7 provincias de hispania

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Roma puso pronto sus ojos y sus metas en la Península. El pretexto para una primera intervención lo constituyó el asedio del caudillo cartaginés Aníbal a la ciudad de Sagunto, aliada de Roma. En 206 a. C., Publio Cornelio Escipión tomó Cartago Nova, hoy Cartagena, y expulsó del territorio a los cartagineses. A partir de entonces y por espacio de unos doscientos años, la Península fue escenario de múltiples episodios que acabaron con la conquista deinitiva en época de Augusto. La empresa no fue fácil, aunque en un principio pudiera dar la impresión de todo lo contrario. Factores geográicos orografía notable, clima extremado en zonas de la Meseta, cultivos de escaso rendimiento— y, sobre todo, factores humanos determinaron un importante retraso en el progreso del ejército romano; los conquistados eran belicosos, sin excesivos recursos materiales, desprovistos de cuanto pudiera ser objeto codiciado de botín, dispuestos a morir en el empeño antes que a rendirse al

invasor. Si a ello añadimos factores puramente técnicos desde el punto de vista militar, se comprenderá que fuera necesaria la presencia del propio emperador Augusto en la Península para rematar la conquista y apaciguar de forma deinitiva los territorios ocupados. Efectivamente, las legiones romanas —brillantes, disciplinadas, invencibles en los enfrentamientos cara a cara con los ejércitos enemigos— eran enormemente vulnerables a la llamada «guerra de guerrillas», basada en la emboscada, la sorpresa, el
golpe puntual e inesperado, capaz de burlar cualquier planteamiento táctico ordenado. En esta técnica rudimentaria pero eicaz de la guerrilla y el contragolpe, destacó el pueblo lusitano y su caudillo, Viriato, un hombre con un carisma especial. Austero, curtido desde niño en la dureza de la montaña, ejercíó sobre sus compañeros
un liderazgo natural que había de llevar a su pueblo a victorias inesperadas y espectaculares, especialmente por lo que supónían de daño moral y psicológico para el ejército romano. Su muerte, perpetrada sobre la base de la traición y el engaño, su-
puso un auténtico alivio para Roma. Pero no eran solo personajes aislados, caudillos carismáticos, quienes ofrecían resistencia. Pueblos enteros vendieron carísima su derrota y preirieron inmolarse antes que caer a manos del conquistador. Episodios como el protagonizado por los habitantes de Numancia, que resistieron sitiados sin víveres hasta la extenuación, minaban los ánimos de los romanos, que, en un principio, no contaban con la capacidad de aguante de los indígenas. En cualquier caso, poco a poco fueron cayendo ciudades y regiones, y el suelo hispano se fue romanizando.
La primera división de Hispania se realizó en época de Sila, en el siglo i a. C. Sertorio dividíó la Península en dos grandes provincias: la oriental, llamada Celtiberia, y la occidental, llamada Lusitania.

La segunda división se llevó a cabo en el 27 a. C., cuando Augusto cruzó los Pirineos para enfrentarse a cántabros y astures, último baluarte de la resistencia. Augusto dividíó el territorio peninsular también en dos provincias: Hispania Citerior, llamada también Tarraconense, que comprendía el norte y el oeste peninsular hasta Cartago Nova, e Hispania Ulterior, que abarcaba todo el sur de la Península, dividida posteriormente en dos provincias, Bética y Lusitania.

La tercera división data del año
212 d. C., cuando el emperador Caracalla creó en el seno noroeste de la Tarraconense una nueva demarcación: Gallaecia.

La cuarta división la llevó a cabo Diocleciano años más tarde, en el año 298 d. C., añadiendo al territorio de Hispania una quinta provincia, la Tingitania, que ocupaba lo que hoy es el norte de Marruecos, cuya ciudad más emblemática fue Tingis, hoy Tánger.

La quinta y última división fue la de Constantino II, al fragmentar la Tarraconense y desgajar de ella una amplia zona controlada desde Carthago Nova, a la que llamó Cartaginense, al tiempo que daba a las islas Baleares entidad de provincia, la Baleárica.

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