El teatro clásico francés

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A diferencia de España e Inglaterra, en Francia el teatro tuvo un auge más tardío y menos popular en la segunda mitad del siglo XVII. Será de carácter más elitista y únicamente la comedia con Molière gozará del favor popular, aunque nunca llegará al entusiasmo de los espectadores ingleses o españoles. En Francia, el teatro se vio afectado por la misma pretensión de verosimilitud y racionalismo que el resto de los géneros. De ahí, la necesidad de que las obras se subordinaran a la regla de las tres unidades.

Unidad de acción

Un solo tema sobre la realidad contemporánea (comedia) o la historia y la leyenda (tragedia); con ello se pretendía la claridad de composición (frente a la dualidad tan frecuente en el teatro español y en el inglés).

Unidad de lugar

Un solo escenario, con decorado sencillo en nombre de un ideal de verosimilitud. Lo que suceda en otros espacios debe narrarse en escena.

Unidad de tiempo

La acción no puede durar más de un día, lo que obliga a la acumulación de sucesos en un breve lapso de tiempo.

Además, debía separarse lo trágico de lo cómico (la tragedia era grave, por tanto, debía escribirse en un estilo solemne y siempre en verso; en cambio, la comedia podía presentarse en verso o prosa, los personajes burgueses o bajos y el lenguaje, común pero nunca vulgar).

Se debía perseguir una finalidad moral y guardar el decoro poético, es decir, prescindir de las palabras y sucesos que contribuyeran al mal gusto. Los géneros cultos de estirpe clásica apenas dieron frutos de mérito en el teatro inglés y español. En cambio, en Francia será el teatro de moldes clásicos y el cortesano el que triunfe a partir de 1630.

En la tragedia destacan Corneille y Racine; en la comedia, Molière.

La tragedia

Pierre Corneille (1606-1684)

Comenzó cultivando la comedia, pero la tragedia. Cid, es su obra más conocida. Se inspiró en una comedia de Guillén de Castro, dramaturgo español de la época de Lope de Vega. A partir de entonces escribirá grandes tragedias. Fue el creador de la tragedia clásica francesa. Conocía muy bien el teatro clásico y adaptó a su época muchos temas romanos. Los personajes se ven obligados a elegir entre contradicciones insalvables —el famoso conflicto corneliano— amor, amistad... y el deber (honor, razones de estado...). En todos los casos, el deber se impondrá, pero será un deber trágico.

Jean Racine (1639-1699)

Sus tragedias se centraban, sobre todo, en problemas estrictamente psicológicos, producidos por una pasión desbordante. Sus personajes tienen mayor hondura humana que los de Corneille, están indefensos frente a sus propias pasiones (la ambición, el amor, los celos,...). Finalmente, sucumben ante un destino adverso, aunque logran una gran consideración moral. Sus tragedias, sobrias, se someten estrechamente a las reglas clásicas, se inspiran en temas griegos (Andrómaque, Phèdre...), romanos (Berenice), orientales o bíblicos (Esther).

La comedia: Molière

Jean Baptiste Poquelin, Molière (1622-1673)

El creador de la comedia francesa, era gran aficionado al teatro por el que renunció a sus estudios de derecho para incorporarse a una compañía, de la que fue actor, director y autor. Tras recorrer Francia, se instaló en París, donde gozó del favor real, aunque tuvo que enfrentarse a numerosos enemigos pertenecientes a la nobleza y a la Iglesia.

La finalidad de su teatro era enseñar a los hombres cómo son sin dejar de divertirlos. Por ello, los temas más frecuentes se relacionan con la familia, la educación, la condición de la mujer y la crítica al machismo, así como el más destacado de todos ellos, la hipocresía. Molière critica sin piedad esta conducta. Todas sus obras incluyen una intención satírica: ridiculizar y mostrar los vicios y comportamientos de su época: la pedantería (Las preciosas ridículas), el engreimiento de los nuevos ricos (El burgués gentilhombre), la ignorancia de ciertos profesionales (El médico a palos), la hipocresía religiosa (Tartufo), etc. Por su obra desfilan los más diversos tipos, estamentos y profesiones: comerciantes, médicos, profesores, cortesanos... Traza un amplio fresco de los defectos de su sociedad; pero de lo particular llega a lo universal, gracias a la profundidad de su análisis psicológico. Sus personajes son universales porque encarnan una pasión o un carácter, pero siempre son ridículos: el avaro, el misántropo, el hipócrita, los pedantes... Además, son criaturas vivas, perfectamente individualizadas.

Sus comedias son de caracteres: la acción interesa únicamente como medio para hacer una pintura completa de los personajes. En la mayoría de ellas el protagonista, que suele simbolizar un defecto en grado máximo, se opone al matrimonio de los jóvenes, quienes acaban consiguiendo su propósito con la ayuda de los criados. Así ocurre en El avaro, El misántropo, El enfermo imaginario... Moliére prefiere los finales felices aunque, a veces el desenlace, alegre en apariencia, esconde una amarga realidad.

Consigue hacer reír a carcajadas usando todos los recursos de la comedia: comicidad de gestos (muecas carreras...); comicidad verbal (rapidez de diálogos, juegos de palabras, interrupciones...) y comicidad de situaciones (encuentros inesperados, malentendidos...).

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