Libro del buen amor

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El Libro de buen amor (1330), llamado anteriormente Libro de los cantares, es la obra más representativa del Mester de Clerecía. Está considerada de forma unánime como una de las cumbres literarias españolas de cualquier tiempo, no solo de la Edad Media.

Temática y estructura

El Libro de buen amor es una composición extensa y variada de 1728 estrofas, cuyo hilo conductor lo constituye el relato de la autobiografía ficticia del autor (Juan Ruiz, Arcipreste de Hita), quien es representado por el episódico personaje de don Melón de la Huerta. El hecho de que se hayan conservado tres manuscritos es un indicio de la importancia y difusión que tuvo esta obra desde bien temprano: los códices de Toledo (T) y Gayoso (G) son de fines del siglo XIV, y el de Salamanca (S) fue copiado a principios del siglo XV por Alonso de Paradinas. En los tres han sido arrancadas varias hojas, lo que impide la lectura completa del libro y además las lecturas divergen ocasionalmente a causa de las deturpaciones de los copistas. El título con que hoy se conoce la obra fue propuesto por Menéndez Pidal en 1898, basándose en distintos pasajes. En cuanto a la fecha de redacción, varía según el manuscrito: en uno el autor afirma que lo terminó en 1330 y en otro en 1343, aunque se tiende a creer que el de esta última fecha fue en realidad una revisión en la que Juan Ruiz añadió nuevas composiciones.

El libro se caracteriza por su variedad de:

  1. Contenido (ejemplos, narraciones amorosas, serranillas, elementos didácticos, composiciones líricas, etc.)
  2. Métrica (además de la cuaderna vía utiliza estrofas de dieciséis versos, estrofas zejelescas, etc.)
  3. Tono (serio, festivo, religioso, profano, etc.)

Como núcleos narrativos más destacables de la obra, señalaremos:

  • La introducción, donde el Arcipreste de Hita explica el sentido e interpretación del libro.
  • Una autobiografía ficticia del autor, en la que relata sus amores con distintas mujeres, todas de diferente origen y condición social: una monja, una mora, una dueña que vio estar orando, una panadera, una mujer de alta posición, varias serranas, etcétera, ayudado por una tercera o alcahueta, Urraca, más conocida como la Trotaconventos.
  • Una colección de enxiemplos (apólogos, fábulas y cuentos), que sirven como enseñanza moral y cierre de los episodios.
  • La disputa entre el autor y don Amor (un personaje alegórico), donde el primero acusa al Amor como responsable de los pecados capitales y el segundo da consideraciones de cómo ha de ser la mujer y el galán.
  • La narración de los amores de don Melón y doña Endrina (adaptación de la comedia humanística medieval Pamphilus).
  • El relato alegórico de la batalla entre don Carnal y doña Cuaresma, en realidad una parodia de los cantares de gesta medievales.
  • Un comentario al Ars amandi del poeta latino Ovidio.
  • Sátiras de tono y contenido goliardesco, como la parodia de las horas canónicas, la Cantiga de los clérigos de Talavera, el elogio misógino de las dueñas chicas, o la sátira Contra la propiedad que el dinero ha.
  • Una serie de composiciones líricas religiosas, casi siempre marianas (Gozos de Santa María).
  • Una serie de composiciones líricas diversas profanas: el planto a la muerte de Trotaconventos, cantigas de ciego y para escolares.

Sobre la interpretación de la obra

La intencionalidad de la obra es ambigua a causa de su gran heterogeneidad: tras un prólogo en que se encarece el amor a Dios, se nos recuerda que «es umanal cosa el pecar» y que seamos cautos al interpretar la obra. Nos avisan de que las burlas no son incompatibles con las veras y de que la obra es absolutamente abierta: su interpretación sólo depende de la actitud del lector.

Menéndez Pelayo fue el primero en señalar el carácter goliardesco de la obra, si bien negó que hubiese ningún ataque contra los dogmas o insurrección contra la autoridad, como otros vieron después, actitud que es precisamente un rasgo distintivo de la poesía goliardesca.

También ha sido muy discutido entre los especialistas el posible carácter didáctico del Libro de buen amor. Mientras autores como José Amador de los Ríos, Leo Spitzer o María Rosa Lida de Malkiel defienden el didactismo como parte inseparable de la obra, otros como Américo Castro o Sánchez Albornoz lo niegan, y consideran que Juan Ruiz fue más cínico que moralista, más hipócrita que piadoso. Juan Luis Alborg, por su parte, hace una analogía con el uso que hizo Cervantes de las novelas de caballerías para verter su ironía y su visión personal, del mismo considera que «el Arcipreste se instala dentro de las formas didácticas medievales para disparar desde ellas la ambigua variedad de sus intenciones y su humorística visión de la realidad». En general, hoy se tiende a considerar que es más bien un libro didáctico con propósitos artísticos, que lo contrario.