Carlismo, Republicanismo y Nacionalismos Periféricos en la Restauración Española

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Carlismo y Republicanismo en la Restauración

El carlismo, también conocido como “tradicionalismo”, se encontraba dividido entre un sector intransigente liderado por Nocedal, que posteriormente se inclinó hacia la extrema derecha, formando el denominado “integrismo”, y otro sector colaboracionista con el régimen, liderado por Pidal y Mon. Tras la derrota, los carlistas comenzaron a participar en la vida política, situándose en la extrema derecha del parlamento. Una de las consecuencias de su derrota fue la derogación de los fueros vasconavarros, establecida bajo el gobierno de Cánovas del Castillo, y una mayor intervención del Estado en la administración de estos territorios. Sin embargo, poco después se decidió que las diputaciones siguiesen recaudando los impuestos generales, dando origen al denominado Concierto Económico que existe en la actualidad.

El Republicanismo

Algunos sectores de las clases medias se opusieron al régimen político establecido durante la Restauración. Este descontento se canalizó a través de varias tendencias:

  • El partido republicano conservador liderado por Castelar.
  • El partido republicano federalista de Pi i Margall, que tuvo una intensa difusión en la prensa y a través de la actividad parlamentaria.
  • El partido Republicano Progresista liderado por Ruiz Zorrilla, que desde el exilio practicó la conspiración.

Sin embargo, el grupo más eficaz de la oposición republicana fue liderado por Salmerón, quien fue elegido diputado en 1883 y continuó hasta 1907.

Nacimiento de los nacionalismos periféricos

El liberalismo español del siglo XIX se había basado en una idea centralista del Estado y de la Nación. Sin embargo, otras opciones políticas como el carlismo defendían una idea de España como unión de territorios respetando los fueros medievales, o como los republicanos federales, partidarios de una España como unión de estados libremente asociados. En este contexto, el régimen de la Restauración estableció el centralismo en su constitución con medidas como la abolición de los fueros vasconavarros. Como respuesta, surgieron movimientos de recuperación cultural que derivaron en aspiraciones políticas, conocidos como “regionalismos”, que reclamaban formas de autogobierno, especialmente en el País Vasco, Cataluña y Galicia, es decir, las denominadas “nacionalidades históricas”. Su base social era la pequeña burguesía, el campesinado y sectores del clero, ampliándose después a la alta burguesía (País Vasco) y al proletariado (Cataluña). Entre los nacionalismos destacan:

El nacionalismo catalán

Desde 1830 surgió un movimiento cultural, la Renaixença, que reivindicaba la lengua y la cultura catalanas y que fue aunando diversas aspiraciones sociales. De esta manera, el carlismo y el federalismo están en los orígenes del catalanismo, y en 1874 se desarrolló un regionalismo prenacionalista (catalanismo político). En 1887, los nacionalistas conservadores fundaron la Lliga de Catalunya, y con motivo de la Exposición Universal de Barcelona presentaron a la regente María Cristina un programa regionalista que reivindicaba, dentro del régimen monárquico, una amplia autonomía para Cataluña. Más tarde, en 1891, el Centre Catalá (organización patriótica) y la Lliga, impulsadas por Prat de la Riba, fundaron la Unió Catalanista. Una de sus primeras medidas fue la redacción de las Bases de Manresa (1892), que planteaban la aprobación de una constitución regional catalana.

Los inicios del nacionalismo vasco

El nacionalismo vasco surgió a partir de la defensa de los fueros, y entre sus apoyos estaban el clero, el campesinado y la pequeña burguesía. Los perdedores de la guerra carlista soñaban con un País Vasco tradicionalmente agrario, para quienes la defensa de los fueros equivalía a defender la esencia de lo vasco. El impulsor del nacionalismo vasco fue Sabino Arana en la década de 1890, a partir de la defensa de los fueros tradicionales. El lema nacionalista vasco era “Dios y Ley Vieja”, es decir, fueros y tradiciones, para un pueblo diferente de raza y de lengua. Este primer nacionalismo es tradicionalista e integrista católico, contrario a la industrialización, al liberalismo, al socialismo y a España.

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