombre asume la libertad, es él quien dirige su propio destino.

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