Biografia de manuela saenz

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MANUELA SÁENZ

Manuela Sáenz Aispuru ( Quito, Ecuador; 27 de diciembre de 1797 - † Paita, Perú; 23 de noviembre de 1856) fue una destacada patriota ecuatoriana, además de ser la amante del Libertador Simón Bolívar. Es conocida también como "Manuelita Sáenz" y "Libertadora del Libertador" (en referencia a Simón Bolívar).

Es considerada, con sus debidos matices, como una de las primeras feministas de América Latina y una importante líder revolucionaria de la Independencia de América del Sur. En su tiempo fue también severamente criticada por algunos de sus contemporáneos debido a su actitud extrovertida, provocadora y adelantada para la época, así como por la influencia política que llegó ejercer, llegando a ser incluso desterrada y exiliada. Aún muchas décadas después de su muerte, influyentes intelectuales e historiadores omitieron su vida en sus obras sobre la historia de la campaña libertadora, así como otros la reducían a una condición decorativa romántica y aun denigrante, tejiendo una leyenda sexual alrededor de su figura, la que sigue teniendo peso en el imaginario popular.

A pesar de las críticas, siempre acompaño a Bolívar en sus gestas libertadoras.

Solo en la mitad del siglo XX, aparecieron biografías y ensayos en los que se empezó a reivindicar su verdadero papel en la gran gesta libertadora de lo que hoy son Ecuador, Colombia y Perú.[] En los últimos años ha sido convertida en un icono del feminismo latinoamericano e igual como sigue teniendo detractores su vida también es exaltada por escritores e historiadores respetables como Alfonso Rumazo González, Germán Arciniegas o Alberto Miramóm y Pablo Neruda[] y en todo caso, casi dos siglos después, es un personaje que continua despertando odios y amores, ocasionando debates y controversias.

Niñez y adolescencia

Hija del noble español Simón Sáenz Vergara y de la criolla María Joaquina de Aispuru, nació en la ciudad de Quito, Ecuador, el 27 de diciembre de 1797, aunque algunas fuentes citan el año de 1795, debido a su condición de hija ilegítima no existe partida de nacimiento, por eso la duda de la fecha exacta de su nacimiento. Por causa del nacimiento de "Manuelita", su madre fue enviada a la Hacienda Cataguango, propiedad de los Aispuru y al parecer murió el día que nació Manuela (o según otras versiones) solo sobrevivió dos años mas, por lo cual Manuelita, huérfana de madre, fue entregada al convento de las monjas Conceptas, donde pasó sus primeros años bajo la tutela de la superiora, Sor Buenaventura.

Sus talentos y dones especiales hicieron que su padre le llevara de visita a la casa que compartía con su esposa, Doña Juana del Campo y Larraondo, quien siempre trató a la niña como la "ilegítima", allí nació un profundo lazo de amor con su hermano de padre, José María Sáenz. A las negras Natán y Jonatás las conoció en los primeros años de su vida, cuando salía del internado para pasar unos días en Cataguango, por lo que les unió una amistad que se inició en la niñez y fueron sus inseparables amigas y compañeras.

Luego de haber completado su formación con las Conceptas, pasó al monasterio de Santa Catalina de Siena (Quito) de la Orden de Santo Domingo, para concluir así con la formación que en ese tiempo se impartía a las señoritas de las más importantes familias de la ciudad. En ese lugar aprendió a bordar y a elaborar dulces, además de aprender a comunicarse y expresarse en inglés y francés, habilidades y labores que son con que se mantendría en sus años de exilio en Paita. A los 17 años huyó del convento, en un episodio del que se sabe pocos o ningún detalle y del cual ella no hablaba pues al parecer fue seducida y luego abandonada por Fausto D'Elhuyar oficial del ejercito real, sobrino e hijo de Juan José y Fausto Elhúyar (los descubridores del tungsteno).

Matrimonio

En diciembre de 1816 Manuela conoce en Quito a James Thorne, acaudalado médico inglés veintiséis años mayor que ella, y Simón Sáenz, su padre, pacta su boda para julio de 1817 apoyándose en dos argumentos: 1. por fin tendrá su propio hogar; y, 2. el arreglo de los matrimonios corresponde a los padres. La boda se celebró en Lima, entonces capital del Virreinato del Perú, ciudad que no conocía las condiciones "ilegítimas" de su nacimiento, por lo cual Manuelita fue aceptada en el ambiente aristocrático de la ciudad virreinal y pronto, se convirtió en el centro de las tertulias limeñas involucrándose de lleno en actividades políticas en una atmósfera en donde el descontento con las autoridades españolas era evidente y las mujeres eran quienes entraban en los círculos virreinales para conseguir empleos a sus padres, esposo e hijos, por lo que estaban informadas de los acontecimientos en el virreinato, siendo esta una de las razones que explican el involucramiento femenino en los movimientos revolucionarios, apoyando la causa de Bolívar por liberar la [[Nueva Granada] y de San Martín por independizar el Perú. Por sus actividades pro independentista el general José de San Martín, luego de haber tomado Lima con sus milicianos y proclamado su independencia el 21 de julio de 1821, le concedió a Manuela el título de "Caballeresa del Sol" de la "Orden El Sol del Perú"

En 1822 Manuela regresó a Ecuador, para poner en orden una parte de su herencia, Catahuango, viajó con su medio hermano, entonces oficial del Numancia (fuerza integrada al ejército libertador, comandado por Sucre), que había recibido la orden de trasladarse a Quito, su ciudad natal.

La Incorporación A La Lucha Libertaria

A raíz del matrimonio, Manuela toma residencia en Lima, donde pone en práctica su ideología revolucionaria al influir decididamente en el cambio del batallón realista "Numancia" hacia las filas patriotas y del cual formaba parte su hermano José María. Igualmente, se reuniría con patriotas peruanos para continuar complotando en favor de la revolución. En reconocimiento de estas hazañas, el Protector San Martín la condecora con la "Orden de Caballeresa del Sol".

En esos años, Manuela tiene oportunidad de conocer a Rosa Campuzano con quien cultivaría estrecha amistad, especialmente, por su coincidencia y comunión en ideas libertarias. Rosa Campuzano es amiga íntima del Protector San Martín, y le confía secretos del carácter y costumbres de éste a Manuela. Manuela, a su debido tiempo, contaría a Bolívar aquellos pormenores que contribuirán a la solución "del asunto de Guayaquil".

A fines de 1821, Manuela consigue autorización de su marido para viajar a Quito con el objeto de reclamar a su tía materna Ignacia Aizpuru la herencia de su abuelo, reclamo que termina con un arreglo amistoso gracias a una influencia superior". Llega a Quito a principios de 1822. Este viaje significa su definitiva separación del doctor James Thorne, y de un matrimonio siempre acosado por celos y falta de entendimiento, que por la diferencia de caracteres y edades imposibilitaban la armonía conyugal.

En aquel mismo año de 1822, acontece la Batalla de Pichincha (cercanías de Quito), de la cual Manuela es partícipe en los preparativos, pese al hecho de que toda la población de Quito se encontraba temerosa del riguroso control impuesto por los realistas.

Desde el 19 de mayo de 1822, Manuela relata en su diario el inicio de las hostilidades en la Batalla del Pichincha. Ella se había presentado voluntariamente a colaborar con el ejército independentista como un soldado más, para tomar las armas y alcanzar la ansiada independencia de Quito. En esta ocasión organiza con sus dos sirvientas un operativo para conocer las posiciones, estrategias y fortificaciones del enemigo con el objeto de informar a los generales patriotas.

También participa en la ayuda a los heridos calmando sus dolencias con aguas de amapolas y bálsamo del Perú. En su diario describe la actuación de los Batallones y destaca que envió una recua de cinco mulas con provisiones y raciones completas para el Batallón Paya: "No espero que me paguen por esto, pero si esto es el precio de la libertad, bien poco ha sido...".

Manuela lleva consigo la flama independentista ofreciéndose a tomar parte en la lucha; sin embargo, la alta oficialidad no da curso a su pedido, pues ni su marido en Lima ni su padre en Quito conceden el respectivo permiso, debido a que su solicitud es totalmente inusual.

Para el día 25 de mayo, Manuela da cuenta de las fiestas y alegría que reinaba en la ciudad de Quito por el valiente triunfo patriota y la consiguiente capitulación impuesta por el Mariscal Sucre a los realistas.

Estos sucesos permiten a Manuela entablar amistad con la cúpula militar, en especial, con Antonio José de Sucre. Con sagacidad, Manuela nota el egoísmo y ambición de algunos oficiales. Al comentarlo con Sucre, este le responde: "...hay que tolerar cierta insolencia de sus oficiales pues de todas maneras es con ellos que se ha logrado la victoria".

Después de la Batalla de Pichincha, Manuela espera con mucho anhelo la llegada de Simón Bolívar, a quien ansía conocer, pues su presencia en Quito legitimaría el establecimiento de la República. El 16 de junio de 1822, se cumple esta aspiración con la entrada triunfal a Quito del Libertador. En su diario, Manuela describe con frases emocionadas este acontecimiento.

Encuentro con Bolívar

En los eventos de entrada triunfal de Simón Bolívar a Quito, el 16 de junio de 1822, Manuela Sáenz de Thorne lo ve por primera vez, en un evento narrado por ella en su diario de Quito: "Cuando se acercaba al paso de nuestro balcón, tome la corona de rosas y ramitas de laureles y la arrojé para que cayera al frente del caballo de S.E.; pero con tal suerte que fue a parar con toda la fuerza de la caída, a la casaca, justo en le pecho de S.E. Me ruboricé de la vergüenza, pues El Libertador alzó su mirada y me descubrió aún con los brazos estirados en tal acto; pero S.E. se sonrió y me hizo un saludo con el sombrero pavonado que traía a la mano..."; a partir de este suceso y de un encuentro posterior en el baile de bienvenida al Libertador, él le manifiesta como "Señora: si mis soldados tuvieran su puntería, ya habríamos ganado la guerra a España..." Manuela y Simón Bolívar se convirtieron en amantes y compañeros de lucha durante ocho años, hasta la muerte de éste en 1830.

La Relación Con Bolívar.

Las relaciones afectivas entre Manuela y Bolívar con frecuencia son epistolares por las constantes separaciones. En abril de 1825, después de un distanciamiento de casi un año, los dos intercambian las siguientes cartas: "...Comprar perfumes, vestidos costosos, joyas no halagan mi vanidad. Tan solo sus palabras logran hacerlo. Si usted me escribiera con letras diminutas y cartas grandototas yo estaría más que feliz...".

En el Cuartel de Ica, el 21 de abril de 1825, Bolívar escribe a Manuela quejándose: "Sin embargo todo se empaña en la remembranza de tu imagen vestal y hermosa, casi que causante de esta lucha interna de mi corazón que se halla entre mis deberes: la disciplina, mi trabajo intelectual y el amor. No sabes Manuela mía como te ansía este corazón viejo y cansado, en el deseo ferviente de que tu presencia lo rejuvenezca y lo haga palpitar al nuevo ritmo de como sano...".

Bolívar denota una permanente batalla interior entre su amor hacia Manuela y la situación social particular de ella. Cuando pasan temporadas juntos en Lima, tal situación resulta molesta para el doctor Thorne, que en aquella época reside en Lima. La actitud diplomática y delicadeza del Libertador están en juego, mientras Manuela da poca o ninguna importancia a tal situación.

Desde Lima, el 1 de mayo de 1825, Manuela replica a una insinuación de separarse hecha por Bolívar en los siguientes términos: "...No hay que huir de la felicidad cuando ésta se encuentra tan cerca y tan sólo debemos arrepentimos de las cosas que no hemos hecho en esta vida... Dígame usted: ¿quién puede juzgarnos por amor? Todos confabulan y se unen para impedir que dos seres se amen, pero, atados a convencionalismos y llenos de hipocresía. ¿Porqué su Excelencia y mi humilde persona no podemos amarnos? Si hemos encontrado la felicidad hay que atesoraría. Según los auspicios de lo que Usted llama moral, debo entonces seguir sacrificándome porque cometí el error de creer que amaré siempre a la persona con quien me casé?"

Los años turbulentos

Al año siguiente al que se conocieron (1823), Manuelita acompañó a Bolívar hasta Perú y estuvo a su lado durante buena parte de las campañas, participando en ellas activamente, hasta culminar la gesta libertadora cuando se radicaron en la ciudad de Santa Fé de Bogotá. Durante su estancia en esa ciudad, el 25 de septiembre de 1828, Bolívar fue objeto de una intentona de asesinato, frustrado gracias a la valiente intervención de Manuelita. Los enemigos del Libertador, habían conjurado para darle muerte aquella noche de septiembre. Al entrar al palacio de San Carlos (hoy día sede de la Cancillería de Colombia), frente al Teatro Colón, Manuela se da cuenta del atentado, y se interpone a los rebeldes, con el fin de que Bolívar tuviera tiempo de escapar por la ventana. En esta casa se colocó una placa con las siguientes palabras:"SISTE PARUMPER SPECTATOR GRADUM / SI VACAS MIRATORUS VIAM SALUTIS QUA SESE LIBERAVIT / PATER SALVATORE PATRIAE / SIMON BOLIVAR / IN NEFANDA NOCTE SEPTEMBRINA AN MDCCCXXVIII"[  ]"DETÉNTE, ESPECTADOR, UN MOMENTO / Y MÍRA EL LUGAR POR DONDE SE SALVÓ / EL PADRE Y LIBERTADOR DE LA PATRIA / SIMÓN BOLÍVAR / EN LA NEFANDA NOCHE SEPTEMBRINA 1828"


Por estas acciones, Bolívar mismo la llamó la "Libertadora del Libertador".

Thorne en varias ocasiones pidió a Manuela que volviera a su lado. La respuesta de Manuela fue contundente: seguiría con Bolívar y daba por finalizado su matrimonio con el inglés.

La Influencia Militar Y Política.

Manuela se integra a la marcha con el Ejército Patriota hasta encontrarse en Junín con Simón Bolívar, donde ambos participan activamente en la batalla del mismo lugar (6 de agosto de 1824). Nuevamente, se asciende a Manuela al grado de capitán de húsares, por su destacada actuación y se le encarga responsabilidades en actividades estratégicas, económicas, hospitalarias y sanitarias de su regimiento.

Después Manuela marcha con el Ejército Libertador por los Andes peruanos, manteniendo a Bolívar enterado de los pormenores del avance hasta su llegada a Ayacucho. Al parecer, Manuela tenía la intención de regresar a Lima para estar junto a Bolívar. Pero este, en carta escrita en Chalhuancada el 4 de octubre de 1824, le suplica que se quede junto al ejército para tener información real y concisa de todo lo que acontezca en ese cuerpo militar porque "...ninguno de mis generales me haría saber más por sus preocupaciones personales, que por intrigas o desavenencias. Al mantenerme al tanto de todo lo que acontece allí, puedo mirar dos frentes...".

El 24 de octubre del mismo año, Bolívar escribe a Manuela contándole que el Congreso Colombiano le ha quitado las facultades extraordinarias de las que se hallaba investido, traspasándolas al vicepresidente Santander, su principal rival y enemigo oculto; de esta manera, Bolívar queda afectado por la mala fe de Santander y sin ningún apoyo de Colombia para la lucha independentista en el Perú.

Para salvar la campaña peruana, Bolívar y Manuela auspician la recolección de chatarra de metal, hojalata, hierros viejos; de las iglesias confiscan las campanas para utilizar el cobre, desbaratan las bancas y asientos para sacar los clavos de estaño y utilizar este metal en la fabricación de armamento; fomentan la construcción de talleres para hilar lanas y otras fibras transformándolas en paños para los uniformes de la tropa. Complementan esta labor con la recolección y requisición de oro y plata por toda la zona para solventar los gastos de la campaña, en lo que Manuela llamó "una verdadera comisaría de guerra". Con este recurso, se solventó la desatención mañosa de Santander.

Superados los problemas de aprovisionamiento, Bolívar ordena la presencia de su ejército con las mejores "galas y condecoraciones como signo a la victoria" en la próxima contienda. Y a Antonio José de Sucre le pide el 9 de noviembre de 1824:

"...ruego como superior de usted, de cuidar absolutamente a Manuelita de cualquier peligro. Sin que esto desmedre en las actividades militares que surjan en el trayecto o desoriente los cuidados de la guerra...".

El 9 de diciembre de 1824, se da la Batalla de Ayacucho y al día siguiente de la victoria, en el campo de Marte, el Mariscal Antonio José de Sucre sigue la tradición castrense de dar parte al Libertador Simón Bolívar de los pormenores de la lid, destacando la valerosa y decidida actuación de Manuela: "...incorporándose desde el primer momento a la división de Húsares y luego a la de Vencedores; organizando y proporcionando el avituallamiento de las tropas, atendiendo los soldados heridos, batiéndose a tiro limpio bajo los fuegos enemigos; rescatando a los heridos...; Doña Manuela merece un homenaje en particular por su conducta, por lo que ruego a Su Excelencia le otorgue el Grado de Coronel del Ejército Colombiano".

Bolívar, entre feliz y orgulloso, comunica a Manuela su sorpresa de que "...mi orden de que te conservaras al margen de cualquier encuentro peligroso con el enemigo, no fuera cumplida, a más de tu desoída conducta, halaga y ennoblece la gloria del Ejército Colombiano, para el bien de la 'patria y, como ejemplo soberbio de la belleza, imponiéndose majestuosa sobre los Andes'. Mi estrategia me dio la consabida razón de que tú serías útil allí; mientras que yo recojo orgulloso para mi corazón, el estandarte de tu arrojo para nombrarte como se pide. Coronel del Ejército Colombiano".

Al conocer Santander el ascenso de Manuela al grado de coronel de húsares del Ejército Colombiano, envía a Bolívar Una comunicación pidiéndole "que degrade a su amiga". Bolívar le contesta el 17 de febrero de 1825: "...que quiere usted que yo haga? Sucre me lo pide por oficio, el batallón de húsares la proclama; la oficialidad se reunió para proponerla y yo, empalagado por el triunfo y su audacia le doy ascenso, sólo con el propósito de hacer justicia. Yo le pregunto a usted ¿se cree usted más justo que yo? Venga entonces y salgamos juntos al campo de batalla y, démosles a los inconformes una bofetada con el guante del triunfo en la causa del Sur. Sepa usted que esta señora no se ha metido nunca en leyes ni en actos que, 'No sean su fervor por la completa Libertad de los pueblos de la opresión y la canalla'. Que la degrade? Me cree usted tonto? Un Ejército se hace con héroes (en este caso con heroínas) y, éstos son: el símbolo del ímpetu con que los guerreros arrasan a su paso en las contiendas, llevando el estandarte de su valor...".

En las felonías de Santander se expresa el odio contra Bolívar y Manuela, odio recíproco que permanecería latente hasta el final de sus días.

La Acción Política.

Es admirable la inteligencia e integridad de Manuela también en lo político, donde ella se preocupa por la conformación geopolítica y estratégica de los nuevos Estados. Sabemos que ella no estaba ajena a sugerir a Bolívar la creación de un nuevo Estado intermedio entre Argentina y Perú, "Nación B olivar", que luego se llamaría Bolivia. En su carta del 28 de mayo de 1825 se expresa en la siguiente forma: "La inteligencia de Su Excelencia sobrepasa a los pensamientos de este siglo y bien sé que las nuevas generaciones de esa provincia y de América seguirán el resultado de las buenas ideas de usted en procura de una libertad estable y hacienda saludable".

En correspondencia del 8 de junio de 1825, desde el Cuartel de Arequipa, Bolívar relata los agasajos y honores con los que es honrado por la creación de la Constitución Política y de la nación Bolivia: "...Sé mi amor que en esto no hay otra cosa que los ensueños de tu maravillosa imaginación..." (2), reconociendo que la idea original de la formación de Bolivia fue de Manuela.

En la quinta "La Magdalena", ubicada en Lima, sede del gobierno y residencia del Libertador, Manuela goza de poder y gloria, siendo admirada y mimada por el pueblo, a través de las anécdotas que de ella se cuentan. Las reuniones sociales se dan casi a diario derrochando alegría y lujo. Esta situación dura hasta cuando empiezan a soplar vientos de descontento en todos los países bolivarianos, que obligan a Bolívar regresar a Venezuela para poner orden en ese país y sofocar brotes de insurrección.

Encarga a Manuela y sus generales vigilar la situación política y salvaguardar al gobierno peruano; empero, poco después hay una revuelta y los peruanos aducen que las tropas libertadoras son tropas extranjeras de ocupación. Varios generales colombianos y venezolanos son tomados presos y Manuela interviene para defender a la república. Es detenida y confinada al Monasterio de las Carmelitas, donde se le da el ultimátum de "...salir inmediatamente del Perú o ser definitivamente confinada a una cárcel...".

Deportada del Perú, Manuela envía desde Guayaquil (7.2. 1827) una carta a Bolívar informándole que va rumbo a Quito con otros expulsados: el cónsul Azuero y el general Heres.

Bolívar le contesta desde Caracas el 5 de abril: "...Tu hazaña ha dejado la huella del respeto que te mereces, pero también ha sembrado la semilla del amor; rencor y odio gratuitos...". (3) Le desea el arreglo de sus asuntos pendientes en Quito y verla nuevamente en Bogotá.

En 1828, Manuela se encuentra de vuelta en Bogotá, donde contacta con los partidarios de Bolívar a quienes incita para que participen de las reuniones de Santander a fin de enterarse de los complots que se fragua en contra del Libertador. En varias ocasiones, advierte a Bolívar que se cuide sus espaldas, ya que algunos de sus generales no son de fiar.

Manuela no esconde su disgusto e indignación por Santander. En una ocasión forma su batallón; hace un muñeco que representa a Santander, y lo "fusila" bajo un árbol en la quinta de Bolívar en Bogotá, causando tanto revuelo que las quejas y reclamos llegan hasta Bolívar. Este toma el asunto en broma y al general Córdova, quien lleva la voz de reclamo, le contesta: "...Los oficiales que han tomado parte en esto son nuestros héroes que nos han acompañado desde Carabobo hasta Ayacucho. Los soldados han sido fieles y disciplinados; que quiere usted que haga con mi amable loca? Esto déjelo como está...".

En otra ocasión, los opositores y enemigos de Manuela y Bolívar hacen un castillo de fuegos artificiales para conmemorar una fiesta; en el castillo cuelgan un muñeco representando a Bolívar con mote de "longanizo" y una muñeca con el letrero de "tiranía", ridiculizando a Manuela. Una de las sirvientas de Manuela se entera de la burla y da aviso a ésta. Manuela ordena a sus sirvientas ensillar los caballos y entre las tres organizan una carga de caballería que desbarata el castillo ante el estupor de los habitantes de Bogotá. Probablemente, los muñecos que ridiculizaban a Manuela y Bolívar fueron producto de una venganza de los enemigos de Bolívar/Manuela por el fusilamiento del muñeco de Santander.

Bolívar, más de una vez, agradece a Manuela su preocupación y consejos. Concretamente, el 28 de mayo de 1828, la consulta sobre la conveniencia de solicitar facultades extraordinarias en la Convención de Ocaña: "...La Gran Colombia se sumerge en la discordia de los partidos y no queda otro camino que sucumbir ó la dictadura. ¿Qué me aconsejas?...". Se supone que Manuela, con carácter enérgico y justo, le aconsejó la dictadura puesto que ella conocía las maquinaciones de los partidos políticos de, oposición y de los enemigos de Bolívar, además de la rivalidad y odio entre los dos partidos políticos más importantes en Colombia: el bolivariano y el santanderista.

La oposición continuó acentuándose con carácter violento e intransigente llegando al punto de organizar complots para asesinar a Bolívar. El 29 de julio de 1828, Manuela descubre y advierte a Bolívar del atentado que, en contra de su vida, traman Santander, Córdova, Carujo, Serena y otros seis "ladinos" relatando, incluso el santo y seña acordado en esta confabulación.

El 1 de agosto de 1828, Manuela nuevamente sugiere la conveniencia de no asistir a un baile de disfraces que se efectuaría en el Teatro Coliseo de Bogotá, lugar escogido por los conspiradores para asesinar a Bolívar. Sin embargo, Bolívar no hace caso y acude. Manuela utiliza un artificio para que Bolívar abandone el lugar: se presenta disfrazada y provoca un escándalo, llamando la atención de los presentes; Bolívar se avergüenza, se retira de la fiesta y salva su vida.

El 7 de agosto del mismo año, Manuela insiste en "...que tiene en sus manos todas las pistas del complot que prepara Santander para asesinarle...".

Bolívar nuevamente, no toma en serio la advertencia y los acontecimientos culminan en la famosa "noche septembrina", cuando Manuela, con intrepidez y sangre fría salva otra vez la vida del Libertador. En reconocimiento a su valentía, se le otorga el título de "Libertadora del Libertador".

Entre 1828 y 1829, Manuela trabaja junto a Bolívar y únicamente en asuntos políticos internos de Colombia. A principios de 1830, Bolívar renuncia a la presidencia de la república y, a los pocos días, Manuela y el general Urdaneta dan un golpe revolucionario y toman el poder. Piden a Bolívar que se haga cargo de la presidencia. El Libertador responde: "...No puedo ejercer un poder que no sea legítimamente constituido...". Mientras tanto, la Gran Colombia se disuelve de común acuerdo entre Venezuela y la Nueva Granada (Colombia).

LA MUERTE DE BOLÍVAR.-

Bolívar y Manuela se separan la mañana del 8 de mayo de 1830. Pocos días después, Bolívar emprende viaje a Cartagena de Indias con el fin de trasladarse a Europa para cuidar su quebrantada salud. Manuela se queda en Bogotá a la espera de noticias y resoluciones del Libertador; pero éste emprende un viaje sin retorno, un verdadero vía crucis que concluirá con su muerte en San Pedro de Alejandrino el 17 de diciembre de 1830.

Los escritores han señalado que con la separación de Bolívar y Manuela, se termina la relación afectiva. Esta afirmación es falsa puesto que Manuela y Bolívar se siguen escribiendo, reclamando éste permanentemente la presencia de ella en diferentes comunicaciones como la de Soledad, el 10 de septiembre de 1830, la de Cartagena, el 20 de septiembre de 1830 y Turbaco, el 2 de octubre del mismo año, carta en la que Bolívar expresa desgarradoramente: "...Donde te halles, allí mi alma hallará el alivio de tu presencia aunque lejana. Si no tengo a mi Manuela, no tengo nada! En mi sólo hay los despojos de un hombre que sólo se reanimará si tu vienes. Ven para estar juntos. Ven te ruego. Tuyo, Bolívar".

En aquellos días, Bolívar envía una plumilla hecha por José María Espinosa, poco antes de su muerte, con la siguiente leyenda: 'A doña Manuela Sáenz: Su Excelencia recuperado después de un ataque de bilis, ruega a usted un poco de su compañía...".

Manuela, preocupada por el estado de salud del Libertador, se encuentra en permanente contacto con su edecán Perú DeLacroix que se había comprometido a informarle sobre la evolución de la enfermedad. Cuando DeLacroix le comunica que el estado de salud de Bolívar se agrava y que se espera el desenlace fatal, Manuela sale inmediatamente de Bogotá hacia San Pedro de Alejandrino. Pero cuando llega al pueblo de Guaduas recibe la noticia trágica, con gran desesperación.

Exilio y muerte

Bolívar dejó la capital al exilio de la Gran Colombia en 1830, y falleció en la ciudad de Santa Marta producto de la tuberculosis, sumiendo a Manuela en la más aguda desesperación, en la que intentó suicidarse haciéndose morder por una serpiente. A la muerte del Libertador, las autoridades de Bogotá expulsan a Manuela de Colombia. Ella parte hacia el exilio en la isla de Jamaica. Intenta regresar a su tierra en 1835, y cuando se encontraba en Guaranda, Ecuador, su pasaporte fue revocado por el presidente Vicente Rocafuerte, por lo que, sin tener a donde ir, sin tener la Patria por la que luchó, decidió instalarse en el pueblo de Paita, al norte del Perú. Lugar en el que fue visitada por varios ilustres personajes como el escritor estadounidense Herman Melville (autor de la novela Moby Dick), el patriota italiano Giuseppe Garibaldi (quién la acompañó en sus últimos momentos) o el escritor venezolano Simón Rodríguez. Durante los siguientes 25 años se dedicó a la venta de tabaco, además de traducir y escribir cartas a los Estados Unidos de parte de los balleneros que pasaban por la zona, de hacer bordados y dulces por encargo.

En 1847 su esposo murió asesinado, siendo incapaz de cobrar ni siquiera los 8.000 pesos de la dote entregada por su padre al momento de su matrimonio.

A los 59 años de edad, "Manuelita" sucumbió durante una epidemia de difteria que azotó la región el 23 de noviembre de 1856. Su cuerpo fue sepultado en una fosa común del cementerio local y todas sus posesiones fueron incineradas, incluidas una suma importante de las cartas de amor de Bolívar y documentos de la Gran Colombia que aún mantenía bajo su custodia. Manuelita entregó a O'Leary gran parte de documentos para elaborar su Biografía sobre el Libertador. De quién Manuela dijo: "Vivo adoré a Bolívar, muerto lo venero"

Valoración histórica

Manuela Sáenz es sin duda uno de los personajes más interesantes de las guerras de independencia de América del Sur. Su relación con Simón Bolívar no opaca sus propios méritos personales, como una de las grandes defensoras de la independencia de los países sudamericanos y como una de las más destacadas y avanzadas defensoras de los derechos de la mujer.

En la ciudad de Quito existe un museo dedicado a su memoria, creado el año 1994.

Mujer militar

Manuela Sáenz combatió en la Batalla de Pichincha a su regreso del Perú y recibió el grado de Teniente de Húsares del Ejército Libertador; posteriormente combatió en la Batalla de Ayacucho, bajo las órdenes del Mariscal Antonio José de Sucre, quien le sugirió a Bolívar su ascenso a Coronela, rango que le fue concedido. El 22 de mayo de 2007, en el marco de la conmemoración de la Batalla de Pichincha el Presidente de Ecuador Rafael Correa le concedió a Sáenz el grado de Generala de Honor de la República de Ecuador.

En el arte

Manuelita ha sido uno de los personajes más retratados de la Independencia; desde finales del siglo XX se han escrito varios libros sobre ella, y su vida ha sido llevada al cine en el año 2001 e inspirado series y folletines para la televisión.

El 1 de agosto de 1828, Manuela nuevamente sugiere la conveniencia de no asistir a un baile de disfraces que se efectuaría en el Teatro Coliseo de Bogotá, lugar escogido por los conspiradores para asesinar a Bolívar. Sin embargo, Bolívar no hace caso y acude. Manuela utiliza un artificio para que Bolívar abandone el lugar: se presenta disfrazada y provoca un escándalo, llamando la atención de los presentes; Bolívar se avergüenza, se retira de la fiesta y salva su vida.

El 7 de agosto del mismo año, Manuela insiste en "...que tiene en sus manos todas las pistas del complot que prepara Santander para asesinarle...".

Bolívar nuevamente, no toma en serio la advertencia y los acontecimientos culminan en la famosa "noche septembrina", cuando Manuela, con intrepidez y sangre fría salva otra vez la vida del Libertador. En reconocimiento a su valentía, se le otorga el título de "Libertadora del Libertador".

Entre 1828 y 1829, Manuela trabaja junto a Bolívar y únicamente en asuntos políticos internos de Colombia. A principios de 1830, Bolívar renuncia a la presidencia de la república y, a los pocos días, Manuela y el general Urdaneta dan un golpe revolucionario y toman el poder. Piden a Bolívar que se haga cargo de la presidencia. El Libertador responde: "...No puedo ejercer un poder que no sea legítimamente constituido...". Mientras tanto, la Gran Colombia se disuelve de común acuerdo entre Venezuela y la Nueva Granada (Colombia).

La muerte de Bolívar.-

Bolívar y Manuela se separan la mañana del 8 de mayo de 1830. Pocos días después, Bolívar emprende viaje a Cartagena de Indias con el fin de trasladarse a Europa para cuidar su quebrantada salud. Manuela se queda en Bogotá a la espera de noticias y resoluciones del Libertador; pero éste emprende un viaje sin retorno, un verdadero vía crucis que concluirá con su muerte en San Pedro de Alejandrino el 17 de diciembre de 1830.

Los escritores han señalado que con la separación de Bolívar y Manuela, se termina la relación afectiva. Esta afirmación es falsa puesto que Manuela y Bolívar se siguen escribiendo, reclamando éste permanentemente la presencia de ella en diferentes comunicaciones como la de Soledad, el 10 de septiembre de 1830, la de Cartagena, el 20 de septiembre de 1830 y Turbaco, el 2 de octubre del mismo año, carta en la que Bolívar expresa desgarradoramente: "...Donde te halles, allí mi alma hallará el alivio de tu presencia aunque lejana. Si no tengo a mi Manuela, no tengo nada! En mi sólo hay los despojos de un hombre que sólo se reanimará si tu vienes. Ven para estar juntos. Ven te ruego. Tuyo, Bolívar". 

En aquellos días, Bolívar envía una plumilla hecha por José María Espinosa, poco antes de su muerte, con la siguiente leyenda: 'A doña Manuela Sáenz: Su Excelencia recuperado después de un ataque de bilis, ruega a usted un poco de su compañía...".

Manuela, preocupada por el estado de salud del Libertador, se encuentra en permanente contacto con su edecán Perú DeLacroix que se había comprometido a informarle sobre la evolución de la enfermedad. Cuando DeLacroix le comunica que el estado de salud de Bolívar se agrava y que se espera el desenlace fatal, Manuela sale inmediatamente de Bogotá hacia San Pedro de Alejandrino. Pero cuando llega al pueblo de Guaduas recibe la noticia trágica, con gran desesperación.

La vida en Paita.-

La muerte de Bolívar cambia radicalmente la situación política, económica y social de Manuela: la Libertadora queda desamparada en Bogotá y a merced de sus enemigos. Es despojada de su grado militar y, sin renta correspondiente, expulsada de Colombia.

Se traslada a Jamaica, llegando a tal situación de pobreza que se ve obligada a realizar menesteres humildes para ganarse el sustento, tales como envolver cigarrillos. No siendo suficientes esos ingresos decide vender parte de sus pertenencias.

Emprende viaje al Ecuador para arreglar su situación económica con el cobro de deudas pendientes y hacerse cargo de la hacienda "Catahuango". No llega a Quito y nunca entra en posesión de su hacienda ni de otras pertenencias. El presidente constitucional Vicente Rocafuerte supone que su regreso tiene por objeto tomar venganza por el asesinato de su hermano José María a manos de las tropas del Gobierno; asimismo le preocupa el poder político y militar de Manuela, hecho por el cual la destierra sin consideración alguna.

Manuela sólo logra llegar hasta Guaranda donde es aprisionada por las autoridades y trasladada inmediatamente a Guayaquil para su ulterior destierro a Paita, Perú.

Al llegar a Paita, Manuela es recibida por los habitantes con cariño y afecto, quienes organizan en su honor varios festejos populares, además, de la entrega de un pergamino conmemorativo firmado por los principales de este puerto.

En Paita realiza grandes esfuerzos para sobrevivir, recurriendo a la preparación de dulces y confites, tejidos de crochet, venta de cigarrillos, tramitaciones aduaneras y traducciones inglés-español. No obstante las circunstancias adversas, Manuela sigue siendo una mujer extraordinaria. Se cuenta que muchos niños fueron bautizados bajo su madrinazgo, con la única condición de que se llamasen Simón o Simona.

A pesar de su situación política, la Libertadora no se desvincula de los sucesos de su tierra natal. Constantemente escribe al general Juan José flores dando cuenta de las actividades de sus enemigos en el sur del Ecuador ya que Paita fue el refugio de opositores políticos de los regímenes de turno y de desterrados del Ecuador.

Manuela estuvo siempre dispuesta a colaborar con sus coterráneos, entre ellos, el mismo Gabriel García Moreno a quien ayudó a conseguir casa de habitación. A pesar del cariño que Manuela recibió de los vecinos de Paita, se sintió sola al no tener familia ni amigos cercanos y, lo que era mucho más, sin el amor de Simón Bolívar; solamente su gran fuerza de carácter la hace sobrevivir ante el total desamparo.

En largos momentos de reflexión, Manuela recuerda su vida a través de los diarios, cuyas páginas son de profundo contenido filosófico, recordándose unas veces con tristeza y, otras, con burla, de ciertas situaciones y de sí misma. Queda encendido su amor y veneración para Bolívar: "...Qué señor mío este Simón para robar mis pensamientos, mis deseos, mis pasiones. Lo amé en vida con locura, ahora que está muerto lo respeto y lo venero...". (1)

Los diarios de Manuela resaltan su capacidad de heroína y, si cabe de mártir, lo cual le confiere un sitio destacado en la historia por derecho propio. Ningún detractor ha podido comprobar que Manuela tuviese un romance antes de conocer a Bolívar o mientras tuvo relaciones afectivas con éste; y al haber muerto El Libertador, Manuela mantiene incólume su fidelidad.

Las difamaciones de las que fue objeto no pudieron comprobarse nunca. Manuela no realizó acto alguno que la avergonzara o ridiculizara ante El Libertador; mientras estuvo en Paita, donde transcurrió la última etapa de su vida, fue ejemplo de dignidad y corrección para todos aquellos que la conocieron.

Como distracción y, jocosamente vengativa, Manuela tenía una jauría de perros a los cuales puso los nombres de los generales que fueron contrarios a ella y que habían traicionado a Bolívar: Páez, Córdova, Santander y Lamar.

Durante la estancia de Paita, Manuela recibe constantes visitas de personalidades políticas de aquella época, como la de Giuseppe Garibaldi (25.7.1840). En su diario narra con exquisito gusto el grato encuentro en el cual éste le dedica un verso de Dante, escrito de su puño y letra. (2) En febrero de 1843, Manuela recibe la visita de Simón Rodríguez, tutor de Simón Bolívar, quien deseaba conversar con alguna persona que recordara al Libertador.

El 7 de febrero de 1855, llega don Carlos Holguín, joven político colombiano, con quien recuerda temas y pasajes de la vida del Libertador, que nunca antes había comentado con nadie. Recibe también, el homenaje de personajes como Ricardo Palma y otros.

Durante 1855 y 1856, Manuela continúa en el puerto sin incentivos que la ayuden a salir de la tristeza y abandono en que se halla. Ya no escribe cartas a sus familiares y amigos de Quito, puesto que se cansó de pedir favores y recibir ingratitudes. Esta situación merma su férrea vitalidad y la sume en la soledad, propia de grandes personajes en el ocaso de sus días.

Al llegar noviembre de 1856, el puerto de Paita es asolado por una epidemia de difteria. La peste se propaga con tal virulencia que la mayor parte de la población sucumbe. En casa de Manuela, todas se enferman. Jonathás, quien fuera su sirvienta y compañera desde la niñez en travesuras y campañas militares, muere el 23 de noviembre de 1856. Pocas horas después, Manuela Sáenz cierra los ojos para siempre.

Mientras los restos mortales de Manuela son sepultados en el cementerio general de la ciudad y, después de varios años, exhumados y depositados en el olvido de una fosa común, las autoridades sanitarias ordenan la incineración de las casas infectadas por el mal. Cuando las llamas se apoderan de la casa de Manuela, el general Antonio de la Guerra se hace presente en el sitio y recupera entre los escombros, con la ayuda de dos de sus sirvientes, un arcón semi-quemado, que contiene documentos personales, objetos y recuerdos de Manuela.

Muerta Manuela, se podría pensar que se respetara su memoria y que terminaran las tergiversaciones apresuradas y mentiras sobre su conducta, muchas de ellas, inventadas por enemigos políticos o escritores fantasiosos en busca de éxito. Sin embargo, ni en vida ni en muerte cesaron las infamias.

La batalla de Ayacucho consolidó la independencia de América Latina y Manuela fue la heroína de esta contienda: por ende, su fama y prestigio deberían ser continentales; mas, no sucedió así. Sus detractores y enemigos políticos se cebaron en los vituperios y maledicencias, motivados por egoísmos y resentimientos creados por la envidia de verla en el poder y la gloria junto a Bolívar.

Por ésta y otras obscuras razones, las cartas Intimas, diarios y documentos históricos y políticos de Manuela Sáenz y Simón Bolívar fueron ocultados durante más de 130 años. Querían sus detractores, que la historia ignorara y no reconociera los altísimos méritos de la heroína. Este conjunto de documentos, que se encuentran bajo mi custodia y que me pertenecen gracias a que, en los últimos años, he tenido la suerte de rescatar este invalorable patrimonio histórico ecuatoriano demuestran, que no lograron su objetivo.

Por Azumi Arashi